jueves, 4 de noviembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 31


Lección 31 
 
EL ESPÍRITU SANTO  
 
En el Antiguo Pacto Dios se había manifestado a Israel como un solo Dios. Fue esta una revelación sorprendente para el hombre, en una época cuando estaba rodeado de politeísmo. Luego, después de muchos siglos, cuando Dios vino a la tierra en la persona de Su Hijo, se manifestó como el Dios Trino y Uno. 

Al estudiar la vida de Cristo conocemos a los Tres que son Uno. Al principio de Su vida pública, en Su Bautismo, la voz del Padre vino desde los cielos: “Este es mi Hijo amado”, y el Espíritu descendió en forma visible sobre Él como una paloma (Mt 3.16-17). Aquí se da al hombre una triple revelación de Dios a través de sus cinco sentidos. 

En las enseñanzas, en la predicación y en la conversación privada de Cristo, constantemente habló de Su Padre y de Sí mismo como dos personas distintas, y no obstante, declaradas en igualdad: “Yo y el Padre una cosa somos” (Jn 10.30). Y dijo otra vez: “El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14.9). 
 
I.  La Trinidad Revelada 
 
En Sus enseñanzas, Jesús, introduce a un Tercero que también es Dios. En la última y más larga conversación que tuvo con Sus discípulos en el aposento alto, la noche anterior a Su crucifixión, Cristo dijo: “El Espíritu Santo al cual el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os recordará todas las cosas que os he dicho” (Jn 14.26). La mayor parte de esta conversación trató del Espíritu Santo que había de venir para tomar Su lugar. Este mensaje se narra en Juan 14 y 16.
 
Toda la descripción que se hace en la Biblia de los Tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, presenta de una manera definitiva y absoluta, ni más ni menos que Tres Personas en la Deidad. Esto es lo que Wood denomina, en “El Secreto del Universo,” una absoluta Trinidad y una absoluta Unidad. 

En una absoluta Trinidad, cada Uno es distinto de los otros Dos; ninguno de los Tres podría posiblemente ser cualquiera de los otros Dos; y ni Dos de los Tres pueden existir sin el Tercero. Dios se manifiesta como una absoluta Trinidad; no obstante, es también una absoluta Unidad. Los Tres son absolutamente Uno. Cada uno está representado como Dios. Cada uno es la Totalidad de Dios. La personalidad no es divisible. Dios no puede ser dividido. 

Dios es Tres en Uno. Cada Uno de los Tres es Dios, y cada Uno es la Totalidad de Dios. Los Tres están representados como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; Tres modos de Seres que es Dios. No es primordialmente tres maneras de actuar de Dios, sino tres modos de Ser. 

La Palabra nos dice claramente que el Padre es Primero: el Hijo es el Segundo, y el Espíritu Santo el Tercero. Eso no significa que Uno es Primero en Deidad, porque Todos son Dios. Eso no significa tampoco que Uno es más grande, porque Todos son Infinitos. Tampoco significa que Uno es Primero en tiempo, porque Todos son eternos. Eso sólo puede significar que el Padre es Primero, el Hijo es Segundo, y el Espíritu es Tercero en un orden lógico. 

Las escrituras representan al Padre como el Creador. El Hijo eterno es engendrado del Padre, y el Espíritu eterno procede del Padre por medio del Hijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi Nombre...” (Jn 14.26). Dios obra por medio del Hijo. En Él y por Él, efectúa los actos de creación: “Porque por Él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra; visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por Él y para Él” (Col 1.16). 
 
II.  Cristo Actúa Ahora Entre los Hombres por medio del Espíritu 
 
El Espíritu, como el Padre, es invisible; Su principal tarea es revelar al Hijo, y en el Hijo revela al Padre. Por consiguiente, Su ministerio, aunque invisible, es para revelar la plenitud de la Deidad al hombre y por el hombre. Vivimos en lo que se denomina la dispensación del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que ha hecho al Padre y al Hijo tan reales para nosotros. Por lo tanto, conocer al Espíritu Santo nos es esencial. Deseamos conocer Su Naturaleza, Su ministerio en nosotros y por nosotros. 
 
III.  Necesidad de un Estudio Definido del Espíritu Santo 
 
Existe hoy una necesidad real de un estudio definido de la persona y del ministerio del Espíritu Santo. Se le ha dado muy poca atención al actual ministerio del Espíritu Santo en comparación con la que se le ha dado a la vida terrenal de Cristo. 

A. J. Gordon, en su libro intitulado “El Ministerio del Espíritu Santo” pregunta: ¿Por qué no emplear el mismo método al escribir sobre la Tercera Persona de la Trinidad como el que se emplea al considerar a la Segunda Persona? En su libro, él sigue ese método y nosotros deseamos utilizarlo aquí en nuestro estudio del Espíritu Santo. 

Se ha escrito mucho sobre la vida de Cristo, comenzando con Su encarnación y terminando con Su ascensión en el Monte de los Olivos. El Salvador vivió antes de Su encarnación y ha continuado Su ministerio desde Su ascensión al Padre; no obstante, ello nos da una impresión limitada para distinguir Su vida visible de la invisible. 

Así también, al estudiar la Persona y el ministerio del Espíritu Santo, encontramos ventajoso separar Su ministerio actual sobre la tierra, de Su ministerio antes y después. Ese ministerio comenzó en el día de Pentecostés y continuará hasta la segunda venida de Cristo. Cuando Cristo vino a la tierra como hombre, tuvo un ministerio que cumplir, y cuando lo cumplió, regresó al Padre. Su ministerio tenía un límite de tiempo. Así también, en Su tiempo señalado, el Espíritu Santo vino al mundo con cierta misión definida que cumplir. 

Este ministerio se está realizando ahora en nosotros y por medio de nosotros y continuará hasta ser completado. Pero en el tiempo señalado, Él ascenderá al Cielo. 
 
IV.  La Realidad del Ministerio del Espíritu Santo 
 
El advenimiento del Espíritu Santo al mundo y el ministerio que se le señaló aquí es tan real y tan definido como lo fue la encarnación y el ministerio terrenal de Cristo. 

Ha sido vago y misterioso para nosotros porque no ha habido una revelación del Espíritu Santo a los sentidos físicos del hombre como la hubo de Cristo. El ministerio de Cristo requirió que Él se hiciera hombre a fin de tomar legalmente el lugar del hombre. Por consiguiente, Él fue revelado a los sentidos físicos del hombre. 

Juan dijo: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida” (1Jn 1.1). Cristo, como hombre, pudo ser visto y tocado por el hombre; por lo tanto, Su ministerio ha sido más real para nosotros que el ministerio y la persona del Espíritu Santo, con el cual no podemos comunicarnos por medio de los sentidos físicos. Podemos formar un cuadro mental de Cristo, pero no del Espíritu Santo. 

El propósito del ministerio del Espíritu Santo sobre la tierra, no es el mismo que el ministerio terrenal de Cristo. Cristo vino como el sustituto del hombre para pagar la pena de alta traición de Adán. Eso demandó que se identificara con el hombre. Por lo tanto, Él nos fue manifestado como hombre, en un cuerpo como el nuestro. El ministerio terrenal de Cristo fue local. Él pudo estar solamente en un lugar sobre la tierra al mismo tiempo. Ahora Él tiene Su posición como Mediador entre Dios y el hombre. 

El Espíritu Santo no podía venir en un cuerpo humano como vino Cristo. Su ministerio no podría realizarse de esa manera. Su ministerio no podría localizarse. El vino para impartir la naturaleza de Dios al espíritu del hombre. El vino, no en un cuerpo humano, sino para habitar los cuerpos de aquellos que han llegado a ser nuevas creaciones en Cristo. No obstante, Su venida fue tan positiva, y tan definida, como la venida de Cristo en la encarnación. Él, la Tercera Persona de la Divinidad, está realmente aquí sobre la tierra actuando en y por medio del Cuerpo de Cristo. 
 
V.  La Venida del Espíritu Santo Predicha por el Señor 
 
La venida de Cristo a la tierra fue predicha por los profetas y por los ángeles. Pero fue Cristo mismo quien predijo el advenimiento del Espíritu Santo al mundo, en Sus últimos discursos a Sus discípulos. Él predijo la venida de Aquel que era co-igual con Él y El que debía tomar Su lugar (léanse Jn 14.16-20; 15.26-27; 16.1-16; Hch 1.4-5; no solamente hay que leer estos pasajes, sino estudiarlos con cuidado y meditar sobre ellos). 

