miércoles, 20 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 23



Lección 23 
EL NOMBRE DE JESÚS 
 
Estudiamos en nuestra última lección que Dios había efectuado en Cristo, una nueva creación. Vemos también que sobre la base de la redención en Cristo, todo aquel que recibe al Salvador se convierte en una nueva criatura, en una persona nueva. 

Vimos, en efecto, que cuando una persona recibe a Jesucristo como su Salvador y Señor se realiza una nueva creación dentro de su espíritu. La muerte espiritual es arrancada de su espíritu y él es liberado por completo del dominio mortal satánico: “Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col 1.13). 

Entonces le es impartida a su espíritu la vida eterna, la naturaleza de Dios. Es esta la nueva creación que se efectúa; su espíritu es engendrado de Dios: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1Jn 5.1). 

El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1Jn 5.12). 

Todo el que se ha convertido en una Nueva Criatura en Él (2Co 5.17), se ha convertido en hijo de Dios y coheredero con Cristo: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo” (Ro 8.16-17). 2 Corintios 5.17 dice: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 

 
I.  Necesidad del Nombre 
 
Aunque aquel que ha sido hecho una nueva creación en Cristo es trasladado del dominio de Satanás, no obstante, permanece en un mundo gobernado por el diablo. 

En 2 Corintios 4.4, Satanás es llamado el dios de este siglo: “En los cuales el dios de este siglo cegó”. En Efesios 2.2, es llamado el príncipe de la potestad del aire: “En que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia”. Cristo lo llamó el príncipe de este mundo. Satanás y sus fuerzas todavía tienen la oportunidad de atacar al hijo de Dios por medio de tentaciones y pruebas. El aire que nos rodea está lleno de fuerzas hostiles que intentan destruir nuestro compañerismo con el Padre Celestial y privarnos de ser útiles en el servicio del Maestro. Nuestro Padre ha preparado el arma para que la usemos en esta lucha contra Satanás, y no sólo para nosotros mismos, sino también para los hombres dominados por Satanás que nos rodean. 

Esa arma es el Nombre de Jesús. Pero antes de estudiar la autoridad conferida a tal Nombre, estudiaremos cómo lo obtuvo. 
 
II.  La Triple Grandeza del Nombre 
 
Hay autoridad en el Nombre de Jesús porque Él heredó Su nombre; porque alcanzó la autoridad de Su nombre por medio de conquistas, y porque Su nombre le fue conferido. 

En primer lugar, solo podemos medir lo grandioso del Nombre de Jesús al darnos cuenta que este Nombre lo heredó de Dios, el Creador: “En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo; al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo hizo el universo, el cual, siendo el resplandor de Su gloria, y la misma imagen de Su sustancia... alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos” (He 1.2, 4). 

Como Aquel que es la imagen exacta de la sustancia del Padre, Su misma refulgencia y el heredero de todas las cosas, ha heredado Su Nombre y la grandeza de Él de Su Padre. El Poder de Su Nombre entonces sólo puede medirse por el poder de Dios. 

En segundo lugar, Él logró la autoridad de Su Nombre por medio de conquistas. Col 2.15 afirma: 

Y despojando los principados y las potestades, las sacó a la vergüenza en público, triunfando sobre ellos en sí mismo”. El cuadro que se nos presenta aquí es el de Cristo trabado en terrible combate contra las huestes de las tinieblas. Este pasaje nos hace entrever la formidable victoria que obtuvo antes de que se levantara de entre los muertos. 

Es evidente que todas las huestes demoníacas, cuando vieron a Jesús bajo su poder intentaron sencillamente hundirlo, abatirlo; y lo mantuvieron en espantosa esclavitud hasta que del trono de Dios salió la voz potente del Señor diciendo que Jesús había satisfecho las demandas de la justicia, que el problema del pecado estaba liquidado y que la redención del hombre era una realidad. Cuando esta voz llegó a las regiones tenebrosas, Jesús se levantó, arrojó de sí a las huestes de demonios y se trabó en tremendo combate con Satanás, como se describe en Hebreos 2.14: “A fin de que por medio de la muerte paralizara a aquel que tenía el dominio de la muerte, esto es, al diablo” (Versión de Rotherham). 

En otras palabras, después de que Cristo se hubo deshecho de las fuerzas demoníacas y de la tremenda carga de la culpa, del pecado y de la enfermedad que había llevado allí con él, luchó contra Satanás, lo conquistó, y lo dejó paralizado, flagelado y derrotado. Las palabras que Jesús usó en Lucas 11.21-22 se han cumplido: “Cuando el fuerte, armado guarda su atrio, en paz está lo que posee. Mas si sobreviniendo otro más fuerte que él, le venciere, le toma todas sus armas en que confiaba, y reparte sus despojos”. 

Así, cuando Cristo se levantó de entre los muertos, no solamente tenía las llaves de la muerte y del infierno, sino que también poseía la armadura en que Satanás confiaba. Había derrotado al diablo; había derrotado a todo el infierno y se irguió ante los tres mundos, el cielo, la tierra y el infierno como el vencedor indiscutible del viejo enemigo del hombre. Conquistó a Satanás delante de sus propios cortesanos, delante de sus servidores en las regiones tenebrosas de los condenados, y allí se irguió como el Vencedor y el Señor absoluto. 

No es de extrañarnos que recién alcanzadas tales victorias haya dicho a los discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28.18). Él se destaca como el Señor y el gobernador del universo. Toda esta autoridad sobre los dominios de Satanás le ha sido conferida a ese Nombre. El poder para liberar al hombre de su pecado, de sus enfermedades o de cualquiera otra influencia satánica, le ha sido conferido también a ese Nombre. 

En tercer lugar, la grandeza de Su Nombre le fue conferida u otorgada. En Filipenses 2.9-10 leemos: “Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre”. 

Lo que inferimos es que había un Nombre conocido en el cielo y desconocido en todas partes, y que ese Nombre se guardaba para conferirse a alguien que lo mereciera; y a Jesús, al que nosotros conocemos, al Hijo Eterno de Dios como es conocido en el seno del Padre, le fue dado este Nombre, para que ante Él se doble toda rodilla en los tres mundos: el cielo, la tierra y el infierno, y toda lengua confiese que Él es Señor de los tres mundos para gloria de Dios el Padre. 
 
III.  ¿Por qué se le Dio Este Nombre? 
 
Cabría preguntar ahora: ¿Por qué se le dio este nombre? Notemos este hecho tremendo: cada mención que se hace del Nombre que Él heredó, conquistó o se le confirió, demuestra que recibió la grandeza de Su Nombre después de que resucitó de entre los muertos. 

Hebreos 1.3-7 nos señala que Él heredó Su Nombre cuando fue vivificado de la muerte espiritual (v. 5). Fue entonces cuando Dios le dijo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”. 

Hechos 13.33 revela que esto ocurrió en Su Resurrección: “La cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros resucitando a Jesús; como también en el Salmo segundo; está escrito, Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy”. 

Después de Su Resurrección fue cuando Él reveló que le había sido otorgada autoridad plena en el cielo y en la tierra. 

Efesios 1.19-23 dice que fue colocado por encima de todo poder y dominio. 

Filipenses 2.8-10 revela que fue después de Su resurrección cuando se le confirió el Nombre que es sobre todo nombre, y cuando el Dios-Padre lo exaltó a lo sumo. 

Cabría preguntar además: ¿Por que se le confirió este Nombre? ¿Por qué fue investido de tanta autoridad y dominio? ¿Fue por Él mismo? Durante casi 2,000 años que ha estado a la diestra del Padre, ¿lo ha usado o ha tenido necesidad de Él? Las Escrituras no insinúan nada sobre si Jesús haya usado Su Nombre o lo haya necesitado. El gobierna la creación con Su Palabra y existe sobre una base de igualdad con Dios. 

Cada vez que se menciona en las Escrituras el Nombre de Jesús se hace en relación con Su Cuerpo, la Iglesia. Ese Nombre le fue dado para que la Iglesia hiciera uso de Él. Los que tienen necesidad de echar mano de Su Nombre son todos aquellos que han sido hechos coherederos con Él y están aquí asociados con hombres y mujeres que necesitan ser libertados de Satanás. 

Todo lo que Él tiene por herencia, lo tiene en ese Nombre; todo lo que Él ha realizado, lo ha realizado en ese Nombre; y ese Nombre es para el hombre. Dios ha hecho esta inversión para la Iglesia. Él ha hecho este depósito sobre el cual tiene derecho la Iglesia para tomar lo que necesite y cuando lo necesite. El Nombre que contiene la plenitud de la Divinidad, la riqueza de las Eternidades y la autoridad sobre todo poder o autoridad conocidos en el cielo, en la tierra y en el infierno, nos ha sido dado a nosotros. 

Si pudiéramos investigar en el cielo, con todo su poder y omnipotencia; si pudiéramos investigar en las regiones tenebrosas de los dominios del infierno, con toda su autoridad sobre la humanidad; y si pudiéramos investigar en el mundo entero, no podríamos encontrar ningún otro dominio, ni autoridad, ni poder más grandes que el Nombre de Jesús. 

