sábado, 18 de septiembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 13


Lección 13
LA LEY Y EL TABERNÁCULO
(Continuación)

I. La Puerta (Éxodo 27.16-19)

Al comenzar con la Puerta, comenzamos donde Dios terminó las instrucciones que le dio a Moisés para la construcción del Tabernáculo. Él comienza con el Arca y su Propiciatorio, y de aquí parte hasta que llega a la Fuente de Metal, el Altar de Bronce y finalmente la Puerta. Comenzamos, pues, donde Dios termina, y esto es muy sugestivo.

La redención es completa, y con la obra completa comenzamos. Al contemplar la pared del atrio nos damos cuenta que la cosa más prominente es la Puerta. Esta tipifica a Cristo como la única Puerta o camino a Dios. El hombre espiritualmente muerto está afuera, y Cristo vino para ser la senda divina para que el hombre regresara a Dios. “Yo soy el Camino”, dijo Jesús.

Recordamos que en el Jardín del Edén Dios arrojó al hombre de Su presencia. Ahora, Él mismo provee un camino para que el hombre pueda regresar Él. Había solamente una puerta en el atrio. Si fuéramos a mirar al lado sur, al norte o al poniente, veríamos solamente una larga extensión de lino blanco inviolado. Era sólo lino, pero el forzar una entrada sería apresurarse a una destrucción segura. El lino estaba allí para marcar los límites sagrados. Todo el que quisiera acercarse a Dios tenía que hacerlo de la manera indicada.

Al llegar al lado oriental y ver la puerta, contemplamos el azul, el púrpura, el escarlata y el lino fino torcido; todo ello simbólico, como lo hemos visto, de Cristo que es la Puerta (Jn 14.6; 10.7-9). Cualquiera de los hombres de Israel podía entrar por la puerta y traer su sacrificio al altar, pero solamente un sacerdote podía penetrar por la puerta hasta el Tabernáculo.


II. Los Muebles del Tabernáculo

Como lo hemos mencionado ya, al dar las instrucciones a Moisés, Dios comenzó con el Arca y siguió hasta el Altar de Bronce. Esto es simbólico de la senda recorrida por Cristo. El hombre no podía aproximarse a Dios. Dios tenía que venir al hombre. Cristo vino de la Gloria a la tierra; a la cruz, donde encontró al hombre espiritualmente muerto, y finalmente volvió de nuevo al Padre. Así, desde el Arca, que estaba en el Lugar Santísimo, hasta el Altar de Bronce colocado cerca de la puerta, contemplamos el sendero que Cristo recorrió desde la Gloria hasta la cruz, donde se identificó con el hombre espiritualmente muerto y luego regresó de nuevo al Padre. Esto muestra la completa redención realizada por Cristo a favor del hombre.


III. El Altar de Bronce (Éxodo 27.1-8)

Observemos el Altar de Bronce. Estaba colocado cerca de la puerta. Era el lugar donde Dios encontraba al hombre espiritualmente muerto. Estaba hecho de bronce y de madera de acacia, una madera incorruptible. Ello habla del Señor Jesucristo, Aquel que no tuvo pecado. Esa madera estaba cubierta de bronce. El candelero, el Altar del Incienso, la Mesa de los Panes y el Arca estaban hechos de oro, pero no el Altar.

El bronce habla de pecado. Fue en el Altar de la Cruz donde el pecado del hombre cayó sobre Cristo. En la Cruz, Cristo fue abandonado por Dios. El Altar de Bronce muestra la identificación de Cristo con el hombre en la cruz. Dios descendía desde el Propiciatorio, que era el trono, hasta el Altar donde encontraba al israelita culpable, quien a su vez había traído al Altar, en obediencia al mandato de Dios, un sacrificio perfecto.