El Espíritu Santo no vino a cumplir esta Divina Misión hasta el día de Pentecostés. Él había sido el Agente Divino en la Creación. En la creación del mundo físico, Él impartió vida, forma y energía a la materia muerta e informe para que se desarrollase: “Y la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas” (Gn 1.2). 

Él iluminó e inspiró a los profetas del Antiguo Pacto: “De la cual salud los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir a vosotros, han inquirido y diligentemente buscado, escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Dios que estaba en ellos, el cual preanunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas. A los cuales fue revelado, que no para sí mismos, sino para nosotros administraban las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo: en las cuales desean mirar los ángeles” (1P 1.10-12). “Porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo” (2P 1.21). 

El Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma, en Su bautismo (Mr 1.10) y le ungió para Su ministerio terrenal: “Y Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto... Y Jesús volvió en virtud del Espíritu a Galilea” (Lc 4.1, 14). 
 
VI.  Por qué el Espíritu Santo no Había Sido Dado 
 
El Espíritu Santo no había sido dado todavía. No había venido aún a cumplir Su ministerio real sobre la tierra. Léase cuidadosamente Juan 7:39: “Y esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él: pues aún no había venido el Espíritu Santo; porque Jesús no estaba aún glorificado”. Notamos que el Espíritu Santo no había sido dado todavía porque Jesús no había sido glorificado. 

El Espíritu Santo no podía venir hasta que Cristo hubiera sido glorificado. Cristo tenía que morir por las ofensas del hombre; tenía que resucitar cuando el hubiera sido declarado justo (Ro 4.25) y entrar al Lugar Santísimo con Su propia sangre obteniendo la redención eterna para el hombre (He 9.12). 

Cristo vino para que el hombre pudiera tener vida (Jn 10.10). El objeto de Su muerte y de Su resurrección fue el de libertar al hombre del dominio de Satanás (He 2.14) y hacerle posible recibir la vida Divina (Jn 1.12).
 
El Espíritu Santo vino para impartir la naturaleza de Dios al espíritu del hombre en el nuevo nacimiento (Jn 3.3-8) y luego llenar a esta nueva criatura (2Co 5.17) con la plenitud de Dios (Ef 3.19). 

El hombre no podía recibir la naturaleza Divina hasta que el Padre hubiera aceptado la sangre de Cristo. Cuando Cristo entró al Lugar Santísimo, se sentó a la diestra de Dios (He 9.11-12; 10.12). Él había quitado el pecado (He 9.26). La aceptación de la sangre de Cristo por el Padre significó que la redención del hombre ya estaba completa. Éste tenía ahora el derecho legal de recibir la naturaleza Divina. La sangre de Cristo se convirtió en el sello de la redención del hombre. Cristo llegó a ser el Mediador entre Dios y el hombre (1Ti 2.5). El hombre, un hijo de Satanás, disfrutaba del privilegio de acercarse a Dios por medio de su Mediador y recibir la vida Divina. Ahora ya podía ser dado el Espíritu Santo. Jesús había sido glorificado y la redención del hombre era completa. 

Ningún hombre fue nacido de nuevo antes del día de Pentecostés. Los discípulos no habían llegado a ser hijos de Dios. Habían sido llamados “amigos” por Cristo (Jn 15.15). Estaban todavía bajo el Antiguo Pacto. No comprendían la muerte o la resurrección de Cristo. Esperaban que estableciera un reino terrenal aun después de Su resurrección (Hch 1.6). 

El Espíritu Santo no fue dado hasta el Pentecostés para revelar estas verdades e impartir la naturaleza de Dios al hombre. El pasaje de las Escrituras que muestra claramente que los discípulos no habían recibido el nuevo nacimiento es Hechos 11.17. El griego dice: “Cuando primero creímos”. He aquí su propio testimonio de que nunca habían creído en Cristo como el que cree para nacer de nuevo, hasta el día de Pentecostés. 
 
PREGUNTAS 
 
1. ¿En qué incidente del Nuevo Testamento se manifiesta la Trinidad a los sentidos físicos del hombre? 

2. Explique qué se quiere significar con los términos; “absoluta Unidad” y “absoluta Trinidad”.
 
3. Compare el ministerio terrenal de Cristo con el del Espíritu Santo con respecto al límite de tiempo. 

4. ¿Por qué ha sido el ministerio terrenal del Espíritu Santo más indefinido y misterioso para nosotros que el ministerio terrenal de Cristo? 

5. ¿Por qué el Espíritu Santo no pudo venir en un cuerpo humano como Cristo? 

6. ¿En qué pasajes se predice el advenimiento del Espíritu Santo? 

7. ¿Cuál fue la obra del Espíritu Santo antes de Su advenimiento el día de Pentecostés? 

8. ¿Por qué el Espíritu Santo no podía venir hasta que Cristo hubiera sido glorificado? 

9. ¿Por qué los discípulos no podían ser nacidos de nuevo antes del día de Pentecostés? 
 
 

martes, 2 de noviembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 30


Lección 30
LA LEY DEL AMOR

En nuestra última lección, vimos que el mayor problema que la nueva creación encara es el problema del amor. Veremos ahora por qué es así. Dios es amor (1Jn 4.8). El nuevo nacimiento que convierte al hombre en una nueva creación, consiste en recibir la naturaleza de Dios. Consiste en recibir esta naturaleza de amor. Por lo tanto, el Espíritu Santo nos dice lo siguiente: “Carísimos, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4.7-9).

La prueba del nuevo nacimiento es la prueba del amor: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano está en muerte” (1Jn 3.14). Estas son expresiones escudriñadoras de la verdad. Él nos dice que si un hombre ama, ha sido engendrado de Dios, le conoce; y que un hombre que no ama, no importa cuál sea su profesión religiosa, permanece en muerte espiritual y se halla alejado de Dios.

Si no fuera por el conocimiento del vocablo griego usado para amor aquí, estos pasajes serían difíciles de entender; porque estamos familiarizados con cierto tipo de amor que pertenece al hombre que nunca ha nacido de nuevo. La palabra que se emplea para amor en el griego es “Ágape”. Parece que Jesús acuñó esta palabra cuando expresó la nueva ley que iría a gobernar a la nueva creación, en las siguientes palabras: “Un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros” (Jn 13.34).

Él deseaba expresar algo y no podía echar mano de ninguna palabra de uso corriente en griego. Él había traído al mundo algo nuevo; algo que se había perdido para el mundo desde la caída de Adán. Era el amor de Dios que había sido desplazado por el egoísmo en el corazón del hombre. Allí se había usado un verbo, pero no el sustantivo “Ágape”.

El hombre tendría que recibir una nueva naturaleza que lo colocara dentro de una nueva familia y le diera un nuevo Padre. Tendría que ser gente nueva, una creación nueva, y debía haber un lenguaje que se ajustara a este nuevo Reino y a esta nueva Familia. Tendrían que ser trasladados del reino de las tinieblas al reino del Hijo, al de Su amor, y en este nuevo reino debían poseer un lenguaje conveniente. Debían tener leyes adecuadas también, por eso dice: “Un nuevo mandamiento os doy... En esto conocerán todos que sois mis discípulos; si tenéis “Ágape” el uno para el otro”.

Un nuevo amor manifestaría al mundo que se habían convertido en hijos de un Dios de amor. Los discípulos, no entendieron el significado de esta nueva palabra hasta el Pentecostés. Vislumbramos un poco de ello en Romanos 5.5: “Porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. ¿Qué es lo que ha sido derramado? Es el amor de Dios. Es la manifestación de la naturaleza Divina dentro de nosotros.

La vida vegetal en el árbol de durazno se manifiesta primero en la hoja, luego en la flor, y después en el fruto maduro y delicioso. La naturaleza de Dios, la vida eterna, se manifestará del mismo modo en la naturaleza, la conducta y la manera de hablar del hijo de Dios. Cuando alguien nace de arriba, la naturaleza del Padre entra a su espíritu. Dicha naturaleza tendrá que manifestarse en amor. Se trata del amor Divino que es radicalmente diferente de nuestro amor humano, aunque opera por medio de las mismas aptitudes.

Cuando nació la iglesia en el Pentecostés, el fenómeno de los judíos que deliberadamente entregaban sus propiedades y realizaban otros actos igualmente extraños, fueron las primeras manifestaciones de esta nueva clase de amor que había venido a la tierra: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes. Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos. Que ningún necesitado había entre ellos, porque todos los que poseían heredades o casas, vendiéndolas, traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y era repartido a cada uno según sus necesidades” (Hch 4.32-35).