Tenemos el derecho de usar ese Nombre en contra de nuestros enemigos. Tenemos el derecho de usarlo en nuestras peticiones, en nuestra alabanza y en nuestra adoración. Ese Nombre le fue dado a Él para nosotros y es nuestro hoy. No ha perdido hasta ahora nada de Su poder. 
 
IV.  El Uso del Nombre 
 
Estudiemos ahora lo que este Nombre significa para nosotros. Consideraremos primero las promesas relacionadas con la oración que Jesús hizo con respecto a Su Nombre. 

Tenemos la promesa exclusiva que se nos da en Juan 16.24. Jesús dice: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. 

Jesús dice: “Hasta ahora nunca habéis orado en Mi Nombre; pero desde hoy pediréis al Padre en Mi Nombre, y Él os lo concederá”. Esta promesa es tal vez la declaración más difícil de entender que haya salido de los labios del Hombre de Galilea; es decir, que podemos echar mano de Su Nombre, de ese Nombre Omnipotente. 

El no dice: “Si creéis o si tenéis fe”. Sencillamente nos ha dado Su nombre. Es nuestro, y con aquello que es nuestro no necesitamos tener fe para usarlo. Cuando nacimos en la Familia de Dios llegó a ser nuestro el derecho y el privilegio de usar el Nombre de Jesús. El nombre de Jesús toma el lugar de Jesús al obrar milagros y al librar de la autoridad de Satanás, y coloca a Dios en la escena. 

Cuando Cristo estuvo con los discípulos no tenían ellos necesidad del Nombre de Jesús. Él personalmente satisfizo cada necesidad. Pero cuando llegó el tiempo en que debía dejarlos, les dijo que todo lo que pidieran del Padre en Su Nombre, el Padre se los daría. 

Jesús nos dio otra enorme promesa con respecto a Su Nombre en Juan 14.12-14. Acababa de hablar con los discípulos acerca de Su partida de este mundo. Sus corazones estaban entristecidos y turbados por la próxima partida de Jesús. Para ellos, la ausencia de Jesús significaba que todo acabaría. Su ministerio sobre la tierra tendría fin, y todas las obras maravillosas que había realizado para sanar y rescatar a las multitudes, habrían de terminar para siempre. 

Pero ahora Cristo les dice: “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él hará; y mayores que éstas hará porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. Sus obras, les dice, no van a terminar. Al contrario, se van a multiplicar. 

Cuando Cristo estuvo aquí en la carne, estaba limitado por Su cuerpo humano. Solamente podía estar en un lugar al mismo tiempo. Pero al realizarse la redención que convertiría a todo hombre en un hijo de Dios, cada creyente ha sido capacitado para hacer lo que Jesús hacía cuando estuvo en el mundo. 

La razón de ello es la autoridad del Nombre. Jesús dijo: “Haréis mayores obras que yo porque yo voy al Padre, y todo lo que pidiereis al Padre en Mi Nombre yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. Lo que realmente afirma es esto: “Vosotros tomaréis mi lugar aquí en la tierra. Yo seré vuestro representante en el cielo, y todo lo que pidiereis en Mi Nombre yo lo justificaré. Será como si yo estuviera en la tierra pidiéndolo del Padre.” 

Él comprendió que la esencia de nuestro conflicto sería con las fuerzas Satánicas, de modo que dijo en Marcos 16.17: “En mi nombre echaréis fuera demonios”. Él nos ha dotado perfectamente bien para ocupar nuestro lugar como Sus representantes, dándonos autoridad sobre toda fuerza e influencia satánicas. En Marcos 16.18, nos dice que en Su Nombre pondremos nuestras manos sobre los enfermos y éstos serán sanados. Los demonios y la enfermedad tienen que obedecer el Nombre de Jesús así como obedecieron Sus palabras. 

¡Ah! ¡Que nuestros ojos fuesen abiertos! ¡Que nuestras almas se atrevieran a elevarse al reino de la Omnipotencia donde el Nombre de Jesús significa para nosotros todo lo que el Padre le confirió! Es ésta, prácticamente, una cumbre inexplorada en la experiencia cristiana. 

Aquí y allá algunos de nosotros hemos experimentado la autoridad de que está investido el Nombre de Jesús, pero ninguno ha sido capaz de permanecer donde podamos disfrutar de la plenitud de este maravilloso poder. 
 
PREGUNTAS 
 
1. ¿Por qué la nueva creación necesita de un arma para usarla en contra de las fuerzas de Satanás? 

2. ¿Cuál es la triple grandeza de Su Nombre? 

3. ¿De qué autoridad está investido el Nombre de Jesús como resultado de sus conquistas? 

4. Explique cómo las palabras de Cristo en Lucas 11.21-22 son una descripción de Él. 

5. ¿Cuándo se le confirió a Jesús la grandeza de Su Nombre? 

6. ¿Jesús necesita hacer uso de Su Nombre? 

7. ¿Por quién le fue dado el Nombre? ¿Y por qué? 

8. ¿Qué se ha depositado en ese Nombre? 

9. ¿Como podemos usar el Nombre de Jesús? 

10. ¿Qué posibilidades ve en esta lección para su propio crecimiento? 
 
 

lunes, 18 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 22


Lección 22 
LAS DOS CREACIONES DE DIOS  
 
En nuestra última lección que trató de la identificación con Cristo, estudiamos los pasos por los cuales Dios efectuó una nueva creación en Cristo. Cuando Cristo fue vivificado de la muerte espiritual, se levantó, como el primogénito entre muchos hermanos. 

Romanos 8.29 dice: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos”. Él fue el primogénito entre muchos Hijos de Dios. 

Él fue el Primogénito de los muertos: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi hijo eres tú, y yo te he engendrado hoy? Y otra vez: Yo seré a El Padre, y él me será a mí hijo? Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios” (He 1.56). Él fue el primer hombre de todas las épocas de la historia humana nacido de la muerte espiritual al reino de la vida: “Y Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia; Él que es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga el primado” (Col 1.18). Él es la cabeza de una nueva creación. Él es la cabeza de una nueva especie, de un nuevo tipo de hombres. 

Es Él la cabeza de una creación de hombres liberados del dominio satánico. Siempre que algún hombre acepta a este Hijo de Dios como Salvador y Señor, pasa de muerte a vida (Jn 5.24). “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2Co 5.17). Esta nueva creación en Cristo, siendo una creación espiritual, es tan real como la creación en Adán. En este estudio vamos a comparar estas dos creaciones. 
 
I.  La Creación en Adán 
 
La creación del universo y la creación del hombre, como cúspide de la creación, nos señalan a un Creador inteligente y omnipotente. Sólo aquel que esté cegado por la terquedad de no creer en Dios podrá afirmar lo contrario. Diremos brevemente lo que el hombre debe creer si se rehúsa a aceptar la existencia de un Creador inteligente. 

He aquí lo primero a que el hombre se enfrenta: existe. Aquí por lo menos está seguro de su conocimiento. Como hombre, existe. ¿Pero cómo llegó a existir? Vive en un mundo rebosante de vida, pero ¿en qué forma comenzó esta vida? Afirmar que el hombre arranca su existencia de una o múltiples generaciones es simplemente dejar la dificultad en donde está. 

¿De dónde vino el primer hombre? ¿Cómo comenzó la vida? Hasta el día de hoy la ciencia no ha podido dar ninguna respuesta, ni siquiera una hipótesis. La única respuesta que la ciencia puede dar es que la vida surgió de la muerte, de la nada. El hombre de ciencia que rechaza a Dios debe aceptar como base misma de su creencia una teoría que no sólo carece de pruebas, sino que contradice todo lo que hoy sabemos sobre el particular. Todo experimento científico ha demostrado que la vida no puede generarse independientemente de otra vida anterior; que la materia inanimada no puede convertirse en vida excepto bajo la influencia de materia ya viva, y que la vida es producida sólo por la misma Vida. 

Aquel que rechaza a un Creador replica que, aunque no pueda probar que haya habido generación espontánea, ésta pudo haber tenido lugar hace billones de años. Afirma también que solamente habría sido necesario un germen de materia viva. Desde luego, da por hecho que existió este germen primero de vida. Pero debe creer que dicho germen tenía como algo inherente todas las posibilidades para el desarrollo de la vida en cada reino. 

Ahora bien, ¿puede un hombre honrado creer que existió un germen vivo de materia que poseía las potencias y capacidades para el desarrollo del universo con sus formas de vida altamente complicadas e inteligentemente organizadas, en vez de creer en un Creador inteligente? ¿Podremos aceptar que un ser consciente e inteligente como el hombre, que se conmueve con el anhelo de la inmortalidad, podría haber sido formado de materia inconsciente y desprovista de inteligencia? 

¡No! La creación del hombre señala hacia un creador inteligente. La creación de Adán revela a un creador sabio y lleno del más tierno amor y cuidado para el hombre. Al estudiar la creación a través de los potentes telescopios, descubrimos que los planetas, las estrellas y las nebulosas fueron formados de acuerdo con un plan sujeto a orden y leyes; por otro lado, también a través de los poderosos microscopios observamos que las mismas leyes y el mismo orden prevalecen en las formas infinitesimales de vida, en las cuales se ha puesto el mismo cuidado y diseño que caracteriza a todas las formas de vida. 