¡Cuán expresivo era el acto de aquel que traía el sacrificio! Leemos: “Pondrá sus manos sobre la cabeza del macho cabrío”. Eso era identificarse con el sacrificio, confesando que merecía morir pero que Dios había preparado un sustituto. Cuando el fuego consumía el sacrificio ya no quedaba sentencia pendiente contra el pecador, y aquel que había traído el sacrificio podía retirarse del Altar sabiendo que su pecado había sido perdonado.

Porque Jehová dijo: “Le será perdonado”. En la cruz vemos a Jesucristo tomando el lugar del hombre, identificándose con todo lo que el hombre era, y el juicio de Dios cayendo sobre Él.


IV. La Fuente de Metal (Léase Éxodo 30.17-21)

En el Lugar Santo estaba la Mesa del Pan de la Proposición; doce panes. Un pan es un emblema del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1Co 10.17).

Nosotros “somos muchos”, precisamente como el trigo en el pan. Así como el trigo en la masa de harina se mezcla para formar un sólo pan mediante el cocimiento, así también nosotros, sobre la base de la identificación de Cristo con nosotros en la cruz llegando Él a ser lo que nosotros éramos, pagando en el sepulcro nuestra sentencia durante aquellos tres días terribles con sus noches de separación de Dios.

En la Crucifixión le contemplamos como éramos nosotros. En la resurrección, nos vemos como Él es. Romanos 6.5-6 dice: “Porque si hemos sido unidos con Él en una muerte como la suya, lo estaremos también en una resurrección como la suya; sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea desecho, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Versión Hispanoamericana).

Él es el Pan de Vida. Nosotros hemos llegado a ser ahora los portadores de esa Vida al mundo.


V. El Candelabro de Oro (Éxodo 25.31-40)

Este Candelabro de Oro que estaba en el Lugar Santo, también habla de nuestra identificación con Cristo en la semejanza de Su resurrección. Aquí vemos la unión de Cristo con Su Cuerpo (la Iglesia). Cuando leemos aquellas palabras, “Sus Brazos”, parecería como si el tronco central fuera el candelabro y los brazos hubieran salido de Él; y recordamos las palabras de Juan 15.5: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”.

La unión con Cristo fue efectuada por medio de nuestra identificación con Su muerte, sepultura y resurrección. ¿Cómo fue hecho este candelabro? Hubiera sido comparativamente fácil haberlo fundido, pero Dios le dijo a Moisés cómo hacerlo. Debía ser labrado a martillo “una pieza labrada”. Al contemplar al obrero que golpea el metal precioso, nuestros pensamientos se vuelven a las Escrituras en Isaías 53.5, donde leemos que Cristo fue quebrantado por nuestras iniquidades. Sólo a fuerza de golpes pudieron ser formados los brazos del Candelabro; y sólo por la identificación del Hijo de Dios con nuestra Muerte Espiritual; sólo porque Él pagó la pena que nos correspondía a nosotros, pudimos llegar a ser completamente uno con Él. Fue por haber sido quebrantado en nuestro lugar, bajo nuestra condenación, por lo que nosotros podemos tomar Su lugar como hijos de Dios delante del Padre.


VI. La Resurrección Revelada

¿Hay algo en este Candelabro que pudiera mostrar de una manera clara que Cristo estaba retratando nuestra identificación con Él en Su resurrección? Sí, creemos que lo hay. El Candelabro debía ir adornado con flores de un árbol frutal. ¿Cuál fue el árbol que Dios seleccionó?

Tenía un vasto campo de donde escoger, y escogió el almendro. En Números 17 tenemos el relato de lo que sucedió con la vara de Aarón. Esta, con las otras once, fue dejada delante del Señor toda una noche. Por la mañana, había echado botones, habían brotado flores y producido almendras.

Nosotros somos las ramas, y llevamos fruto por nuestra unión con Él. Como la vara de Aarón, el Cristo viviente fue abatido hasta la muerte, sufrió hasta que nuestra pena quedó pagada. Pero se ha levantado para ser los primeros frutos de los que duermen. Cuando Él resucitó, nosotros resucitamos con Él.