Esto era el “Ágape” manifestándose en las vidas de la nueva creación. El poder del Pentecostés fue el “amor”. Ahora contrastaremos este amor que emana de la naturaleza Divina, con el amor del hombre natural.

I. “Ágape” y “Phileo

La palabra común griega usada en los días de Jesús, era “phileo”, que significa “amor humano”, como el amor de una madre para su hijo, como el amor del esposo para la esposa. Este era el más alto tipo de amor que el hombre había conocido.

No había otra palabra que expresara un tipo más alto de amor que “phileo”. Este amor humano, común a todos nosotros, es el más hermoso bien de los humanos, pero al más peligroso. Este amor “Phileo” es la diosa de los juzgados de divorcios; es la sacerdotisa del sufrimiento humano; el padre de la mayor parte de nuestras lágrimas, de nuestras tristezas y de las agonías del corazón. Se convierte en celos y en crimen con el menor pretexto. Es egoísmo puro; se alimenta solamente del propio deleite.

Jesús trae una nueva clase de amor, un amor que no busca lo suyo. Esta nueva clase de amor es la religión verdadera de la naturaleza esencial de Dios. El amor humano es la expresión de lo humano; esta nueva clase de amor es la expresión de Dios. El antiguo amor brota del corazón natural; el nuevo amor del corazón recreado. Uno es la manifestación de Dios en el nuevo hombre; el otro, del hombre natural. El “yo” es el centro en torno del cual se mueve el “phileo”; el “Ágape” tiene un nuevo centro. Este centro es Dios, obrando por medio de la vida de Sus hijos.

No puede haber actualmente manifestaciones del “Ágape” sino al través de aquellos que han llegado a ser participantes de la naturaleza Divina. No hay tal cosa como el Ágape sintético. Es ésta la única cosa que no se puede duplicar. Es éste el distintivo del cristianismo. Es ésta la manifestación de Dios en la carne. Es éste el corazón de Dios latiendo en lo humano.

Ágape” no es sólo la ley de la Familia de Dios, sino también la vida y el gozo de la Familia. Esto hace del cristianismo un modo de vida más bello que cualquiera de las religiones de la tierra. Hace de la vida de los santos la vida más dulce y más fragante que cualquiera otra vida.

Su oración bajo la persecución es “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Exhala la fragancia del perdón. Es el valor vestido de humildad. Es la fuerza vestida de bondad. Hace que los fuertes lleven las cargas de los débiles; que los ricos paguen las cuentas de los pobres; que los cultos se conviertan en compañeros de los ignorantes. Es Cristo manifestándose entre los hombres.

II. El “Ágape” Analizado

Sería difícil definir lo que es el “Ágape”. El Espíritu Santo, por medio del apóstol Pablo, nos ha dicho de qué está formado. 1 Corintios 13 es celestial. No ha sido tocado por la mente humana. Es la propia descripción de Dios y de Su vida obrando por medio del hombre.

Versículo 1: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo “Ágape”, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe”. La capacidad para las lenguas es una de las más apreciadas. Pero si yo entiendo todas las lenguas de la tierra, y puedo descifrar los jeroglíficos de los monumentos erigidos por las naciones olvidadas; y si puedo entender el lenguaje de las huestes angélicas, pero no tengo “Ágape,” vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Esto despoja al cristianismo de sus vestiduras verbales y lo deja desnudo. Esto es lo que nos proporciona la razón de las iglesias vacías, del fracaso de las escuelas dominicales para retener a sus jóvenes, y del fracaso del cristianismo en los negocios y en la vida social. Los hombres se han convertido en meros címbalos resonantes y en platillos que retiñen. Ello da la explicación de por qué los periódicos religiosos modernos van mendigando subscriptores: platillos que retiñen, címbalos resonantes, palabras huecas, palabras, palabras, palabras, siempre palabras, sólo palabras, palabras huecas.

Versículo 2: “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes y no tengo “Ágape”, nada soy”. Aquí se encuentra otro de los grandes deseos universales del hombre: el don de profetizar, la capacidad de predecir los acontecimientos futuros, de conocer la solución de los grandes problemas del mundo como son las divisiones entre las naciones, el resultado de la lucha entre el capital y el trabajo, y la solución del problema social.

Si alguien tuviera la capacidad de predecir el futuro, ningún edificio podría contener a la gente que deseara escucharlo. Ningún autor recibiría por palabra la inmensa suma que un escritor con tal capacidad demandaría y recibiría. Si alguien poseyera este don maravilloso, pero no poseyera el “Ágape”, y así lo dice Dios, y sus palabras no estuvieran empapadas de ternura y de lágrimas, “no sería nada”.

“...y si conociera todos los misterios y toda ciencia, y si tuviera toda la fe...” Ahora Él está tocando el corazón de todos nosotros. Cómo hemos anhelado tener ciencia; cómo hemos suspirado por descorrer la cortina y mirar tras el escenario y leer allí la revelación de los misterios de la naturaleza que nos rodea. Cómo hemos luchado por esa fe que mueve montañas, y sin embargo, un soplo es suficiente para barrer con nuestros sueños y para cortar la raíz de nuestras ambiciones.

Tal vez sería una gran bendición el que nosotros pudiéramos acercarnos a la humanidad con una comprensión de toda ciencia y de todos los misterios y con una fe que removiera montañas. No obstante, Dios dice que si no tenemos “Ágape”, no seríamos nada.

Versículo 3:Y si distribuyera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo Ágape, de nada sirve” Eso significa que si alguien fuera capaz de alimentar a todos los pobres de esta generación; construir bibliotecas y hospitales en cada ciudad y pueblo; y consumirse así en un esfuerzo filantrópico, y no tiene “Ágape”, de nada le sirve.

Ha desperdiciado su vida. Es como si hubiera vaciado agua sobre un montón de arena.

¿Qué es esto sin lo cual se constituyen en fracasos el esfuerzo, el conocimiento y los logros humanos? ¡Ah! es el nuevo amor, la revelación del corazón de Dios que Jesús trajo a la tierra. Es una revelación, pero es algo más, es la vida de Dios derramándose en nuestro corazón, manifestándose por nuestras palabras y nuestra conducta. Es el latido del mismo corazón de Dios manifestándose en una atmósfera que procede de nuestro espíritu para ser bendición y consuelo a un mundo necesitado.

Es la respuesta de Dios al quebrantado corazón humano.

Pablo nos dice que el “Ágape” es sufrido y es benigno. El “phileo” puede sufrir, pero se exaspera bajo la carga. El “Ágape” no tiene envidia. El “phileo” siempre se ha manifestado en envidia y en celos.

El “Ágape” no es jactancioso, no se ensoberbece. El “phileo” siempre se jacta. El "yo‟ es el centro sobre el cual se mueve. Si se priva al “phileo” del egoísmo, se derrumbará, porque en ello reside su fuerza.

El “Ágape” no se porta indecorosamente. El “phileo” ventila sus ofensas en los juzgados de divorcios; cultiva celos salvajes y con frecuencia derriba a sangre fría al objeto de su afecto. El “Ágape” no busca lo suyo. La lucha del “phileo” desde que nace hasta que muere es por conseguir y retener lo suyo. Se vuelve desdichado y miserable. Se vuelve deshonesto y traicionero. Su lema es: “En el amor y en la guerra todo es válido”. Cree en aquello de “hacerle al otro antes que el otro te lo haga”. Es un déspota cruel, pero es lo mejor que este mundo antiguo tuvo desde la caída de Adán hasta que Jesús vino.

El “Ágape” no toma en cuenta el mal. El “phileo” siempre está discutiendo y celebrando el escándalo.

El “Ágape” no se regocija en la injusticia, mas se regocija con la verdad. El “phileo” no puede entender esto. Se vuelve al odio y a la venganza a la primera provocación, y siempre se regocija en la caída de su enemigo. No puede regocijarse con la verdad si la verdad no lo complace.

El “Ágape” no se irrita. El “phileo” es demasiado sensible y difícil de manejar. Se irrita fácilmente, y nos dice que es muy sensible y que no debe ser despreciado. Esa sensibilidad es, y siempre lo ha sido, del diablo.