El mismo Creador que pintó con admirable destreza un crepúsculo y un arcoiris, ha puesto su toque de brillantes colores en cada pluma de los pajarillos. Y porque el Creador supo que el hombre sería curioso y estudiaría la vida a través de poderosos lentes artificiales con sumo cuidado y reflexión hizo también la más pequeña forma de vida, con toda delicadeza y hermosura. Algunas formas de vida son tan pequeñas que veinte de ellas pueden caber en una sola gota de rocío. Sin embargo, cada una de ellas ha sido exquisita y bellamente diseñada. 
 
II.  El Lugar que el Hombre Tiene 
 
Cabría preguntar: ¿cuál es el propósito de todo este cuidado y de toda esta previsión manifestados en la creación entera? La respuesta la encontramos en el Hombre. Cada paso en la creación señala al hombre como meta. La tierra, con sus depósitos de carbón, de minerales y de aceite; con sus campos floridos, sus frutos, sus vegetales, sus bosques, su ganado y su belleza, es para el hombre. Nos damos cuenta de que al preparar el hogar para el hombre, el Creador puso tanta solicitud y esmeró al diseñar cada partícula de polvo como al sembrar de estrellas el espacio infinito. 

¡Cuánta exactitud, cuánta previsión, cuánto amor se manifiesta en todo lo que Dios hizo para el hombre, al cual creó a Su propia imagen para que juntamente con Él señorease en la creación! La creación del género humano comenzando con Adán (Su primer hombre), revela el amor infinito del Creador por el hombre y el lugar que éste tiene en Sus planes. Pero volvámonos ahora a la nueva creación en Cristo para ver lo que nos revela acerca del Creador. 
 
III.  La Creación en Ruinas 
 
Ya vimos en nuestro estudio anterior que una catástrofe había arruinado esta creación y la vida de aquel que fue creado a la imagen de Dios. La muerte espiritual, la naturaleza de Satanás, entró al espíritu del hombre alejándolo de Dios (Gn 3). 

En esa condición de muerte espiritual, el hombre debe haber contemplado la creación maldita por Satanás y debe haber pensado que Dios, si es que existía, había estado inactivo y solamente como un espectador, frente a los acontecimientos terrenales. Las fuerzas de la naturaleza que son tan benignas para con el hombre, son al mismo tiempo destructivas en grado sumo e indiferentes hacia la vida humana. Parece que en cada uno de los elementos hay una bendición y una maldición. El sol, los vientos, el agua, y el fuego, son benéficos, pero también, con frecuencia traen sufrimiento y muerte. 

Pero durante el imperio de la muerte espiritual el Creador estuvo muy lejos de permanecer inactivo. No estuvo menos activo y previsor hacia el hombre que cuando preparaba el advenimiento de Adán a este mundo. A través de los siglos, en la historia de la humanidad, cada paso, cada trato de Dios con el hombre, se ha dirigido hacia una meta: hacia la nueva creación, la creación espiritual del hombre a quien habría de liberar por completo de la muerte espiritual y del dominio satánico. No menos previsión, no menos cuidado, no menos amor se prodigaron en los preparativos de la nueva creación que los que se habían prodigado en la antigua creación del hombre. Si la primera creación revela el amor del Creador por el hombre, ¡cuánto más la nueva! 

Si la primera creación nos da un vislumbre del lugar que Dios tiene para el hombre en Su plan, ¡cuánto más la nueva! El solo poder creador no hubiera producido esta nueva creación. No hubiera sido posible crearla en el paraíso. 
 
IV.  La Nueva Creación en Cristo 
 
En nuestra última lección estudiamos los pasos por los cuales fue realizada la nueva creación. Solamente el Hijo de Dios al tomar nuestro lugar en la muerte espiritual, al sufrir la pena que nos correspondía y al pagar por ella, pudo hacer que la nueva creación fuese una posibilidad. ¿Había estado inactivo el Dios de la Creación durante los siglos de dolor y de miseria humanos? No, Él, el Creador, había asumido las responsabilidades del pecado del hombre. El Hijo de Dios, Aquel que existía en términos de igualdad con Dios, no solamente se había conmovido ante el sufrimiento causado por la muerte espiritual, sino que Él mismo lo había asumido, llevando el castigo y sufriendo en lugar de la humanidad para que el hombre no tuviera que sufrir. 

La primera creación se verificó en un paraíso y salió fresca de las manos del Creador. La nueva creación en Cristo tuvo lugar en el infierno. El infierno había sido preparado para el diablo y sus huestes, y en este lugar pavoroso sufrió el Hijo de Dios hasta que las demandas de la justicia fueron satisfechas. Entonces fue vivificado y nosotros fuimos legalmente vivificados con Él: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Ef 2.5). 

Este fue el lugar donde la nueva creación se efectuó legalmente. Fue allí donde el hombre espiritualmente muerto, una vez que hubo sido justificado, fue conformado legalmente a la imagen del Hijo de Dios: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro 8.29). 

Y Cristo se levantó como el primogénito de muchos hermanos porque nosotros fuimos declarados justos: “El cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación” (Ro 4.25). Su alma no fue dejada en el Infierno: “Que no dejarás mi alma en el infierno” (Hch 2.27). “Viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción” (Hch 2.31). “Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte” (Hch 2.24). Cuando Dios vivificó a Cristo, fue liberado de las intensas agonías que había sufrido en Su condición de muerte espiritual. Este fue el origen de la nueva creación en Él. 

La primera creación había sido hecha a la imagen de Dios como la corona y el clímax de toda la creación. La nueva creación fue realizada en el infierno, conformada a la imagen del Hijo de Dios, un coheredero con Él. Tal es el precio que el Dios-Padre pagó por la nueva creación. No podemos estimar con palabras lo que la nueva creación significa para Él.
 
Hemos tratado el aspecto legal, de lo que Dios hizo por el hombre en Cristo. El hombre entra vital y realmente en la nueva creación al recibir a Cristo en lo personal como su Salvador y Señor (Ro 10.9-10). 2Co 5.17 afirma que el hombre es hecho una nueva creación en Él. Estudiemos ahora la actitud del Padre hacia la nueva creación en su aspecto actual. 

¿Es el Creador en la actualidad indiferente hacia la nueva creación en Cristo? ¡No! Porque Su interés está concentrado en la nueva creación. Cada sueño, cada plan para el hombre, sólo encuentra su realización en la nueva creación. 

Estudiemos ahora lo que Dios ha dicho acerca de la nueva creación. Él declara que la nueva creación ha sido hecha justa: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios...” (Ro 5.1 Straubinger). También afirma el autor de Romanos que Jesús, el propio Hijo de Dios, es la justificación del hombre que ha llegado a ser una nueva creación en Él. 

1 Corintios 1.30 afirma: “Mas de Él sois vosotros en Cristo Jesús” (esta es una descripción de la nueva creación engendrada por Dios en Cristo), el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación y redención. Sin embargo, estas declaraciones son insuficientes para describir la justicia del nuevo hombre que Él ha creado. No pudo haberlo explicado mejor que cuando afirma que la nueva creación ha venido a ser la misma justicia de Dios en Él: “Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El” (2Co 5.21). 

La nueva creación está tan libre del imperio de Satanás como lo está Cristo. El nuevo hombre ha sido libertado por completo de la autoridad satánica: “Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col 1.13). 

Por lo que a la nueva creación se refiere, Satanás no existe: “Para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo” (He 2.14). Satanás es el padre y el amo del hombre natural y el gobernador de los dominios de la muerte, pero para la nueva creación, es como si no existiera, legalmente hablando. 

Romanos 6.1-13 demuestra que la nueva creación es tan libre del imperio de la muerte espiritual como Cristo lo es. El primer hombre era un súbdito de Dios, pero el nuevo hombre es un coheredero con Jesucristo: “El espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro 8.16-17). 

El Dios-Padre contempla a la nueva creación como contempla a Cristo. El nuevo hombre no pertenece al mundo y no tiene más parte en sus relaciones con Satanás que la que tuvo Cristo: “Ellos no son del mundo como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17.16). 

El Dios-Padre ama al nuevo hombre como ama a Cristo. Juan 17.23 dice: “Y que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado como también a mí me has amado”. 

El Padre escucha las peticiones de la nueva creación de la misma manera que escuchó a Cristo, porque la nueva creación ora en el Nombre de Jesús: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará” (Jn 16.23-24). ¡Cuán ilimitada en poder y autoridad es la vida de todo el que ha sido hecho una nueva creación en Él! 
 
PREGUNTAS 
 
1. Explique la siguiente frase en Romanos 8.29Para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”. 

2. ¿Qué tiene que admitir el que niega la existencia de un Creador con respecto a la creación del hombre?
 
3. Diga por qué la Creación del hombre señala a un Creador inteligente. 

4. ¿Cómo demuestra la creación el cuidado de Dios por el hombre? 

5. ¿Qué precio pagó Dios por la nueva creación? 

6. ¿Por qué fue necesario hacer una nueva creación? 