Debió haber sido una obra muy difícil labrar a golpes de martillo un candelabro tan grande con sus brazos tan adornados. ¿Por qué no se hizo el cuerpo principal del candelabro y los brazos separadamente? Hubiera sido mucho más fácil manejarlos; los brazos podían haberse soldado al cuerpo principal, pero no se hizo así. De haberse hecho de esa manera, no hubiera sido un tipo verdadero de la unión que existió entre Cristo y Sus santos, la cual es vital y no artificial. Así, de una sola pieza de oro se hizo todo el Candelabro. “Una obra de oro puro labrada a martillo”. El oro es el símbolo de la Deidad. Ya vimos que el Altar y la Fuente de Metal fueron hechos de bronce, lo cual habla del juicio que cayó sobre Cristo al actuar como nuestro sustituto del pecado; pero ahora, en la resurrección, se levanta en la plenitud de Su Divinidad, y nosotros hemos recibido vida, y somos herederos juntamente con Él.


VI. El Altar del Incienso

En el Lugar Santo, delante del velo, estaba el Altar de Oro del Incienso. La palabra “Altar” significó un lugar de sacrificios, pero en este altar no se iba a ofrecer ninguno. Ya vimos que el Altar de Bronce y la Fuente de Metal mostraron la identificación de Cristo con nuestra Muerte Espiritual y que la Mesa de los Panes de la Proposición y el Candelabro de Oro muestran nuestra identificación con Él en la resurrección.

Este Altar del Incienso habla de Su Ascensión al Padre. El Altar insinúa Su sangre que ha sido derramada. Fue con Su propia sangre que Él entró al Lugar Santísimo, en el Cielo, habiendo obtenido redención eterna para nosotros.

Los materiales de que estaba hecho el Altar reiteran una vez más la verdad acerca de Su Persona. El oro proclama Su Divinidad. La madera simboliza otra vez Su humanidad. Nos coloca ante el hecho glorioso de que tenemos a la diestra de Dios, a un hombre (1Ti 2.5). Se nos recuerda aquí la verdad, de que como hombre, Él está intercediendo y defendiendo nuestra causa en el Cielo.


VII. El Arca del Pacto (Éxodo 25.1-22)

El Propiciatorio formaba la cubierta del Arca. A cada extremo había un querubín cuyas alas extendidas hacían sombra al Propiciatorio. En Romanos 3.24-25 leemos: “Cristo Jesús... al cual Dios ha propuesto en propiciación”. La palabra que se traduce como “propiciación”, en la Septuaginta es “Asiento del Perdón”. El versículo anterior se puede leer, entonces: “A quien Dios propuso para ser Asiento de nuestro perdón”.

Cabría preguntar: “¿Cómo pudo el trono del Dios Santo que aborrece el pecado ser un Asiento de Perdón y no un Trono de Juicio?” Levítico 16 nos presenta el relato del Día de la Expiación. En ese día se ponían delante del Señor dos machos cabríos. Luego se echaban suertes sobre ellos; y habiendo confesado Aarón los pecados de la congregación sobre uno de los dos, se le dejaba escapar al desierto, a algún lugar inhabitado, y ya nunca regresaba.

Sin embargo, es con el otro macho cabrío, con el que tenemos que ver ahora de manera especial. Se hace referencia a él como “para el Señor”. Mientras que el macho cabrío que se envía al desierto habla de sustitución, éste otro habla de propiciación. Cristo sobre la Cruz del Calvario realizó una obra sobre la cual Dios puede tratar con misericordia a la humanidad condenada.