El “Ágape” todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El “Ágape” nunca sufre bancarrota. El “phileo” disipa su fortuna en la juventud en una vida desenfrenada, y antes de llegar a la fuerza de la madurez, está en peligro de estrellarse contra las rocas del fracaso.

¿Qué es el “Ágape”? Juan nos dice que el “Ágape” es Dios mismo. En otras palabras, este nuevo amor que Jesús trajo al mundo es la naturaleza del Gran Creador la cual Él se propuso que fuese la naturaleza del hombre y que gobernase el reino animal. Pero con la caída de Adán, la muerte espiritual tomó su lugar, y de esta espantosa naturaleza diabólica brotan el odio, la venganza y la incredulidad. Un espíritu de inquietud tiene asida a toda la naturaleza.

El hombre y la bestia están dominados hoy por este poder extraño y nada natural; y no obstante, el corazón de los humanos y de los animales sollozan por ese “Ágape”, cuando los fuertes dejen de alimentarse de los débiles, cuando los pobres dejen de ser explotados por los ricos, y Dios gobierne sobre todos. El “Ágape” es la nueva Ley de la Familia Divina, las nuevas creaciones.

PREGUNTAS

1. ¿Por qué la prueba del nuevo nacimiento es la prueba del amor?

2. Defina lo que significa “phileo” y “Ágape”.

3. ¿Cuándo entendieron los discípulos por vez primera el significado de “Ágape”?

4. Haga una exposición de 1 Corintios 13.














sábado, 30 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 29


Lección 29 
LA LEY DE LA NUEVA CREACIÓN 


Nuestras dos últimas lecciones trataron del Señorío de Cristo quien es la Cabeza de la nueva creación: “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga el primado” (Col 1.18).

Ya hemos visto que el Señorío de Cristo, nuestra Cabeza, sobre el pecado, sobre la enfermedad, sobre Satanás y sobre las circunstancias, significa que somos libres de todo eso como Él lo es. El Señorío de Cristo significa que el pecado y la enfermedad ya no son problemas, y ya no existen para la nueva creación. No hay necesidad de más luchas con el pecado, de más batallas con el adversario; sólo tenemos que actuar sobre la Palabra de Dios. 

Al estudiar la historia de la iglesia nos damos cuenta de cuán poco han entendido de la redención los grandes conductores espirituales. Durante el periodo de 1,000 años, que duró la época del oscurantismo, se perdió, para la iglesia, el significado de la redención en Cristo independientemente de las obras. Tal confusión ha ejercido su influencia sobre nosotros desde la época de la Reforma hasta nuestros días, hasta el punto de que ha sido difícil para la iglesia comprender verdaderamente la redención. 

Al leer cualquier libro sobre las experiencias de cristianos famosos del pasado, podemos ver cómo el problema del pecado y de la debilidad dominaba en su vida, y cuán poco comprendían la redención. En el mensaje contenido en la redención, Dios enfáticamente declara que el problema del pecado ha sido liquidado. Nos muestra de una vez por todas que Cristo quitó el pecado y que no hay más necesidad de ofrenda por el mismo. Él está satisfecho con Su Obra en Cristo (lea y estudie cuidadosamente los siguientes pasajes: Hebreos 9.12, 26; 10.10, 14, 18). 

La iglesia ha estado luchando con el problema del pecado a pesar de que Dios nos declara en Su Palabra que Él ya lo ha resuelto, y que ya no hay necesidad de más ofrenda por el pecado, y que ya no es necesario preocuparse por él. 

Dios nos muestra que la nueva creación queda liberada aun de la conciencia de pecado. Nótese lo que dice Hebreos 10.1-3: “Porque la. ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios, que ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se allegan. De otra manera cesarían de ofrecerse, porque los que tributan este culto, limpios de una vez, no tendrían más conciencia de pecado”. 

Nótese que la Palabra declara que los sacrificios bajo el Antiguo Pacto no perfeccionan a los que los ofrecen. Nos dice que si fuera así, los adoradores habrían sido libertados de la conciencia de pecado. Por consiguiente, Dios no estaba satisfecho (léase He 10.5, 14) y envió a Su Hijo para que hiciera lo que la ley y sus sacrificios, no podían hacer; es decir, perfeccionar a aquellos que ofrecían dichos sacrificios. Él declara en el versículo 14: “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. Él ha perfeccionado a la nueva creación por una redención eterna y completa: “Mas por Su propia sangre, entró una sola vez por todas en el santuario, habiendo obtenido redención eterna” (He 9.12). 

El ha hecho libre a la nueva creación aun de la conciencia de pecado. Satanás ha hecho a la iglesia consciente de pecado cuando debiera haber estado consciente de amor. Con la mente ocupada en el problema del pecado, la iglesia ha perdido su verdadero objetivo. Con una mente gobernada por la conciencia de pecado, la iglesia ha fracasado en tener la mente de Cristo. 
 
I.  La Cuestión del Amor 
 
Hay solamente una cuestión importante para la nueva creación, y es “andar en amor”. Hay solamente una ley que gobierna a la nueva creación, la Ley del amor. Hay un mandamiento que ha recibido, el mandamiento del amor: “Un nuevo mandamiento os doy, que os améis unos a otros; como os he amado, que también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn 13.34-35). 

El único problema que la nueva creación tiene se nos da en Filipenses 2.5-6: “Haya, pues, en vosotros, este sentir que hubo también en Cristo Jesús; el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios; sin embargo, se anonadó a Sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre se humilló a Sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. 

El autor de la epístola nos manifiesta aquí, que espera que la nueva creación tenga la misma mente de Cristo. Esto revela una redención completa. El Dios omnipotente del universo está diciendo: “Os he redimido tan completamente del pecado, de la debilidad, de la enfermedad, de las circunstancias y de todas las obras del adversario, que espero que vosotros tengáis la misma mente de mi Hijo. Como el hombre piensa en su corazón, así es”. 

Él nos está diciendo: “Yo deseo que vosotros penséis como piensa mi Hijo: que seáis como Él es; que viváis como Él viviría si estuviera en vuestro lugar; que actuéis como Él actuaría; que seáis como Él sería”. “Que haya en vosotros la misma mente que hubo en Cristo Jesús”. Este es el problema que la nueva creación encara; la mente de Cristo se manifestó en una actitud de amor y humildad. Nosotros sabemos lo que es el amor por la revelación de Su vida: “En esto hemos conocido el amor, porque Él puso Su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1Jn 3.16). 

Él existió en forma de Dios. Todo lo que Dios era, Él fue. Él era la misma imagen de Su substancia (He 1.3). Él pensó como Dios pensó. Vivió como Dios vivió. Amó como Dios amó. Existió en forma de Dios. Él era tan perfectamente uno con Dios, que dijo a Felipe: “El que me ha visto ha visto al Padre” (Jn 14.9). 

El realmente dijo esto: “Felipe, durante los tres años que ustedes han estado conmigo, han visto al Padre, la misma substancia de Su Naturaleza. En mis actos, han visto los actos del Padre; en mis palabras han escuchado la palabras del Padre; en Mí, han visto al Padre, porque Él y Yo somos uno”. Jesús existió en forma de Dios. Todo lo que la palabra “Dios” significa, Él lo fue. Vivió en absoluta igualdad con Él. Nuestra mente no puede comprender todo el significado de la palabra “Dios”, porque somos hechura de Su mente y de Sus manos, pero “los cielos declaran la gloria de Dios; y el firmamento nos muestra la obra de Sus manos” (Sal 19.1). 

Nosotros estudiamos el Universo que nos rodea conscientes de que éste es la obra de Sus manos. La grandeza del universo está más allá de nuestra comprensión. Nosotros no podemos sondear la distancia de las estrellas que se encuentran a quintillones de kilómetros de nosotros. Sabemos que el Creador de esta inmensa obra es más grande todavía. Sabemos que en los dominios del átomo invisible se manifiesta el mismo orden inteligente que gobierna el Universo de las estrellas. Y sabemos que el Creador es tan inteligente como el orden inteligente de la creación. 

El Universo contiene personas que piensan, sienten, aman, sufren, seleccionan y determinan. Y sabemos que el Creador de estos seres personales debe ser personal también. La Palabra “Dios” eso mismo significa para nosotros. Todo lo que significa eso es Él. Él es un Dios de amor, y el amor, lo obligó a hacer lo siguiente: se despojó de Su gloria. Él, que era igual a Dios, tomó la forma de siervo. Fue hallado en la condición y semejanza de hombre. Cambió la forma de Dios por la forma de un hombre. 