7. Diga cuán ilimitada en poder y autoridad es la vida del hombre que ha sido hecho una nueva creación en Él. 

8. ¿Qué tan justo es este nuevo hombre en Cristo? 

9. ¿Cuál es la actitud del Padre hacia él? 
 
 
 
 
 
 

sábado, 9 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 21


Lección 21 
NUESTRA IDENTIFICACIÓN CON CRISTO  

En nuestra última lección estudiamos los pasos por los cuales fue efectuada nuestra redención en Cristo, desde la hora de Su Crucifixión hasta el momento en que resucitó. 

Cuando Cristo ascendió al cielo con Su propia sangre había obtenido ya la redención eterna para nosotros sobre la base de Su muerte sustitutiva y de Su resurrección a favor nuestro: “Mas por Su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención” (He 9.12). “Mas Cristo habiendo ofrecido a perpetuidad un sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios; aguardando lo que resta, hasta que Sus enemigos sean puestos por escabel de Sus pies. Porque con una sola ofrenda ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados” (He 10.12-14 Versión Hispanoamericana). 

Cuando Cristo se sentó a la diestra del Padre, el hombre ya había sido redimido perfectamente porque fue identificado legalmente con Cristo en Su obra redentora. 

Vimos en nuestra última lección que la muerte espiritual del hombre se debió a que había sido identificado legalmente con Adán en la caída. Ahora estudiaremos los pasos de la identificación del hombre con Cristo por los cuales quedó legalmente redimido de la muerte espiritual. Los pasos son seis: 

 

1. YO FUI CRUCIFICADO CON CRISTO 

Con Cristo he sido crucificado” dice Gálatas 2.20 (Versión Hispanoamericana. La versión de Valera y otras versiones tradujeron erróneamente este versículo como: “Con Cristo estoy juntamente crucificado”). 

Romanos 6:6 dice: “Sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo para que el cuerpo del pecado sea desecho, a fin de que no sirvamos más al pecado” (V. H.). 

Romanos 4.25 nos dice: “El cual fue entregado por nuestras ofensas (o transgresiones), y resucitado para nuestra justificación” (V. H.). Él fue entregado a causa de nuestras transgresiones. En la cruz, Dios le hizo pecado por nosotros. El cargó con nuestra muerte espiritual y nuestras transgresiones. Se identificó con nosotros en la cruz. Fue nuestro substituto. 

 

2. YO MORÍ CON CRISTO 

Romanos 6.5 dice (V. H.): “Porque si hemos sido unidos con El en una muerte como la suya”. Y Romanos 6.8: “Mas si hemos muerto con Cristo” (V.H.). Al morir Él, morimos con Él. Cristo no hubiera muerto físicamente si antes no se hubiera puesto sobre Su Espíritu nuestra muerte espiritual. Por lo tanto, como consecuencia de nuestra identificación con Él en la crucifixión tuvo que sufrir la muerte de Su cuerpo que ya entonces se había hecho mortal, “sujeto a muerte” como aconteció con Adán cuando murió espiritualmente. Nosotros morimos con Él. Cuando Su espíritu dejó Su cuerpo físico y fue al infierno, nosotros estuvimos ahí identificados con Él. 

Puede haber objeciones con respecto al significado de las palabras de Cristo dichas al ladrón arrepentido en el momento de la crucifixión. Alguien podría preguntar: “¿Qué quiso decir el Maestro cuando dijo al ladrón en la cruz: De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso?” 

El no dijo: “Yo estaré contigo en el Paraíso hoy”. Lo que dijo en realidad fue: “De cierto, de cierto te digo hoy, te encontraré en el Paraíso”. Jesús no podía ir al Paraíso hasta no haber pagado la pena de las transgresiones del Antiguo Pacto que estaban cubiertas por la sangre. 

 

3. YO FUI SEPULTADO CON CRISTO 

Romanos 6.4 dice: “Fuimos, pues, por el bautismo sepultados juntamente con Él en muerte”; y Colosenses 2.12 afirma: “Fuisteis sepultados con Él en el Bautismo” (V. H.) El bautismo tipifica nuestra sepultura con Cristo; Su cuerpo permaneció en la tumba, pero Su espíritu sufrió en el infierno cuando pagó la pena que le correspondía pagar al hombre. Y Cristo pudo adecuadamente pagar esa pena y satisfacer las demandas de la Justicia, porque se había identificado con el hombre. La pena que Él pagó no fue la suya, sino la del hombre con el cual se había hecho uno. En la mente de Dios éramos tú y yo los que estábamos en aquel lugar de tormento soportando el juicio que nos correspondía. Sobre la base de esta identificación todo aquel que recibe la obra redentora de Cristo no necesita ir al infierno, porque queda libre; entre tanto, todo aquel que rechaza la redención de Cristo, debe ir allí. 

Al quedar pagada la pena por el pecado de alta traición, el hombre fue libertado de la esclavitud de Satanás. 

En Romanos 6.1-11, donde se nos habla de nuestra identificación con Cristo en su crucifixión, en su muerte y en su sepultura, se revelan los siguientes hechos: el cuerpo del pecado, o el cuerpo de la muerte espiritual, fue destruido (Ro 6.6); el hombre fue libertado de la muerte espiritual (Ro 6.7) porque murió en Cristo y pagó adecuadamente la pena que merecía; cuando la pena fue pagada, el hombre quedó justificado o declarado justo delante de Dios. Nos alegra saber el significado de la palabra “justicia”. 

Sócrates, llamado el padre de la filosofía, pensaba que antes de poder hablar inteligentemente sobre cualquier asunto debería uno definir los términos que va a usar. La palabra “justicia” significa “la capacidad del hombre para estar en la presencia de Dios tan libre de pecado y de condenación como si nunca hubiera existido en su espíritu la muerte espiritual”. 

Cuando Dios pudo declarar al hombre justo y legalmente libre de la muerte espiritual, tuvo el derecho de impartir vida, Su propia naturaleza, al espíritu del hombre. De modo que, después de que Cristo fue declarado justo en Su espíritu porque nuestra pena había sido pagada, fue resucitado. La identificación del hombre con Cristo, que había sido completa en la cruz, continúa, y el siguiente paso es: 

 

4.  YO FUI RESUCITADO CON CRISTO 

Colosenses 2.13 dice: “Y a vosotros, los que estabais muertos por los delitos y por la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él”. Y Efesios 2.5 declara: “Cuando estábamos aún muertos en los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo” (Versión de Straubinger). Cuando Dios levantó a Cristo de entre los muertos, dijo: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (He 1.5; Hch 13.33). 

Él fue el primogénito de los muertos. Fue el primer hombre nacido de la muerte espiritual a la vida eterna. Fue el primer hombre sobre el cual fue quebrantado el dominio de la muerte. 

Romanos 6.9-10 nos dice: “La muerte ya no puede tener dominio sobre Él; porque la muerte que Él murió, la murió al pecado una vez para siempre” (Versión de Straubinger). Cuando se identificó con nosotros en la cruz, la muerte tenía dominio sobre Él, pero al pagar nuestra pena, ese dominio fue roto y Él quedó Liberado. 

Él murió al pecado y fue engendrado de Dios en el reino de la vida. Romanos 8.29 dice: “Porque Él, a los que preconoció, los predestinó a ser conformes a la imagen de Su Hijo; para que Éste sea el primogénito entre muchos hermanos” (Versión de Straubinger). Los “muchos hermanos” fueron legalmente identificados con Él en Su nacimiento de la muerte a la Vida, pero Él fue el primero que lo experimentó; fue el primogénito. Al tener vida legalmente con Cristo, fuimos conformados a Su imagen. 

La palabra “conformar” significa hacer algo exactamente semejante. Significa hacer algo de acuerdo con cierto modelo. Él, al ser hecho pecado, en la crucifixión, fue conformado a nuestra imagen, la imagen de la muerte espiritual. Cuando Él resucitó, nosotros resucitamos con Él. Con Él nosotros somos conformados a la imagen de este primogénito. Todo lo que Él es, lo somos nosotros. He aquí la razón por la cual somos coherederos con Él. Nosotros fuimos engendrados de la muerte a la vida con Él. 

En Romanos 6.11, Pablo nos dice que debemos tenernos por muertos para el pecado y vivos para Dios tanto como Cristo ha muerto al pecado y está vivo a Dios. La razón para ello estriba en que juntos fuimos engendrados de nuevo, y juntos recibimos vida legalmente. Todo aquel que recibe esta vida de Dios, es, en efecto, engendrado de muerte a vida, cuando personalmente acepta a Jesucristo como su Salvador. 

Nuestra identificación con Cristo en su muerte y en Su resurrección significa en realidad esto: es como si Adán hubiera ido al Infierno, sufrido el juicio que le correspondía y hubiera sido libertado; libertado de la esclavitud de la muerte espiritual, legalmente absuelto de su crimen de alta traición; y como si se le hubiera dado de nuevo el derecho de recibir la vida eterna y de andar en amistad y compañerismo con Dios. 