Cristo fue propuesto para ser un Asiento de Perdón donde Dios, y el hombre espiritualmente muerto, pudieran encontrarse. Veremos lo que se hacía con el macho cabrío dedicado al Señor, o sea el de la Propiciación. El macho cabrío era matado; parte de su sangre era llevada al Lugar Santísimo y rociada por el sacerdote siete veces sobre el Asiento del Perdón. Al contemplar aquel sacrificio quemándose fuera del campamento, contemplamos en símbolo al Señor Jesús muriendo bajo el juicio de Dios, en favor nuestro. Pero al contemplarle levantándose de entre los muertos y pasar a las moradas celestiales con Su propia sangre, tenemos lo que corresponde al tipo de aquel sacerdote que se encamina hacia el Lugar Santísimo con la sangre del macho cabrío.

Hay algo muy sugestivo en la actitud del querubín sobre el Asiento del Perdón. La primera vez que se menciona al querubín en la Palabra de Dios, es cuando nuestros primeros padres son arrojados del Jardín del Edén. Allí, el querubín está asociado con la espada flamante; pero en la escena que estamos contemplando no hay ninguna espada, nada que pudiera decir: “Manténganse alejados”. Notamos luego cómo su mirada se vuelve hacia el Asiento de Perdón, como si desearan ambos querubines leer el significado de las manchas de sangre puestas allí por el Sumo Sacerdote. Estas marcas de sangre nos dicen cómo el trono de Dios en Israel se convirtió en el Asiento del Perdón, y no en el Trono de Juicio. Aquel que se sentó sobre ese trono vio, en aquella sangre, el tipo de la sangre de Aquel que no consideró Su igualdad con Dios como algo que debiera retener; Aquel cuya muerte satisfaría todas las demandas de la Justicia.

Por aquella sangre Él podía llegar hasta Israel en la persona de su Pontífice y extenderle el perdón cuando merecía juicio. Es todavía más instructivo notar dónde fue colocada la ley: “Y pondrás el propiciatorio sobre el Arca, y dentro del arca el testimonio que yo te daré” (Éx 25.21 Straubinger). Sobre aquella ley que ningún hombre espiritualmente muerto podía guardar y que sólo podía condenarle, estaban las manchas de sangre que le recordaban a Dios la obra de Justicia de Su Hijo.


PREGUNTAS

1. ¿En qué forma la puerta representa a Cristo?

2. ¿Qué característica notable de nuestra redención en Cristo se encuentra tipificada en el plan general del mobiliario del Tabernáculo?

3. ¿Qué significan el Altar de Bronce y la Fuente de Metal?

4. ¿En qué forma los Panes de la Proposición representan el Cuerpo de Cristo?

5. Demuestre cómo el Candelabro de Oro reveló los sufrimientos de Cristo.

6. ¿Cómo representó también el candelabro nuestra identificación en Su resurrección?

7. ¿Qué parte del Arca era el Asiento del Perdón?

8. ¿Por qué pudo el trono de Dios en Israel ser un Asiento de Perdón en vez de un Trono de Juicio?

9. ¿Qué sugería la actitud de los querubines?

10. ¿Por qué fue puesta la Ley dentro del Arca?





sábado, 11 de septiembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 12


Lección 12
LA LEY Y EL TABERNÁCULO 
(Éxodo 15.27-36.38)  

Jehová apareció muchas veces a Israel en forma especial. Cada vez que se comportaron mal, que murmuraron o se rebelaron, Dios se les manifestó en la nube. Dios se les revelaba por medio de señales; algunas veces eran plagas o serpientes abrasadoras; otras, una voz que los llenaba de temor y de reverencia. 

Éxodo 15.27. Acamparon en Elim, donde había doce fuentes de aguas, y la mano de Dios fue sobre ellos. Murmuraron en Mara por lo malo del agua, pero no dijeron nada por la falta de pan. Evidentemente llevaban provisiones abundantes al salir de Egipto. Debieron haber previsto el viaje por el desierto. Ahora, sus reservas de alimentos llegaban a su fin. Pronto se descubrió la condición en que se encontraban los tres millones de personas. Al ir un vecino para pedir algo prestado del otro, se encontraba con que el otro estaba tan necesitado como él. De esta manera lo terrible de la situación se acentuó sobre ellos con un efecto hipnótico. La muerte, entonces, les pareció inevitable. 