Él, el Creador, tomó la forma de la obra de Sus manos; Él, el Creador, se despojó y se limitó hasta el grado de que vivió y anduvo en Su propia Creación. Él, por quien había sido creado este vasto e inconmensurable Universo, vino a habitar en este pequeño planeta; nuestra tierra. Luego, se humilló a Sí mismo, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y Él, que era tan santo como Dios, tan intocable por el pecado como Él, fue hecho pecado (2Co 5.21). 

El sufrimiento divino causado a Cristo cuando fue hecho pecado, es único. No tiene analogía. No podemos medirlo con nada de lo que conocemos. El Pecado de Adán, la naturaleza pecaminosa que pasó a todos los hombres, todo lo terrible de ello traspasó el corazón de Dios mismo. 

II.  La Fe de Cristo en el Amor 

Nos preguntamos, ¿por qué lo hizo así? ¿Por qué tan tremendo sacrificio hecho por Uno tan grande? La respuesta es: el Hijo de Dios creyó en el amor. Dios es amor. En esto se manifestó Su amor: “Porque Cristo, cuando aún éramos flacos, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente apenas muere alguno por un justo; con todo podrá ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios encarece Su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5.6-8). “Porque Cristo no se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperan cayeron sobre mí” (Ro 15.3). 

Los reproches del hombre que había reprochado a Dios, cayeron sobre Él. Los pecados del hombre que había pecado contra Dios, cayeron sobre Él. El juicio del hombre cayó sobre Él. Las enfermedades, las debilidades del hombre cayeron sobre Él. En esto se manifestó Su amor. El Hijo de Dios encaró el problema del pecado, la entrada de éste en el mundo por el crimen de alta traición de Adán, y su imperio sobre el género humano. 

El sabía que por el sacrificio de Sí mismo podría quitar el pecado. Sabía que podría sufrir en lugar del hombre. Sabía que podría reducir a Satanás a la nada en favor del hombre. Él creía en el amor y obedeció los dictados del amor. Él conocía la recompensa del amor. Sabía que experimentaría gran gozo cuando el amor hubiera triunfado. Conocía los frutos que el amor recogería. Sabía que el amor habría de triunfar. 
 
III.  El Problema de la Nueva Creación 
 
Ahora el problema, la cuestión que la nueva creación encara, es el mismo problema que Cristo encaró. El hombre que se ha convertido en una nueva creación en Cristo, encara la necesidad del hombre espiritualmente muerto. No le es dado el morir por otros como lo hizo Cristo, pero su lugar es tan esencial como lo fue el de Cristo. A la nueva creación se ha encomendado el mensaje de la redención para entregarlo a la humanidad: “Y todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió a sí por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación; así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2Co 5.18-19). 

La obra de Cristo fue la de efectuar la reconciliación entre Dios y el hombre: “Y por él reconciliar todas las cosas a sí, pacificando por la sangre de su cruz, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos... En el cuerpo de su carne por medio de muerte, para haceros santos, y sin mancha, e irreprensibles delante de él” (Col 1.20, 22). 

Efesios 2.11-22 también muestra Su reconciliación entre Dios y el hombre. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo a Sí, pero nos ha encomendado a nosotros, los nuevos hombres en Cristo, el mensaje de la reconciliación. Cristo creyó en el amor e hizo Su parte. Aparentemente la redención había fracasado. Cuán pocos han sido alcanzados con el mensaje de la reconciliación. Pero Dios no ha fracasado y Cristo tampoco. Es el Cuerpo de Cristo (Su iglesia) el que ha fallado en llevar el mensaje de la redención a la humanidad. Si el Cuerpo de Cristo hubiera sido de la misma mente de Cristo, la historia del mundo habría sido diferente. 

Pablo vio el problema real que encara la nueva creación y nos lo menciona en 2 Corintios 5.13-14: “Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: Que si uno murió por todos, luego todos son muertos”. Pablo creyó en el amor a tal grado, que lo tomaron por loco. La respuesta de Pablo fue: “El amor de Cristo ha tomado posesión de mi corazón. Comprendo que la muerte de Cristo fue la muerte de todos”. El mismo amor que movió a Cristo a morir por el hombre, constriñó el corazón de Pablo y lo obligó a vivir por los demás. 

La actitud del amor hacia nuestros semejantes es esta: “Los amo como si yo hubiera muerto por ellos”. El amor nos hará embajadores tan ansiosos de ganar hombres como si hubiéramos muerto por ellos para lograr la reconciliación. Pablo había captado la visión del amor. El gran imperio romano fue evangelizado en gran parte por sus esfuerzos. Pablo creyó en el amor y se fue al mundo pagano como embajador de Cristo, totalmente consciente de que su mensaje sería una ofensa para los judíos, locura para los griegos y un hazmerreír para los romanos. 

No obstante, él sabía que sólo el mensaje de la reconciliación en Cristo satisfaría la necesidad del hombre. El testimonio del amor es el siguiente: “Y yo con todo gusto gastaré y me desgastaré enteramente por vuestras almas” (2Co 12.15 Versión A.F.E.B.E.). Dios está diciendo: “Yo deseo que vosotros améis como mi Hijo amó. Vosotros podéis hacerlo porque somos uno. Mi naturaleza es vuestra; mi amor es vuestro”. Nos está pidiendo que nos rindamos al Señorío de Su amor dentro de nosotros: “Porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” (Ro 5.5). 

Efesios 3.16-19 es nuestro, “Que os dé conforme a la riquezas de Su gloria, el ser corroborados con potencia en el hombre interior por Su espíritu. Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones: para que, arraigados y fundados en amor, podáis bien comprender con todos los santos cuál sea la anchura y la longitud y la profundidad y la altura y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. 

Él nos llena con Su plenitud para que podamos amar como Él ama. En Romanos 15.1-3 se nos enseña la actitud del amor: “Así que, los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación. Porque Cristo no se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperan, cayeron sobre mí”. 

El amor lleva las debilidades del débil como si fueran suyas. Cristo no se agradó a Sí mismo, sino que llevó los pecados, las enfermedades y el juicio de los demás. El amor no critica ni condena, pero sí obliga a que la nueva creación en Cristo ore por el que está dominado por el pecado como si él mismo hubiera sido hecho pecado por su prójimo. El amor nos constreñirá a orar por los enfermos como si nosotros fuéramos los que habríamos de sufrir sus enfermedades y sus dolores. Amar, es tener la mente de Cristo. El nuevo hombre en Cristo, que toma el lugar de Cristo, tiene una deuda de amor con la humanidad: “No debáis a nadie nada, sino amaros unos a otros” (Ro 13.8). Es este el problema que la nueva creación encara, la deuda de amor que tenemos con la humanidad. 
 
PREGUNTAS 
 
1. ¿Por qué la iglesia no ha podido ver una redención completa? 

2. Cite y explique algunos pasajes donde se demuestre que Dios considera resuelto el problema del pecado. 

3. ¿Por qué la iglesia perdió de vista el verdadero problema que la nueva creación encara? 

4. Dé una explicación de Filipenses 2.5-6. 

5. ¿Cuál es la obra encomendada al Cuerpo de Cristo? 

6. ¿Cual es el significado de la confesión de Pablo en 2 Corintios 5.14? 

7. ¿Cuál es la actitud del amor hacia los perdidos y los enfermos? 

8. ¿Cómo hizo Dios posible para nosotros el amar como Cristo amó? 

9. Explique Romanos 13.8. 
 

viernes, 29 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 28


Lección 28 
EL SEÑORÍO DE CRISTO 
(Continuación) 
 
Continuamos en esta lección nuestro estudio sobre el Señorío de Cristo. En la lección anterior aprendimos que Dios había hecho a Jesús Señor: “Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch 2.36). En esta lección estudiaremos a Cristo como nuestro Señor personal. Veremos lo que Su Señorío significa para nosotros en lo personal. 

Él había muerto como el Cordero de Dios. Había sido crucificado en debilidad: “Porque aunque fue crucificado por flaqueza, empero vive por potencia de Dios” (2Co 13.4). Cuando resucitó, resucitó como Señor. 

En su muerte fue como un cordero, conducido al matadero. Por la opresión y por el juicio fue quitado. Sin embargo, se levantó de entre los muertos como conquistador absoluto. Derrotó a Satanás, quien tenía el señorío sobre el hombre. Lo conquistó delante de sus legiones, delante de sus siervos, en la región tenebrosa de los condenados; y en ese lugar terrible se levantó como el Vencedor y Señor absoluto. Y el permanece hoy, delante de los tres mundos, el cielo, la tierra y el infierno, como el Vencedor absoluto del antiguo enemigo del hombre (He 2.14). 