Si Adán hubiera podido hacer esto, el género humano que fue identificado con él en su muerte espiritual, jamás hubiera estado bajo el dominio de la muerte; pero Adán, no lo pudo hacer. Dios, en Su grande amor con que nos amó, envió a Su Hijo para realizarlo. En Adán toda la humanidad murió espiritualmente, y como base de la identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección, toda la humanidad ha resucitado legalmente: “Porque así como en Adán todos mueren; así también en Cristo todos serán vivificados” (1Co 15.22). 

El hombre o la mujer que ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor puede andar en compañerismo con el Padre tan libre del dominio de Satanás, como si Adán nunca hubiera pecado, o como sí nunca hubiera muerto espiritualmente. En el nuevo nacimiento, el hombre pasa de la autoridad de Satanás al Señorío de Cristo: “El nos ha arrebatado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de Su amor” (Col 1.13 Versión de Straubinger). 

Ello se debe a que cuando Cristo fue liberado de la muerte a la vida, el hombre fue realmente liberado con Él. Todo lo que Cristo hizo no lo hizo para Sí sino para el hombre. Después de que Cristo fue liberado de la autoridad de Satanás, el siguiente paso fue despojarse de las fuerzas satánicas. 

La Palabra de Dios nos dice en Efesios 1.20-23 que cuando Dios levantó a Cristo de entre los muertos lo ensalzó a lo sumo muy por encima de todo principado, y potestad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra no solamente en este siglo, sino en el venidero. 

 

5.  YO FUI LEVANTADO CON CRISTO 

Y juntamente nos resucitó” (Ef 2.6). Nuestra lucha aquí, es contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales. 

Efesios 6.12, dice: “Porque no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes de este mundo en tinieblas, contra los espíritus malos que tienen su morada en los aires” (Versión Española A.F.E.B.E.). Tales son los gobernantes a quienes Cristo desarmó y ostentó como trofeos de guerra en la misma sala del trono satánico: “Y despojando a los principados y potestades, los expuso a pública vergüenza, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col 2.15 Versión Española A.F.E.B.E.). 

Para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo” (He 2.14). Otra versión del griego dice: “El dejó sin poder al que tenía el dominio de la muerte, esto es, al diablo”. Nosotros estuvimos identificados con Cristo en esta victoria sobre Satanás. Fue sólo por causa de nuestra identificación con Él, que triunfó así sobre Satanás, porque Él siempre fue más poderoso que el diablo. 

Fue por razón de Su identificación con nosotros, que como hombre tuvo que enfrentarse a Satanás en sus propios dominios y conquistarlo. Él se presentó allí como nuestro Representante y Sustituto. Su victoria fue la nuestra. Cuando Él despojó a Satanás de su autoridad, fue como si nosotros mismos lo hubiéramos hecho. 

Después de la justificación de Jesús, Satanás ya no tenía dominio sobre Él. Nuestra identificación con Cristo nos hace tan libres como Jesús lo es. 

 

6.  YO FUI SENTADO CON CRISTO 

Después de que el Espíritu de Cristo fue liberado del infierno, entró a Su cuerpo, levantándolo a la inmortalidad: “Con previsión habló de la resurrección del Cristo, que ni fue abandonado en el infierno, ni Su carne vio la corrupción” (Hch 2.31 Versión A.F.E.B.E.). Antes de Su ascensión para sentarse a la diestra del Padre, apareció a Sus discípulos diciéndoles que le había sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt 28.18). Como hombre, poseía autoridad sobre los gobernadores del mundo de estas tinieblas espirituales. 

Con esa autoridad se sentó a la diestra del Padre. Lo hizo por nosotros y para nosotros. Hechos 2.34-35 dice: “Porque David no subió a los cielos; empero el dice: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. En Hebreos 1.13, tenemos un cántico de alabanza dirigido al Hijo en que el Padre dice: “Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. 

Hebreos 10.13 nos dice que Él está esperando a que Sus enemigos vengan a ser el estrado de Sus pies. Estudiemos esto en relación con Efesios 1.20-23: “Qué obró en Cristo resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a Su diestra en los cielos, por encima de todo principado y potestad y poder dominación, y sobre todo nombre que se nombre, no sólo en este siglo, sino también el venidero. Y todo lo sometió bajo Sus pies, y lo dio por Cabeza suprema de todo a la iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo” (Versión de Straubinger). 

Él puso legalmente todas las cosas bajo Sus pies (esto es, bajo Su cuerpo, la Iglesia) en Su resurrección, y está esperando hoy que Sus enemigos (enemigos del hombre: Satanás, el pecado, la enfermedad) sean vitalmente puestos bajo Sus pies. 

Nosotros estamos sentados con Él: “Y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2.6 Straubinger). Él está esperando que nosotros, en Su Nombre, tomemos vitalmente lo que ya es nuestro legalmente, y que en Su Nombre pongamos todos nuestros enemigos bajo nuestros pies a fin de que reinemos como reyes con Él. 

Lean y estudien con mucho cuidado Romanos 5.17. La identificación del hombre con Cristo ha destruido la obra de Satanás en la humanidad por la identificación del hombre con Adán. 

 

IDENTIFICADO 
(E. W. Kenyon) 
 
En la hora negra de la cruz 
con Cristo me identifiqué; 
cuando por todos Él murió; 
con Cristo me identifiqué. 
 
Cuando Su cuerpo traspasado 
hasta el sepulcro descendió, 
con Cristo me identifiqué; 
a los abismos del infierno 
donde Su espíritu bajó, 
con Cristo me identifiqué. 
 
En su resurrección, 
poder y gloria, 
con Cristo me identifiqué; 
hoy que a la diestra de Dios mora, 
también soy uno yo con Él. 

 

PREGUNTAS 

1. Mencione y discuta con amplitud los seis pasos de nuestra identificación con Cristo citando pasajes de las Escrituras para cada uno de ellos. 


miércoles, 6 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 20


Lección 20  
LA REDENCIÓN 

 I.  El Objeto de la Encarnación  

La encarnación tuvo como finalidad que al hombre se le pudiera otorgar el derecho de llegar a ser un hijo de Dios (Jn 1.12). El hombre solamente podría convertirse en hijo de Dios recibiendo la naturaleza Divina. Por lo tanto, Cristo vino para que el hombre pudiera recibir la vida eterna (Jn 10.10). El hombre recibiría la vida eterna sólo después de haber sido redimido legalmente de la autoridad de Satanás (Col 1.13-14). 

Por lo tanto, el siguiente paso en nuestro estudio, después de la encarnación, es la redención, que fue realmente el objeto de aquella. Ya hemos visto que las cualidades del Redentor del hombre requerían un Encarnado. Ahora estudiaremos cómo el Encarnado redimió legalmente al hombre de la autoridad de Satanás, e hizo posible para él recibir la naturaleza de Dios. 

La redención del hombre es legal. Gira en torno de le ley de la identificación. La identificación tiene dos aspectos. Incluye la identificación del hombre con Adán y también su identificación con Cristo. Todo el plan de la redención gira en torno de esta doble identificación del hombre con Adán y con Cristo. 

 

II.  La Revelación de Pablo  

Dios le dio a Pablo la revelación de la obra terminada de la redención y del ministerio actual de Cristo. Pablo habla de que le fue dada esta revelación, en los siguientes pasajes: 

En Romanos 16.23-26, la llama “mi evangelio” y afirma que es una revelación de Jesucristo, no de hombre, sino de Dios. 

En Gálatas 1.6-17, se nos dice dónde recibió Pablo su revelación. Fue una revelación que se guardó en secreto, pero ahora le fue manifestada. 

En Efesios 3:1-12, Pablo revela que su entendimiento del misterio de Cristo, el cual no había sido declarado a otras generaciones, se debió al hecho de que él lo recibió por revelación. 

Dentro de esta revelación concedida a Pablo, y como el fundamento básico de ella, estaba el descubrimiento de la identificación del hombre con Adán y con Cristo. Cuando un hijo de Dios comprende claramente esta doble identificación, puede estar seguro de que se han echado los cimientos para la renovación de su mente. Antes de estudiar el descubrimiento de esta identificación, estudiaremos por qué fue necesario el haber dado una revelación del rescate Divino después de que Cristo resucitó y ascendió al Padre. 

 

III.  Necesidad de la Revelación Paulina  

Vimos en la primera lección de este curso que existen dos clases de conocimiento. Una de ellas es el conocimiento del hombre natural. Esta se deriva de los cinco sentidos del cuerpo físico. La otra es la que el hombre recibe por el Espíritu Santo. A ésta se le llama conocimiento por revelación. La Palabra de Dios es dicha revelación. 

En la encarnación, la revelación de Cristo dada al hombre, le fue dada al nivel de los sentidos de su cuerpo físico. Juan dijo: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y nuestras manos han palpado, concerniente al Verbo de la Vida...” (1Jn 1.1-2 Versión Moderna). 

El hombre vio con sus ojos físicos a Cristo y las obras que Él hizo. El hombre contempló la vida del Hijo de Dios que se desarrolló delante de él. Escuchó con sus oídos las palabras que Él habló y también pudo tocarlo en sus manos. El conocimiento que el hombre poseyó de Cristo mientras Él vivió sobre la tierra, fue obtenido exclusivamente por sus sentidos físicos. Pero esta revelación física de Cristo no era suficiente para que el hombre creyese en Cristo como el Hijo de Dios o para que entendiese la redención que hay en Él. 