I.  El Maná  

Marchar hacia adelante haría esa muerte segura. Retroceder, era igualmente imposible. Perecerían antes de que pudieran volver sobre sus pasos y ganar las fronteras de Egipto. “Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto. Y les decían los hijos de Israel: ¡Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, y cuando comíamos pan en hartura; Pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Éx 16.2-3). 

Aquí estaba un caso en el cual este pueblo pudo fácilmente haber buscado la ayuda de Dios. ¿No había probado Él, de muchas maneras, ser fiel al Pacto? La falta de pan era alarmante, pero Aquel que los había librado milagrosamente de Egipto, que los había guiado al través del Mar Rojo, que los había dirigido por la nube y que había convertido las aguas amargas en dulces, podría fácilmente darles pan. 

Qué relato tan diferente hubiéramos tenido y qué alegría hubiera causado al Dios del Pacto si ellos se hubieran acercado a Él presentándole su necesidad, con la certidumbre de que Aquel que había entrado en las relaciones del Pacto de Sangre, habría satisfecho cada necesidad. En vez de eso, se alejan de Dios. Se entregan a una murmuración sediciosa. Habían sido vergonzosamente engañados. Los habían sacado de Egipto, tierra de paz y de abundancia, y ahora estaban atrapados en ese terrible desierto para morir todos, jóvenes y viejos. No obstante, su rebeldía no haría que Jehová se negara a Sí mismo. El oyó su murmuración y sus palabras de incredulidad. 

Entonces les dio la promesa de que les daría pan y carne para que supieran que Él era Su Dios del Pacto (Éx 16.4-12). 

Éxodo 16.13-36 contiene el relato del envío del pan y de la carne y las instrucciones para recogerlos. Durante cuarenta años, Él, Su Dios del Pacto, los alimentó de esta manera milagrosamente. 

 

II.  Razón de la Ley  

Al estudiar la historia de Israel, tengamos presente que ellos son el pueblo del pacto Divino. Al tercer mes de su viaje llegan al desierto de Sinaí. Ha llegado el tiempo cuando el Dios del Pacto les va a dar la ley (Éx 19.1-8). 

Recordemos que ellos no han recibido aún la vida de Dios. Todavía están muertos espiritualmente, y se les ha de entregar la Ley para que gobierne cada fase de su vida. Antes de dar la Ley, Moisés es llamado al Monte. Allí Dios reafirma a Moisés Su fidelidad al Pacto. Ahora Israel debe manifestar si le obedecerá o no, como Su Dios del Pacto. En estos tres meses se han enterado de la fidelidad de Dios en la parte que le corresponde en el Pacto (Éx 19.8). Israel promete obedecer. 

Éxodo 19.9-25 nos da la manifestación de Dios a Su pueblo. Notamos que esta revelación de Sí mismo fue dada nuevamente al nivel de sus sentidos físicos. Pudieron ver el humo y el fuego en lo alto del monte y escuchar la voz de la trompeta que cada vez era más fuerte. No pudieron acercarse al monte por causa de su muerte espiritual. 

La ley que les fue dada es la Ley del Pacto. Cuando el Pacto con Abraham se cumplió, ésta también se cumplió. Hay tres divisiones en esta ley: Los mandamientos que expresan la Justa Voluntad de Dios (Éx 20.1-27; las leyes que gobiernan la vida social de Israel (Éx 21.1-24); y las ordenanzas que gobiernan la vida religiosa (Éx 24.12-31). Es decir, tres elementos formaron la Ley: los Mandamientos, las Ordenanzas y los Sacrificios. 

Los Mandamientos eran un ministerio de condenación y de muerte (2Co 3.7-9)... revelaban la muerte espiritual que reinaba en el corazón del hombre. Las Ordenanzas proporcionaron en el Sumo Sacerdote, un representante del pueblo ante Jehová. Los Sacrificios fueron una protección por el quebrantamiento de la ley para el Israel espiritualmente muerto. 