No nos maravilla el que, recién obtenidas Sus victorias, haya dicho a los discípulos: “Toda potestad me es dada en el Cielo y en la tierra” (Mt 28.18). Él se levantó como Señor, y hoy no existe potestad en el cielo, en la tierra o en el infierno, que no se doblegue ante la autoridad de Su Nombre (Fil 2.9-10). 
 
I.  La Necesidad de Su Señorío 
 
La necesidad personal que tiene el hombre del señorío de Cristo es hoy prácticamente una verdad ignorada. Como regla general, se le enseña al hombre no salvado que necesita el perdón de sus pecados. Lo que en realidad necesita el hombre no salvado, es un nuevo Señor, un nuevo Amo. El hombre natural vive esclavo del pecado y en rebeldía contra Dios porque Satanás es el Señor de su vida. 

El crimen de Adán consistió en entregarse al señorío de Satanás. Satanás es el señor en el imperio de la muerte espiritual: “...al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He 2.14). La humanidad se identificó con Adán en su crimen de alta traición (Ro 5.12), y como resultado de tal identificación quedó sometida al señorío personal de Satanás. 

El hombre vive en el imperio de la muerte espiritual porque Satanás es el señor de su vida. Toda exigencia del hombre, sea material, física, mental o espiritual, se centraliza en el señorío de Satanás sobre su vida. Todo sufrimiento humano es el resultado del señorío satánico sobre la humanidad. El sufrimiento humano puede ser causado por la crueldad y el egoísmo de los demás, por nuestros propios pecados, por la enfermedad, por las circunstancias, pero todo eso pertenece al imperio satánico. 

Por lo tanto, la dificultad del hombre se centraliza en la necesidad de un nuevo Señor. Satanás es un capataz cruel. Él es quien destruye el alma y el cuerpo en el infierno (Mt 10.28). El hombre necesita un Señor-Amor, un Amo-Amor. El propósito de la lección previa fue demostrar que sobre bases legales, el Hijo de Dios destronó a Satanás de su posición como señor del hombre y como dios de este mundo: “Para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre” (He 2.14-15). 

Otra traducción del griego dice así: “Para que Él paralizara a aquel que tuvo la autoridad de la muerte”. Las Escrituras son claras al respecto y afirman, que el cruel amo del hombre fue reducido a la nada. Todo hombre y toda mujer no salvados que vivan en la esclavitud de la muerte espiritual, tienen el derecho legal al Señorío Amoroso de Cristo sobre su vida. El Señorío de Cristo significa una nueva naturaleza, una nueva Familia, un nuevo Padre, Cristo murió y resucitó para poder satisfacer la necesidad del hombre de un nuevo Señor: “Porque Cristo para esto murió y resucitó: y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro 14.9). 

¡Qué mensaje tan jubiloso, qué nuevas tan alegres tenemos que comunicar al mundo no salvado! ¡El mensaje de este nuevo Señor para el hombre! “Porque el mismo que es Señor de todos, rico es para con todos los que le invocan” (Ro 10.12). Toda necesidad del hombre puede ser satisfecha de acuerdo con las riquezas en gloria en Cristo Jesús. Como la Escritura continúa: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro 10.13). Por un simple acto en que el hombre invoque a este nuevo Señor, el poder y la autoridad de Satanás, el antiguo señor, serán quebrantados en su vida. Pero, “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Ro 10.14). Seamos, pues, fieles en dar a conocer el Señorío de Cristo. 
 
II. Confesar Su Señorío, el Camino a la Salvación 
 
Siendo que la necesidad del hombre solo puede ser satisfecha por el Señorío de Cristo sobre su vida, la confesión de ese Señorío es el camino a la salvación. La redención es toda de gracia. Es la obra de Dios, no del hombre: “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2.8-9). 

Lo único que le corresponde hacer al hombre es confesar el Señorío de Cristo. Es este el más alto orden de arrepentimiento. El arrepentimiento no consiste en llorar o gritar por los pecados cometidos en el pasado. Un hombre puede entristecerse por la manera en que ha vivido; no obstante el imperio del pecado es el resultado del señorío satánico sobre su vida. El arrepentimiento es algo mucho más profundo que eso. El arrepentimiento es volverse del dominio de Satanás, al Señorío de Cristo. Es confesar ante los hombres y ante los demonios que estamos siguiendo a un nuevo Señor y que lo estamos aceptando en nuestra vida. 

En el momento en que alguno invita a Jesús como el Señor de su vida, la autoridad de Satanás se reduce a la nada y él es liberado de la esclavitud satánica. Para el hombre que sabe cuál es su lugar en Cristo, Satanás es como nada, como si no existiera (He 2.14). Cuando un hombre confiesa el Señorío de Cristo, pasa de la autoridad de Satanás a la autoridad de Cristo: “Quién nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col 1.13). 

He aquí lo que acontece en la vida de un hombre cuando confiesa el Señorío de Cristo: Es trasladado de la potestad de las tinieblas al reino de nuestro Señor Jesucristo. Eso significa que la muerte espiritual es erradicada de su espíritu. Termina la esclavitud de Satanás. Recibe la naturaleza de Dios cuando recibe a Cristo, Se convierte en un Hijo de Dios (Jn 1.12). Un gobernante-amoroso es suyo ahora. Se encuentra ya en la familia de Dios y en el reino de Cristo. 

Ahora podemos darnos cuenta del por qué el confesar el Señorío de Cristo es el camino a la salvación. Miles habrían sido salvados de años de sufrimiento si hubieran sabido esto. El confesar el Señorío de Cristo es muy sencillo. Es decir simplemente: “Acepto a Jesucristo como mi Señor y le invito ahora mismo a entrar a mi vida”. 

Se nos dice en Romanos 10:9-10: “Porque si confesares con tu boca a Jesús por Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; pues con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación”. 

Con la boca se confiesa para salvación”. Dios está atento a Su Palabra para realizarla. Cuando un individuo actúa de acuerdo con ella, confesando el Señorío de Cristo, Dios le imparte Su propia Vida y Naturaleza. Su confesión del Señorío de Cristo es el camino al nuevo nacimiento, el camino a la Salvación.
 
III.  Los Beneficios del Señorío de Cristo 

Así como toda necesidad espiritual del hombre se centralizaba antes en el señorío de Satanás sobre su vida, así toda bendición espiritual se centraliza ahora en el Señorío personal de Cristo sobre la vida del creyente: “Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo” (Ef 1.3). La persona que ha aceptado a Jesús como Señor, es bendecida con toda bendición espiritual. 

El verdadero hombre es el espíritu. Toda condición de empobrecimiento en la humanidad ha sido el resultado de la muerte espiritual en el espíritu del hombre. Ser bendecido con toda bendición espiritual, significa unión con la Divinidad, ser llevado de nuevo al reino de Dios, al reino de la omnipotencia. Esto trae como resultado la satisfacción de toda necesidad del hombre, sea mental, física o material. 

El Señorío de Cristo sobre la vida de un individuo significa que el pecado y la enfermedad concluyen. Para el hombre que entiende lo que significa el Señorío de Cristo, el pecado y la enfermedad dejan de ser problemas. El Señorío de Cristo significa libertad del imperio del pecado. Esta revelación Divina que nosotros tenemos nos da una clara comprensión del problema del pecado, de su origen, de su dominio sobre el hombre y de su destrucción. 

La Palabra nos enseña que el pecado entró al mundo por un hombre (Ro 5.12). Romanos 7 nos deja oír el grito sin esperanza de un hombre espiritualmente muerto que desea liberarse de la esclavitud del pecado. Esta fue la experiencia de Pablo antes de nacer de nuevo. Su mente había sido desadormecida por la ley, pero el pecado que moraba en él, le impedía observarla por completo (Ro 7.7-24). El testimonio de Pablo demuestra que él era carnal, vendido al pecado o esclavo del pecado (Ro 7.14). 