En Mateo 16.15-17, Pedro declaró que Cristo era el Hijo de Dios. Pero luego Cristo hizo una extraña afirmación: “No te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos”. Lo que Pedro había visto, lo que había oído, y lo que había palpado concerniente a la vida de Cristo, por medio de los cinco sentidos de su sistema nervioso (que estaban incrustados dentro de su carne), no le habían dado este conocimiento. Le había venido como una revelación especial del Padre; sin embargo, era sólo una revelación temporal, porque cuando Pedro vio con su sentido de la vista la muerte de Cristo y tal vez tocó Su cuerpo sin vida, toda esperanza huyó de su corazón. 

 

IV.  La Muerte y la Resurrección de Cristo tales y como las vieron los Discípulos  

Los discípulos se dieron cuenta del significado de la crucifixión de Cristo, de Su sepultura y de Su resurrección, sólo por medio de sus sentidos físicos. Contemplaron a Cristo cuando fue azotado; vieron los clavos metidos en Sus manos y en Sus pies. Escucharon Sus palabras: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?” Vieron y tocaron Su cuerpo al ser embalsamado para ponerlo en el sepulcro. 

Vieron también la piedra del sepulcro ya removida y la tumba vacía. Vieron, oyeron y tocaron el cuerpo resucitado de Cristo. Le vieron ascender al cielo. Este conocimiento físico, no obstante, no les dio la percepción del significado espiritual de la muerte, de la sepultura y de la resurrección de Cristo. En la crucifixión del Señor solamente vieron Su sufrimiento físico. Nada supieron del sufrimiento espiritual de Cristo cuando Su Espíritu fue hecho pecado. Nada supieron acerca de dónde se encontraba el espíritu de Cristo o qué estaba haciendo Él durante todo el tiempo que Su cuerpo físico permaneció en la tumba. Nada supieron de la conquista de Satanás por Cristo en Su resurrección. Nada supieron de la ascensión de Cristo con Su propia sangre al Lugar Santísimo. Nada supieron del ministerio de Cristo a la diestra del Padre después de que los dejó. 

 

V.  Se Necesitaba una Revelación  

Fue necesario que el Espíritu Santo revelara la redención completa que fue efectuada dentro del Espíritu de Cristo en Su muerte, en Su sepultura y en Su resurrección. 1 Corintios 2.6-16 habla de esta revelación; esta sabiduría, como es llamada. Versículos 9-10: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó... empero Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu”. 

Esta revelación tan necesaria no podía ser dada sino hasta después de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino a guiarlos a toda verdad. Ahora que hemos visto la necesidad de que nos fuese revelada la redención, estudiaremos la identificación, o sea el corazón mismo del descubrimiento de la redención. 

 

VI.  La Identificación con Adán  

Romanos 5.12-21 nos da una descripción clara de la identificación. 

Génesis 3 nos relata el pecado de alta traición de Adán, pero durante 4,000 años la revelación guardó silencio sobre este asunto. Mas ahora Pablo nos declara que la raza humana estaba identificada con Adán en su transgresión. 

Romanos 5.12 dice: “Como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres” (Versión Hispanoamericana). La muerte que entró en Adán pasó a todos los hombres. Notamos aquí que no es solamente la muerte física, sino también la muerte espiritual, la naturaleza de Satanás. 

Romanos 5.14-17 afirma que esta muerte reinó siempre, aun sobre aquellos que no habían cometido pecado de alta traición, porque por el uno (Adán), o por medio de la identificación con él, los muchos habían muerto. Romanos 5.18 dice que por medio de la identificación con Adán, el juicio vino sobre todos los hombres. El juicio de Adán se convirtió en el juicio de cada hombre. En Romanos 5.19 se nos explica que por medio de Adán, o a causa de la identificación con él, todos los hombres fueron hechos pecadores. Romanos 5.21 dice que “El pecado reinó para muerte”. 

De este modo, Pablo revela que al través de los siglos y hasta el tiempo presente, el pecado ha reinado en el imperio de la muerte donde Satanás es Señor, por el hecho de que la raza humana quedó identificada con el primer hombre, Adán. 

Hay dos aspectos de la redención; el aspecto legal y el vital o físico. El legal es lo que Dios hizo por nosotros en Cristo; el vital es lo que Dios hace en nosotros en Cristo. También en la caída del hombre hay un aspecto legal y otro vital. El legal es lo que Satanás nos hizo en Adán, y el vital es lo que Satanás hace en nosotros cuando por naturaleza somos hijos de ira. 

Vital o físicamente, no estábamos en el jardín, con Adán; pero legalmente, su muerte, su esclavitud, su juicio y todo lo que la muerte espiritual le ocasionó, llegó a ser nuestro también. Ahora Dios ha redimido al hombre completamente de todos los resultados de la traición de Adán por medio de la identificación de la raza humana con Su Hijo. Este es el mensaje revelado en Romanos 5.12-21. Si el Señorío de Satanás sobre los humanos se debió a la identificación de la humanidad con Adán en su crimen de alta traición, es legalmente posible destruir las obras de Satanás por la identificación de la raza humana con el Hijo de Dios, el segundo Adán. 

 

VII.  La Identificación de Cristo con la Humanidad del Hombre  

Estudiaremos ahora los pasos por los cuales el Hijo de Dios y la humanidad se identificaron en el aspecto legal de la redención del hombre. El primer paso fue la identificación de Cristo con nuestra humanidad. Esto se verificó en Su encarnación (Jn 1.14; He 2.14): “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, El también participó de lo mismo”. 

Como vimos ya en nuestra última lección, Él anduvo como el primer hombre debió haber andado, haciendo la voluntad del Dios-Padre. Esto, sin embargo, no era una completa identificación con el hombre. No se había identificado con la naturaleza del hombre. Si Cristo hubiera participado en Su encarnación de la naturaleza que predominaba en el espíritu del hombre, hubiera estado espiritualmente muerto durante Su ministerio terrenal. No hubiera podido agradar al Padre haciendo Su voluntad ni tampoco revelarlo al hombre. Por lo tanto, Su identificación con la naturaleza espiritual del hombre se verificó durante Su crucifixión, cuando llegó el tiempo para Él de cumplir el propósito para el cual había venido al mundo. 

Isaías 53.4-6 nos describe la identificación de Cristo con nuestra naturaleza de muerte espiritual. La traducción directa del hebreo dice como sigue: “Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades, El castigo de nuestro bienestar fue sobre Él, y con sus llagas fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas y el Señor cargó en Él la iniquidad de todos nosotros”. 

 

VIII.  La Identificación de Cristo con la Naturaleza Pecaminosa del Hombre  

La revelación que Pablo recibió y que nos narra en 2 Corintios 5.21, afirma que Dios realmente lo hizo pecado por nosotros. Él no solamente llevó nuestros pecados, sino que la misma naturaleza pecaminosa fue puesta sobre Él hasta que llegó a ser todo lo que la muerte espiritual había hecho del hombre. 

En la mente de Dios, no es Cristo quien está clavado en la Cruz, sino la raza humana. Así cada uno de nosotros puede decir con Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado...” (Gá 2.20). En el jardín no estábamos con Adán vitalmente, pero lo estábamos legalmente. Del mismo modo, vitalmente no estábamos con Cristo en la Cruz, pero allí estábamos legalmente. La identificación de la raza humana con Cristo fue tan completa como lo fue la identificación con Adán. Ahora que la identificación de Cristo con la humanidad era completa, comenzaron los pasos de la redención. El primer paso fue pagar la pena que el hombre debía sufrir. El juicio pronunciado sobre el hombre, cayó sobre Él y fue olvidado de Dios. Isaías 53.8 dice: “Fue arrebatado por un juicio injusto, sin que nadie pensara en su generación. Fue cortado de la tierra de los vivientes. Y herido por el crimen de mi Pueblo” (Versión de Straubinger). El juicio, el golpe, eran para el hombre, pero Cristo tuvo que recibirlos porque Él y el hombre habían llegado a ser uno. 

Él murió bajo el peso de nuestro juicio y nosotros morimos con Él. Y al pagar Él nuestra pena en el infierno, nosotros estuvimos identificados con Él. El Salmo 88 nos retrata a un hombre justo en el infierno sobre el cual se descarga la ira de Dios con toda severidad. Esta cae con severidad sobre Él porque Él se hizo uno con nosotros por medio de la identificación. 

Hechos 2.24-28 nos manifiesta el sufrimiento de Cristo en el infierno. Nos dice que Su alma no fue dejada en el infierno (v. 27), sino que Dios le levantó, habiendo soltado los dolores de la muerte. La palabra griega “dolores” significa “sufrimiento intenso”, señalando que cuando Cristo fue levantado, Su espíritu fue soltado del sufrimiento intenso que soportó como nuestro sustituto del pecado. Cristo sufrió hasta que Dios pudo justificar a la humanidad. 