 

III.  Se Da la Ley  

Hay tres ocasiones en que se da la Ley: 

Primera. Fue dada en forma oral, tal como se registra en Éxodo 20.1-17. Esta fue dada sin disponer nada para el Sacerdocio ni para los sacrificios y fue acompañada de los Juicios (Éx 21.1-23). Además de normar las relaciones interpersonales entre los hebreos, se agregaron instrucciones para la celebración de tres fiestas anuales (Éx 23.14-19) e instrucciones para la conquista de Canáan (Éx 23.30-33). Estas palabras fueron las que dio Moisés al pueblo (Éx 24.3-8). 

Segunda. Moisés fue llamado para recibir las Tablas de Piedra (Éx 24.12-18). Moisés recibe en el monte instrucciones favorables con respecto al Tabernáculo, el Sacerdocio y los Sacrificios (Éx 25.31). Entretanto, el pueblo guiado por Aarón quebranta el primer mandamiento (Éx 32). Moisés rompe las Tablas escritas por el dedo de Dios (Éx 31.18; 32.16-19). 

Tercera. Moisés hizo las segundas tablas y la Ley fue escrita de nuevo por la mano de Jehová (Éx 34.1, 28-29). 

Pasajes para leer: Ro 3.21-31; 6.14-15; Gá 2.16; 3.10-14, 16-18, 24-26; 4.21-31; He 10.11-17. 

 

IV.  Razón para Construir el Tabernáculo  

Éxodo 25.8 expresa que Dios deseaba habitar con Su Pueblo del Pacto. No podía morar en sus corazones porque no habían recibido todavía la vida eterna; Su presencia debía manifestarse a sus sentidos físicos. Su adoración a Él debía estar al mismo nivel de sus sentidos. Debía haber un lugar de habitación físico en el cual Él morara, y donde ellos se encontraran con Él por medio de un sacerdocio de carácter físico también. 

Para construir el tabernáculo Él les pidió ofrendas voluntarias (Éx 25.2). Sus corazones debían estar dispuestos a tener Su Presencia entre ellos (Éx 25.9). El Tabernáculo iría a construirse exactamente como Dios se lo había revelado a Moisés. Desde el tiempo en que el hombre cayó en la muerte espiritual, Dios comenzó a preparar su redención. Ahora el Tabernáculo va a ser un tipo de Cristo y la redención que Él efectuó para el hombre. Por consiguiente, cada detalle debe estar de acuerdo con Su modelo exacto. 

Notemos primero algo que es muy sugestivo. Vimos, al estudiar la creación, que Dios nos dio el relato en menos de dos capítulos; sin embargo, las instrucciones para hacer el Tabernáculo están contenidas en once capítulos. Podríamos pensar que la obra de la Creación era mucho más importante que la construcción del Tabernáculo, pero, grande como fue la obra de la Creación, simplemente fue, por decirlo así, la construcción de un escenario sobre el cual se iría a realizar una obra mucho más grande, la obra de nuestra redención en Cristo. 

Así como en un teatro, el actor es mucho más importante que el escenario, de la misma manera Aquel que realizó aquella obra tan portentosa, es infinitamente más glorioso que el escenario sobre el cual la realizó. 

 

V.  El Tabernáculo, tal y como se Erigió  

El Tabernáculo propiamente dicho estaba en el extremo occidental del atrio. Tenía cincuenta y dos pies de largo, diecisiete y medio de ancho y diecisiete y medio de alto. Estaba dividido en dos compartimientos. El más grande de ellos se llamaba el Lugar Santo; el más pequeño, el Lugar Santísimo. En el más grande, el Lugar Santo, estaban el Altar de Oro, el Candelabro de Oro y la Mesa de Oro. En el más pequeño, el Lugar Santísimo, estaba el Arca y el Propiciatorio. 