Apareció entonces un Hombre con el propósito de quitar el pecado: “Y sabéis que Él se ha manifestado para quitar los pecados, y en Él no hay pecado” (1Jn 3.5, Versión A.F.E.B.E.). Él fue sin pecado. No conoció pecado (2Co 5.21). Nunca antes había conocido sus dolores ni su dominio. Nunca había pasado por la experiencia de Pablo. Pero ahora Jesucristo fue hecho pecado: “Dios le hizo pecado por nosotros” (2Co 5.21). 
Luego Él murió al pecado. Romanos 6.10 (Versión Española A.F.E.B.E.) dice: “La muerte no tiene dominio sobre Él. Porque el morir suyo fue un morir al pecado de una vez para siempre”. Él quitó el pecado: “De otra manera sería necesario que hubiera padecido muchas veces desde el principio del mundo: mas ahora una vez en la consumación de los siglos, para deshacer el pecado se presentó por el sacrificio de sí mismo” (He 9.26). 

Quitó el pecado y lo dejó como si nunca hubiera existido y ahora en Él no hay pecado (1Jn 3.5). Y continúan las Escrituras en el versículo seis: “Cualquiera que permanece en Él, no peca”. El Señorío de Cristo significa una total unidad con Él. Significa una unión tan íntima, que la cohesión de la vid y los pámpanos fue usada por el Espíritu Santo, como una ilustración de ella. Para Cristo el pecado no tiene poder. Él es nuestro Señor. El pecado no tiene poder sobre nosotros como no lo tiene sobre Cristo. Reconocer plenamente el Señorío de Cristo es aceptar que el pecado no tiene ya poder sobre nosotros. 

La tentación para pecar es una fanfarronada del adversario. Hay que tratarla como tal. Durante Su ministerio, Cristo no se preocupó por el pecado o por el poder de éste sobre Su vida. El dijo: “El príncipe de este mundo viene, mas no tiene nada en mí” (Jn 14.30). Cristo ha destruido las obras de Satanás en el corazón del hombre. Esto significa que el pecado ha perdido totalmente su poder sobre la nueva creación, porque el pecado tiene su origen en Satanás: “El que hace pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio; para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1Jn 3.8). 

Si el pecado tiene su origen en Satanás, y si Satanás ha sido reducido a la nada, podemos fácilmente entender que las obras de Satanás han sido destruidas y que ya no tiene ningún poder sobre la nueva creación. Empero, cabría preguntar: ¿Qué es el pecado para la nueva creación? 

Pecado es todo aquello que nos impide andar en compañerismo con el Padre y el Señor. 1 Juan 1.5-10 nos revela que aquello que impide que andemos en la luz es el pecado. Andar en la luz significa “andar en la luz de Su Palabra”. El Salmo 119.105 declara: “Lámpara es a mis pies Tu Palabra, y lumbrera a mi camino”. La Palabra, nuestra Luz, nos revela nuestro lugar en Cristo, nuestros privilegios y nuestras responsabilidades. Nos revela nuestro lugar de victoria en Cristo. Andar en la luz de Su Palabra es andar en nuestros privilegios y responsabilidades. El pecado, por consiguiente, es todo aquello que motiva que la nueva creación ande en fracasos y debilidades ante la realidad de que Cristo ha sido hecho nuestra fortaleza. La incredulidad que nos aparta del reposo y de la quietud en Él, es pecado; porque “todo lo que no es de fe, es pecado” (Ro 14.23). 

Ya hemos visto que el pecado, cualquiera que sea la forma en que aparezca, no tiene poder sobre la nueva creación. El Cuerpo de Cristo debe comprender esto librándose de los engaños del adversario: “Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera” (2Ts 3.16). Cristo es el único que puede darnos paz. 
 
PREGUNTAS 
 
1. Describa el Señorío de Satanás sobre el hombre no redimido. 

2. ¿Qué clase de nuevo señorío necesitó el hombre? 

3. Demuestre cómo todo hombre tiene derecho legal al Señorío de Cristo. 

4. Explique por qué es necesario confesar el Señorío de Cristo para ser salvos.
 
5. ¿Qué experiencias personales nos da Pablo en el capítulo siete de Romanos? 

6. Explique claramente por qué el pecado deja de ser un problema para la nueva creación. 

7. Diga cómo la enfermedad no tiene poder sobre la nueva creación. 

8. ¿Por qué el Señorío de Cristo significa ser liberado de toda necesidad? 

9. Explique 2 Tesalonicenses 3.16. 

10. ¿Buscó usted y estudió cuidadosamente cada uno de los pasajes mencionados en esta lección? 
 
 
 

jueves, 28 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 27


Lección 27 
EL SEÑORÍO DE CRISTO 
 
Una de las verdades más vitales en esta revelación dada al hombre, es que Jesucristo es el Señor de todo. En nuestros días, en este Universo, Él tiene la posición de Señor. Su ministerio como Señor es tan importante, que no nos atrevimos a incluirlo en la lección 25, en la que tratamos del ministerio actual de Cristo. Conocer que Jesús es Señor, es esencial para una vida cristiana victoriosa; por consiguiente, vamos a dedicar dos lecciones completas a este estudio. 

Como 700 veces en el Nuevo Testamento se le da a Cristo el título de “Señor”. Él ha reconquistado el Señorío sobre la creación perdido por Adán. Él es Señor sobre el pecado, sobre la enfermedad, sobre la muerte y sobre las fuerzas de la naturaleza. Él mantiene la más alta posición en el universo. Sin embargo, la verdad más grande y más dichosa, es que Él se convierte en el Señor personal del hombre. En lecciones anteriores hemos visto el derecho que el hombre tiene a la justicia, a la vida eterna, etc. En esta lección veremos que todo hombre tiene derecho legal a los beneficios del Señorío de Cristo. 

Estudiaremos este asunto en cuatro divisiones. La primera, Satanás el señor; la segunda, Cristo el conquistador; la tercera, Cristo hecho Señor; y la cuarta, Cristo, Señor personal del hombre. En el bosquejo anterior tenemos la historia de la Redención en forma breve. 
 
I.  El Señorío de Satanás 
 
La Palabra nos revela, y los hechos de la vida dan testimonio de ello, que Satanás es el señor del hombre natural, no redimido. Cristo manifestó que reconocía dicho señorío cuando lo llamó el príncipe de este mundo: “Porque viene el príncipe de este mundo; mas no tiene nada en mí” (Jn 14.30). 

En la revelación que Pablo recibió, Satanás es llamado el dios de este mundo. 2 Corintios 4.4, dice: “El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. Satanás y sus legiones son llamados los gobernadores espirituales de este mundo: “Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en el aire” (Ef 6.12). 

El hombre no redimido anda de acuerdo con las leyes de ellos: “En que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia” (Ef 2.2). No obstante, al principio, Satanás no tuvo esta autoridad sobre el género humano o la creación. Originalmente el hombre fue el señor. Dios le entregó el dominio sobre las obras de la creación haciéndolo participe con Él del gobierno del Universo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra” (Gn 1.26-31).
 
Todavía el hombre, aun en su estado más bajo y de sometimiento, lleva dentro de sí rasgos de su posición original como copartícipe de Dios en el gobierno del Universo. En sus descubrimientos en el terreno de la ciencia, en sus clasificaciones del conocimiento, en su comprensión y uso de las fuerzas de la naturaleza, ha demostrado su capacidad mental para asociarse con la mente del Creador. 

Aquel que una vez gobernó la creación todavía demuestra capacidad como copartícipe de Dios en ese gobierno, multiplicando y mejorando los productos de la vida animal y vegetal. Ha hecho brotar las aguas en abundancia; ha convertido los desiertos en jardines; su ser se ha conmovido con las armonías del sonido, de la forma y del color de toda la creación, y las ha reproducido en oratorios, en el mármol, en la tela y en la jardinería. Fue el rey con cetro de la naturaleza. Para él la tierra fue creada y convertida en un hogar. 

Un solo hombre significa más para el corazón de Dios que todo el Universo. Con todo, este hombre obedeció la voz de Satanás, cometió alta traición y se convirtió en su súbdito. Satanás deseaba gobernar este mundo; codiciaba la posición que el hombre tenía, y la ganó convirtiéndose en el señor de éste. Se convirtió en el señor del hombre impartiéndole su naturaleza y llegando a ser para el hombre lo que Dios debió haber sido, su padre (Gn 2.15-17; 3.1-24). 

Por la entrada de la muerte espiritual, que ya hemos estudiado antes, y por su imperio sobre la humanidad, Satanás ha gobernado como Señor (estudie otra vez con todo cuidado: Ro 5.12-17 y compare con He 2.14 acerca de “la autoridad de la muerte”). 