1 Timoteo 3.6 revela que Cristo fue justificado en Espíritu. Él, en la identificación, llegó a ser tan absolutamente uno con nosotros, que necesitó también ser justificado cuando la pena del hombre quedó pagada. (Rotherham dice que Cristo fue declarado justo en espíritu). 

El siguiente paso en la redención consistió en que aquel que había sido hecho pecado, fuese engendrado de Dios. Hebreos 1.5, al hablar de la resurrección de Cristo, dice que el Dios-Padre le dijo: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”. Hechos 13.33 dice: “La cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús como también en el Salmo segundo está escrito: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy”. 

Jesucristo, una vez que fue pagada la pena del hombre, tuvo que nacer de Dios y pasar de muerte a vida exactamente como el hombre, porque se había identificado con nuestra muerte espiritual. Después de que Cristo fue justificado en espíritu y nacido de Dios, conquistó a Satanás como hombre. Es evidente que Satanás trató de retener a Cristo dentro de su autoridad. Y lo retuvo hasta que Dios pudo declarar justo al hombre. 

Romanos 4.25 (Versión de Rotherham) declara: “Quien fue entregado por nuestras ofensas y resucitado para declararnos justos”. Cuando fuimos declarados justos, la Palabra de Dios revela que Él fue hecho justo (1 Timoteo 316). Entonces fue engendrado de Dios, y en el poder de Su Deidad se encaró a Satanás y triunfó sobre él como hombre. 

Colosenses 2.15 dice: “Y despojando a los principados y a las potestades, los sacó a la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo”. Los exhibió como Sus conquistas. Cristo fue el primer hombre que se libertó de las garras de Satanás y triunfó sobre él. Cuando Él resucitó como hombre, las fuerzas de Satanás fueron colocadas bajo Sus pies (Ef 1.20-23). 

 

PREGUNTAS  

1. ¿Cuál fue el objeto de la encarnación? 

2. Cite tres pasajes de las Escrituras que hablen de la revelación dada a Pablo. 

3. ¿Por qué fue necesario que se diera una revelación? 

4. ¿Qué lugar tiene la Identificación en la redención? 

5. ¿Qué le pasó al hombre a causa de su identificación con Adán? 

6. Cite cinco pasajes de las Escrituras que hablen de la identificación del hombre con Adán. 

7. ¿Por qué Cristo se identificó solamente con la humanidad del hombre en la encarnación? 

8. ¿Cuándo se identificó Cristo con nuestra naturaleza espiritual? 

9. ¿Por qué fue necesario para Cristo ser vivificado en el espíritu? 

10. ¿Cuándo fue Satanás conquistado por Cristo en su calidad de hombre? 


viernes, 1 de octubre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 19


Lección 19
LA VIDA DEL ENCARNADO

I. La Plenitud del Tiempo

En nuestra lección última estudiamos la necesidad que el hombre tenía de una encarnación y las promesas que el Dios-Padre hizo concernientes a la venida del Encarnado. Gálatas 4.4 afirma que cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a Su Hijo en la encarnación. Cuando Cristo nació hace 2,000 años, era el tiempo preciso para Su venida.

La civilización griega nos hizo un gran servicio preparando el camino para el cristianismo y dando al mundo un lenguaje universal, el más hermoso, el más flexible y el más expresivo que haya conocido la humanidad.

Cuando Cristo apareció, el poder político del mundo estaba en las manos de Roma. Ella había conquistado y unido bajo un solo gobierno, a toda esa parte del mundo que limitaba el Mediterráneo. Nunca la paz había predominado como entonces; nunca la vida y la propiedad estuvieron tan seguras; nunca el viajar había sido tan fácil. Los romanos fueron grandes constructores de caminos. En su esfuerzo por conquistar el mundo y por civilizarlo, construyeron muchos caminos para sus ejércitos. Se habían establecido líneas de navíos con el oriente, y tanto los caminos como los navíos se convirtieron en los medios de llevar el Evangelio al mundo.


II. El Anhelo Universal de una Encarnación

Vemos en ello que Dios en Su providencia había arreglado las condiciones necesarias para que las Buenas Nuevas de la redención pudieran ser proclamadas con rapidez en todo el mundo. Por otra parte, el mundo romano presentaba, al nacer Cristo, el cuadro más deplorable de degeneración moral de toda la historia humana.

En el mundo entero no había nada que pudiera dar esperanza o consuelo a la humanidad en tinieblas. En medio de esta condición de desaliento y fracaso, había un anhelo de liberación. La esperanza de un Redentor flotaba en el ambiente. La profecía hebrea que había guardado silencio durante cuatro siglos, había despertado en el judío cierta expectación mesiánica. Aun la mente pagana deseaba ardientemente un libertador.

Los magos del oriente que siguieron la estrella representaban el anhelo universal de un Redentor. Los ojos del mundo, en su expectación, se volvían hacia Palestina. En la plenitud de los tiempos Jesús, el Cristo, nacería en Belén de Judea trayendo la respuesta al anhelo milenario del hombre universal sometido largo tiempo al dominio de la muerte espiritual.

Solamente Dios conocía la apremiante necesidad en el hombre, y solamente Él podía satisfacer esa demanda. Tal demanda era la encarnación. El hombre de todos los siglos había deseado con ansiedad e instintivamente, una encarnación. Hay tres cosas que el hombre natural ha deseado: tener compañerismo con Dios; poseer la vida Divina (eterna) y tener la fortaleza de Dios. El hombre primitivo ansiaba vivamente una Encarnación. Cada una de las religiones de la antigüedad trataba de responder a ese anhelo.

El Dr. Trumbulí, en su libro “El pacto de Sangre”, nos dice lo siguiente acerca del hombre primitivo y sus anhelos de una encarnación: “Tras la idea de una inspiración lograda mediante la mutua intercirculación de sangres que representa a Dios, ha habido en la mente del hombre primitivo la idea de una posible inter-comunión con Dios mediante un pacto mutuo con Él por medio de la sangre. Dios es vida. Toda vida provine de Dios y le pertenece a Él. La sangre es la vida. Por consiguiente, la sangre como vida, puede ser un medio de unión interna del hombre con Dios”.

Así como en el más íntimo y sagrado de los pactos entre hombre y hombre, es una posibilidad la absoluta fusión de dos naturalezas humanas en una, por medio de un fluir mutuo de sangre común, así también el más íntimo y sagrado de los pactos entre el hombre y Dios y la unión recíproca de la naturaleza humana con la Divina, han sido considerados como una posibilidad por medio del ofrecimiento y la aceptación de una vida común, tal y como ocurre en un fluir mutuo de sangres”. “El hombre ha considerado, ya sea su propia sangre o la de un Sustituto, un medio de inter-unión con Dios o con los dioses. Ha estimado que la efusión de sangre hacia Dios es un acto de gratitud o de afecto, una prueba de confianza amorosa, un medio de unión recíproca con Él. Este parece haber sido el concepto primitivo universal de la humanidad. Y una prueba de la confianza del hombre en realizar su unión recíproca con Dios o con los dioses, por medio de la sangre, ha sido la práctica también universal de la inter-comunión del hombre con Dios, o con los dioses, demostrada en el comer del cuerpo de la víctima sacrificada, cuya sangre es el medio de inter-unión divino-humana”. Todos los pueblos primitivos han bebido la sangre de las víctimas sacrificadas, buscando, de ese modo, la unidad con Dios. Los dioses de los griegos y de los romanos eran considerados como encarnaciones. Se les atribuía inmortalidad, y les reputaban como seres humanos superiores. Muchas veces los reyes de las antiguas civilizaciones fueron considerados descendientes de los dioses y adorados como encarnaciones.

Hoy, todavía el hombre anhela con vehemencia una encarnación. La educación no ha eliminado este anhelo del espíritu del hombre. Todas las religiones modernas tratan de responder a este anhelo. Aquellos que hoy pretenden ser encarnaciones, son seguidos por muchos. No sólo los ignorantes buscan una encarnación, sino también la gente educada. Mucha de la gente intelectual y más educada, se ha convertido en seguidora de las sectas modernas que enseñan que el hombre es Divino y que Dios, espontáneamente habita en el hombre y está esperando que el hombre se de cuenta de ello.

Vemos, pues, que el hombre, desde el momento en que murió espiritualmente, ha sentido hambre de unirse con la Deidad, ha sentido el vehemente anhelo de encontrar un hombre-Dios.


III. Dios Manifestado en Carne

¡Cuán desesperadamente necesitaba el hombre la Divina Encarnación! ¡Cuán largos y penosos fueron los años de separación entre el hombre y Dios! El hombre, nacido en un mundo gobernado por Satanás, no conocía a su Creador. Los filósofos, en vano se esforzaron por conocer Su naturaleza; sólo la encarnación de Jesucristo dio al mundo el conocimiento verdadero de la naturaleza de Dios.

Desde el momento en que el hombre murió espiritualmente, Dios y el hombre quedaron distanciados. El hombre, muerto espiritualmente, estaba incapacitado para conocer la naturaleza de Su Creador, sin una revelación de Él. El hombre había rechazado la revelación Divina y en su ceguera mental, ¡cuán falsos habían sido sus conceptos acerca de Dios! El concepto que una nación tenga de Dios determina el tipo de su adoración y de su vida como nación.