Una vez que el Tabernáculo terminó de construirse, la única cubierta visible fue la exterior hecha de pieles de tejón con la anchura de la cortina de pelos de cabra sobre la puerta. El primer juego de cortinas era de lino fino torcido: azul, púrpura, blanco y escarlata. Sobre dichas cortinas estaban las de pelos de cabra teñidas de rojo, y sobre todas había una cubierta de pieles de tejón. 

Cuando el Tabernáculo estaba en reposo, la Nube, símbolo de la Presencia Divina, descansaba en el extremo posterior del mismo, y era como una enorme sombrilla que proyectaba su sombra sobre el campamento. La nube siempre estaba con ellos. Cuando tenían que continuar el viaje, ésta se levantaba de lo alto del Tabernáculo e iba en la dirección que Dios quería que siguieran. Cuando la nube se detenía en algún sitio, ellos sabían que allí era el lugar donde debían acampar. 

En esta forma la nube los guiaba, indicándoles la dirección que habían de seguir; hasta dónde debían ir y cuándo debían acampar. Dios tenía que manifestarse a sus sentidos físicos, porque ellos estaban espiritualmente muertos. 

El atrio estaba formado por sesenta columnas de madera de acacia las cuales sostenían el muro de cortinas de lino. El Tabernáculo era comparativamente un edificio pequeño. Fue diseñado como un lugar donde Dios pudiera habitar en medio de Israel y comunicarse con su pueblo por medio del Sumo Sacerdote; de modo que no era un auditorio como los que se acostumbran hoy para las reuniones del pueblo de Dios. 

 

VI.  La Cortina y la Cubierta del Tabernáculo  

Al estudiar las cubiertas y las cortinas comenzamos por el exterior; si observamos el Tabernáculo desde afuera, no hay nada interesante en su apariencia. Era un edificio semejante a una caja larga, sin líneas graciosas o curvas, como si se tratara de acentuar su falta de atractivo. Las pieles de tejón, nada atractivas, lo cubrían por fuera; pero si penetramos al interior, qué cambio tan maravilloso. A ambos lados los tablones cubiertos de oro resplandecen a la luz del candelabro de siete brazos. Sobre nuestras cabezas se encuentra el techo formado por las hermosas cortinas de lino fino torcido, con los querubines adornados de azul, púrpura y escarlata. Delante de nosotros se encuentra el velo; detrás de nosotros la puerta con todos los colores del arco-iris mezclados. Allí está también el altar de oro del incienso llenando el Lugar Santo con su aroma. Y la mesa de oro con los doce panes que también emiten un olor fragante. 

En estas cubiertas vemos una descripción de Cristo en Sus dos aspectos diferentes. Si contemplamos el exterior del Tabernáculo, no tiene forma ni hermosura; las cortinas de pieles de tejón ocultan toda su belleza. Isaías 53.2 dice que Cristo no tenía forma ni atractivo para el hombre natural. Nada había en Él para que el hombre lo deseara. No tenía nada en común con el hombre. Las pieles de tejón son simbólicas de la severidad de Su separación de los hombres. Para el ojo natural hubo cierta reserva y austeridad en Él. No podían los hombres entenderlo o gozarse con Él porque no estaban dentro de Su ambiente (cf. Jn 4.44; Mt 16.17) 

El era una raíz de tierra seca. La belleza de Cristo estaba escondida. Sólo unos cuantos amigos íntimos le conocieron; del mismo modo que el azul, el púrpura, el escarlata y el lino del tabernáculo. 

Éxodo 16.10 dice: “Yo te calcé de tejón”. Esto sugiere separación del mal; las sandalias protegen los pies de la tierra, los conservan separados de ella. Cristo tomó Su lugar en la voluntad del Padre, y todas las fuerzas de los hombres y de los demonios en la tierra y en el infierno no podrían vencerlo ni estorbarle que hiciera esa voluntad. La piel de carnero teñida de rojo es simbólica de Su obra mediadora, y de Su sangre derramada. 