¡Que diluvio de sufrimiento y de miseria ha traído el imperio de Satanás al corazón del hombre! Al hombre se le había entregado el dominio sobre las obras de la mano de Dios, y él puso ese vasto dominio en las manos de Satanás. De señor se convirtió en esclavo. Aun los reinos animal y vegetal han gemido bajo el señorío de Satanás (Ro 8.20-24). 

Pero Dios no dejó al hombre en esta condición desesperada para sufrir eternamente bajo el reinado de Satanás. En presencia misma del crimen de alta traición de Adán, dio la promesa de Uno que legalmente quebrantaría el señorío de Satanás sobre el género humano (Gn 3.15-18). Ya hemos estudiado antes el significado completo de esta profecía. 
 
II.  Cristo, el Conquistador 
 
Dios no podía anular lo que Adán había hecho y el hombre debía esperar hasta que llegara el libertador. 

Cristo ha quebrantado el señorío de Satanás sobre el género humano. Ha reducido por completo a la nada a aquel que por siglos mantuvo la autoridad en el imperio de la muerte (He 2.14). Hay aquí algunas cosas sobre las cuales deseamos llamar la atención. Cristo no redujo a la nada a Satanás por Sí mismo. Satanás nunca fue señor sobre Cristo. El Hijo de Dios que había existido en la eternidad sobre la misma base de igualdad con el Padre, no fue afectado por el crimen de alta traición de Adán, el cual convirtió a Satanás en el Señor de la humanidad (Fil 2.2-8). 

Aun cuando Él se convirtió en hombre, estuvo libre del dominio satánico, porque no fue engendrado por procreación natural. Él era Dios Encarnado, y por razón de Su Divinidad continuó siendo más grande que Satanás y que sus gobernadores del mundo. Cristo dijo: “el príncipe de este mundo viene, mas no tiene nada en mi” (Jn 14.30). 

La encarnación de Cristo no estableció ningunas relaciones entre Él y Satanás. Su humanidad no se sometió al dios de este mundo. Tuvo la misma clase de humanidad que Adán tenía antes de que cometiera su crimen de alta traición. Por consiguiente, en la vida de Cristo sobre la tierra, tenemos el ejemplo de una vida libre del dominio satánico. Satanás le prestó obediencia: el mal y las enfermedades se doblegaron ante Él y todas las fuerzas de la naturaleza acataron Sus mandatos. Por lo tanto, podemos ver que Cristo no conquistó a Satanás por Sí Mismo. Lo conquistó por causa del hombre. Aunque estaba libre del dominio de Satanás y el hombre no, Cristo pudo quebrantar el poder de la enfermedad sobre la vida del hombre y echar fuera demonios, pero la humanidad permanecía dentro de la autoridad de Satanás. Los hombres necesitaban ser liberados de su señorío. Necesitaban ser liberados de su naturaleza, de la cual surgían el egoísmo, los celos, el pecado, las enfermedades y la rebelión contra Dios. 
El señorío de Satanás sobre la humanidad y sobre el individuo, debía ser quebrantado por un hombre; por lo tanto, sobre la cruz, Cristo se identificó con la muerte espiritual, la naturaleza de Satanás, y como Uno unido a nosotros, conquistó a Satanás en favor del género humano: “Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2Co 5.21). 

Nosotros no entendemos la naturaleza exacta de ese combate, lo que sabemos es que cuando Cristo resucitó de entre los muertos como hombre, y en nuestro favor, arrojó de Sí a las potencias y a los principados que había vencido: “Y despojando los principados y las potestades, los sacó a la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo” (Col 2.15). 

Ignoramos la naturaleza exacta de la traición de Adán por medio de la cual Satanás se convirtió en señor de la raza humana, pero no ignoramos que cuando Adán encaró a Dios en el Jardín, ya su naturaleza había sido cambiada; y en su vida dominaba un nuevo señor, Satanás. 

Aunque no sabemos exactamente cómo, sí sabemos que un hombre coronó a Satanás como Señor de la raza humana: “Porque a mí es entregada y a quien quiero la doy” (Lc 4.6-12). Igualmente, no sabemos exactamente como; pero sí sabemos que un hombre, Jesucristo, por medio de Su muerte y Su resurrección destronó a este señor coronado por el hombre, Satanás. 

Y cuando Cristo entró al Lugar Santísimo con Su propia sangre, Dios reconoció que se había verificado para la humanidad la completa redención de la autoridad y del dominio satánico: “Mas por Su propia sangre, entró una sola vez, por todas, en el santuario, habiendo obtenido eterna redención para nosotros” (He 9.12). 

El primer hombre fue arrojado de la presencia de Dios porque Satanás se había convertido en su Señor, y la humanidad entera fue identificada en ese acto (Gn 3.22-24). Entonces llegó el tiempo cuando un hombre que fue hecho pecado y que había sido abandonado de Dios, entró al Lugar Santísimo y fue aceptado gozosamente, porque el imperio de Satanás sobre el hombre había sido reducido a la nada: “En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez” (He 10.10). 

El hombre había sido santificado por la ofrenda de Cristo. Santificar significa apartar, separar. El hombre no solamente había sido libertado del dominio de Satanás, sino que también había sido apartado de la autoridad satánica como lo estaba Cristo antes de que fuera hecho pecado. Se había verificado la remisión de los pecados, resultado de la muerte espiritual: “Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por pecado” (He 10.18). 

Y el hombre fue declarado perfecto delante de Dios: “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He 10.14). Cuando Cristo fue aceptado y se sentó en el Lugar Santísimo a la diestra de Dios, toda la humanidad se sentó también con Él (Ef 2.5-6). Cristo es el conquistador porque ha quebrantado el señorío de Satanás sobre el hombre: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo” (He 2.14). 
 
Cristo, Coronado Señor 
 
Por esta victoria como hombre sobre Satanás, Dios ha coronado a Jesús como Señor. Cuando Cristo se levantó de entre los muertos, se levantó sobre todo gobierno, autoridad, poder y dominio (Ef 1.12-22).
 
Estos “gobiernos”, “autoridades” y “dominios” eran de Satanás. Ahora bien, Cristo fue exaltado no por Sí mismo sino por el hombre, pues Él siempre fue grande. 

Su victoria consistió en lograr la completa liberación del hombre, del yugo, de la tiranía, del poder y del dominio que Satanás ejercía sobre su vida. El dominio que una vez tuvo el hombre no le fue devuelto directamente a él a fin de que no lo perdiera otra vez. Es decir, el señorío perdido le fue entregado a Cristo; Él lo retiene para el hombre. Dios hizo a Cristo Señor: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hch 2.36). 

El Ángel dijo: “Venid, ved el lugar donde el Señor fue puesto” (Mt 28.6). Cristo, el Hijo del hombre, se había levantado de entre los muertos y había quebrantado el señorío de Satanás: “Y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza, la cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su diestra en los cielos, sobre todo principado, y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombre, no sólo en este siglo, mas aun en el venidero” (Ef 1.19-21). 

Dios le corona Señor cuando le da un Nombre que es sobre todo nombre y le confiere con él la autoridad de Su conquista: “Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios Padre” (Fil 2.9-11). 

Todo lo que Él es, como Señor, lo es para nosotros, porque la autoridad de Su señorío le ha sido conferida en Su Nombre, y ese Nombre es nuestro, como lo hemos visto en lecciones anteriores. Él ha sido hecho Señor por causa de nosotros: “Y sometió todas las cosas debajo de Sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos” (Ef 1.22-23). 
 
PREGUNTAS 
 
1. Mencione tres pasajes de las Escrituras que muestren que Satanás es el Señor del hombre natural, no redimido. 

2. ¿Cómo adquirió Satanás su autoridad sobre el hombre? 

3. ¿En qué forma el hombre muestra todavía rasgos de su posición original como copartícipe con Dios en el gobierno del universo? 

4. Demuestre claramente por qué Cristo no tuvo que conquistar a Satanás por Sí Mismo. 

5. ¿Qué pasaje de las Escrituras muestra que Satanás nunca tuvo dominio sobre Cristo? 

6. Explique Hebreos 2.14. 

7.,¿Qué revela Colosenses 2.15? 

8. ¿Qué significado hay en el hecho de que Dios aceptó la sangre de Cristo cuando entró al Lugar Santísimo? 

9. Explique Filipenses 2.9-11. 

10.¿Estudió usted con todo cuidado cada pasaje de las Escrituras en esta lección?