Cuando contemplamos la ignorancia y la miseria indecible de las naciones paganas, entendemos que ello se debe al concepto sombrío que se tiene de Dios. Dios ha sido concebido en la mente del hombre como un ser fantasmagórico. Como un Dios cruel, grotesco, inmoral; como algo lejano, como energía impersonal; pero nunca como un Dios de amor, como el Dios-Padre.

Aun Israel, que poseía una revelación Divina tan clara como Dios pudo dársela al hombre espiritualmente muerto, no tenía el verdadero concepto de Él cuando Cristo vino al mundo.


IV. La Necesidad de Israel

El fruto de la concepción que Israel tenía de Dios fue el fariseo: hombre orgulloso, cruel, carente de bondad, arrogante y egoísta. Israel tenía un concepto tan falso de Dios, que no fue capaz de reconocerlo cuando Él vivió en medio dc ellos: “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros. (Y vimos Su gloria, gloria como del Unigénito del Padre)” (Jn 1.14).

Ha sido nuestra tendencia al pensar en la venida de Cristo a la tierra, como hombre, detenernos a considerar Su propia negación y Sus sufrimientos. Sin embargo, al conocerlo mejor, creemos que fue motivo de verdadera alegría para Él (que amaba tanto al hombre y que deseaba tanto Su compañerismo), venir a la tierra para morar entre nosotros y darnos un verdadero concepto de Él. Esto a pesar de encontrarnos alejados y extrañados del creador.

¡Cuán claramente Cristo comprendió esta fase de Su misión! Juan dijo de Él: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn 1.18). ¡Qué diferente fue Su vida de la vida de los grandes filósofos y maestros religiosos que le precedieron! Todos ellos se presentaron como buscadores de la verdad, pero Él vino como la revelación de la verdad (Jn 14.6). Cristo reveló al Creador como un Dios de amor, como el Dios Santo a quien el hombre podía aproximarse. Juan el Bautista, que fue tan severo con los demás, ante la presencia de este Hombre se postra y dice: “Yo necesito ser bautizado de ti” (Mt 3.14). Este hombre, el mejor de todos los profetas, sintió su profunda necesidad ante la presencia del Encarnado; también los más pecadores de entre los hombres se sintieron atraídos a Él. Los publicanos y pecadores fueron cautivados por Él, les placía sentarse y comer con Él (Mt 9.10; Mr 2.15; Lc 5.30; 15.1). Todos ellos jamás tuvieron miedo de Su santidad; fueron atraídos por Su amor.

Los niños se sentaron sobre Sus rodillas (Mr 10.13). Este Encarnado mostró siempre un gran interés por los niños. Cristo fue el primero que apreció a la niñez. Los niños nunca habían tenido importancia en ninguna nación pagana. Hasta que el niño se convertía en hombre y era de valor militar para el estado, su vida valía algo. Nunca había existido un amor puro y ardiente por los niños. Solamente Cristo logró la elevación de la niñez. El aprecio que hoy tenemos por los niños se debe a que el “Verbo” se hizo carne y habitó entre nosotros.

De la misma manera se consiguió la elevación de la mujer. Los privilegios, la libertad y las bendiciones que la mujer disfruta, se deben a la vida de Cristo y a Sus enseñanzas.


V. Un Dios de Amor

He aquí Uno que demostraba por medio de Su Vida y de Sus Palabras cómo era el corazón del que sostiene el Universo. La creación por sí misma sólo puede manifestarnos que hay un Dios omnipotente; pero no puede revelarnos Su naturaleza. Nosotros no pedimos conocer la omnipotencia de nuestro Creador; eso nos asustaría. No deseamos conocer Su omnisciencia; no la entenderíamos. No pretendemos conocer su omnipresencia; porque nuestra imaginación no la comprendería.

Lo que deseamos conocer es la naturaleza de muestro Creador Su actitud hacia nosotros; si es o no indiferente hacia los humanos o si está interesado en nosotros. Ahora sabemos cómo es Dios; conocemos ahora cual es Su actitud hacia nosotros porque habitó entre nosotros como hombre. Dios es como Cristo. El corazón del Creador es como el corazón que fue quebrantado en la Cruz. Cierto profesor de la Universidad de Yale dijo: “La cuestión que me preocupa no es la divinidad de Jesús, sino si Dios es como Cristo”. ¿No es asombroso que un hombre haya vivido entre nosotros, de tal manera que al pensar en Dios pensemos en Él en términos de este hombre? Podemos transferir cualquier cualidad moral de Jesús a Dios, y ello no disminuye en nada nuestro concepto de Dios. Al contrario, el más alto concepto que podamos tener de Él, es que Dios es como Cristo. Si pensamos en Dios en términos distintos a los de Cristo, rebajamos nuestro concepto de Él.

La vida de Cristo ha esculpido sobre las páginas de la historia de la humanidad, las palabras “Dios es amor” y nadie puede borrar esta frase tan maravillosa. El anhelo profundo del hombre por una encarnación ha sido satisfecho en Jesús. Dios fue manifestado en la carne. Dios vivió como un hombre entre nosotros y nosotros conocemos Su naturaleza. Todo lo que anhelamos que Él sea, lo encontramos en Cristo. Cristo no solamente nos lo reveló como un Dios de Amor, sino también como un Padre. Ninguna otra religión ha tenido jamás un Dios-Padre.

¡Cuánta conmoción hubo entre los judíos cuando Cristo llamó Padre a Dios! Ellos trataron de matarlo porque Él llamaba a Dios Su Padre (Jn 5.18). Los siguientes pasajes de Juan 6.46; 7.29; 8.19; 10.15 y 14.20, demuestran que el concepto de Dios, como Padre fue la idea central del mensaje de Cristo.

Echemos una mirada a la vida de este Encarnado. Fue un hombre en todo el sentido de la palabra; sin embargo, ¿en qué difiere de los demás hombres? La diferencia entre Su vida y la vida de los que le rodeaban no estriba en el hecho de que fuese menos humano que ellos. Estriba más bien en que Él no pertenecía al imperio de la muerte espiritual: “Pues como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también ha dado al Hijo que tenga vida en Sí mismo” (Jn 5.26 Versión Moderna). Cristo fue el primer hombre desde que ocurrió la traición de Adán, que pudo hacer una declaración semejante. Declaró que poseía la vida de Dios.

Satanás no tenía dominio sobre Cristo porque Cristo no estaba espiritualmente muerto. Él caminó en perfecta unidad con el Dios-Padre. Vivió dentro de la esfera de Su omnipotencia. La enfermedad no tuvo dominio sobre el cuerpo de Cristo, porque la enfermedad es el resultado de la muerte espiritual.

Por la misma razón, el cuerpo de Cristo no fue mortal. La palabra “mortal” significa “condenado a muerte”. El cuerpo del hombre fue condenado a muerte cuando murió espiritualmente. La muerte espiritual nunca entró en el espíritu de Cristo. Por lo tanto, cuando Él anduvo sobre la tierra, Su cuerpo no estuvo sujeto a la muerte. El cuerpo de este Encarnado no era mortal ni inmortal. Poseía un cuerpo humano perfecto y eterno, de la misma categoría que el cuerpo que poseía Adán antes de morir espiritualmente. Hubiera sido imposible para los hombres quitar la vida a Cristo antes de que Su hora hubiera llegado.

En la cruz, Cristo murió físicamente, porque primero había muerto espiritualmente. Cuando fue hecho pecado por nosotros (2Co 5.21), en Su espíritu se operó cambio. La muerte espiritual fue puesta sobre Él, y Su cuerpo se hizo mortal como aconteció con Adán cuando murió espiritualmente. La palabra hebrea para muerte en Isaías 53.9 está en plural, demostrando que la muerte de Cristo en la cruz fue una muerte doble. Primero espiritual y luego física, como el sustituto del hombre.

En la vida de Jesús, el Hijo del hombre, podemos contemplar la vida que el Dios Padre había proyectado para el hombre. ¡Cuán libre, rica y abundante fue la vida de este Encarnado! Como hombre, anduvo en la tierra libre del dominio de Satanás. Y porque Él era una Encarnación, poseía la capacidad de vivir con los hombres, y como hombre, revelarles a su Creador y también libertarlos de la esclavitud de Satanás.


PREGUNTAS

1. Explique Gálatas 4.4.

2. ¿De qué manera revela la historia que los hombres de la antigüedad anhelaban una encarnación?

3. ¿Busca el hombre actual todavía una encarnación?

4. ¿Por qué los hombres no tenían un verdadero concepto de Dios?

5. Explique Juan 1.18.

6. ¿Qué efectos tuvo la vida de Cristo sobre la niñez y la condición de la mujer en el mundo?

7. ¿Cómo sabemos que Dios es amor?

8. ¿En qué forma reveló Cristo a Dios como un Padre?

9. ¿Por qué la enfermedad y la muerte no tuvieron ningún poder sobre el cuerpo de Jesús?

10. ¿Por qué fue Cristo un hombre libre del dominio de Satanás?