Las cortinas interiores estaban colocadas en dos juegos, cinco en cada uno de ellos. Estaban unidas por cincuenta corchetes de oro que se aseguraban en cincuenta lazadas de azul, formando, como leemos, un Tabernáculo. Las lazadas de azul y los cincuenta corchetes de oro eran simbólicos de Su Gracia Celestial y Divina Energía que capacitaron a Cristo para satisfacer perfectamente las demandas de Dios y del hombre. Estas cortinas eran todas de una sola medida. El azul, color etéreo, marca el carácter Celestial de Cristo. Aunque fue verdadero hombre, fue también verdadero Dios.  Él anduvo con la conciencia y la dignidad de Su Misión Divina. Él nunca olvidó quién era o adónde iba. La púrpura es simbólica de Su realeza. Él era el rey de los judíos. Fue recibido en los cielos como conquistador (Sal 2; Fil 2.9-11) 

El escarlata representa Su muerte. El verdadero color escarlata sólo puede ser producido por la muerte (sangre). Su Encarnación, la unión de Dios y el hombre, no eran suficientes para nuestra redención. Él debía ser hecho sobre la cruz todo lo que el hombre era. Por Su muerte, Él redujo a la nada a aquel que tenía el poder de la muerte y libró al hombre del imperio satánico (He 2.14). El lino fino torcido es simbólico de Su pureza inmaculada como hombre. Hay profundas verdades espirituales en la humanidad de Jesucristo. A fin de que Él satisfaciera las demandas de la Justicia y las necesidades del hombre, le fue necesario hacerse absolutamente humano; y no obstante ser hombre, sujeto a toda clase de tentaciones como lo somos nosotros, tenía que agradar al Padre como Su Hijo perfecto. Fue necesario para Cristo, andar como el primer hombre tuvo que haber andado. (El estudio del Tabernáculo continuará en la próxima lección). 

 

PREGUNTAS 

 

1. ¿Qué debieron hacer los israelitas cuando descubrieron que no tenían alimento? 

2. ¿Cómo satisfizo el Dios del Pacto esa necesidad de alimento? ¿Por cuánto tiempo? 

3. ¿Por qué fue dada la ley? 

4. ¿Por qué se manifestó Dios al pueblo por medio de la columna de humo, del fuego y de la Nube? 

5. ¿Cuál fue el propósito del Tabernáculo? 

6. ¿Cómo se reunieron los materiales? ¿Por qué? 

7. ¿Por qué fue necesario que el Tabernáculo se hiciera de acuerdo con el modelo dado a Moisés? 

8. ¿Cómo representa a Cristo la cubierta de pieles de tejón? ¿Cómo lo representa la piel del carnero? 

9. ¿De qué eran simbólicas en la vida de Cristo? 

10. Demuestre cómo las cortinas interiores representan a Cristo. 

 

 

 


jueves, 9 de septiembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 11



Lección 11
EL PUEBLO DEL PACTO EN EL DESIERTO

Tenemos delante de nosotros el evento supremo de que es el Dios guardador del Pacto quien está libertando a Su pueblo del Pacto. En la Pascua Él reafirmó ese Pacto. Al hacer frente al desierto y a sus peligros, ellos saben que el Dios guardador del Pacto está con ellos. Ahora la institución del rito Pascual que brota de la divina amistad sanguínea con Israel, se va a convertir en una ceremonia permanente entre ellos, como una conmemoración de su liberación milagrosa de Egipto como el pueblo del Pacto (Éx 12.14-20, 43; 13.16).

Éxodo 12.3-8 revela que el Cordero de la Pascua tipifica a Cristo en la cruz. El Cordero debe ser sin mancha; y tiene que ser separado del rebaño el día 10 del primer mes (año judaico) y guardarse hasta el día 14, fecha en que ha de ser sacrificado al atardecer (tres de la tarde). Cristo fue traicionado el día 10, crucificado el día 14, y muerto a las tres de la tarde. No hay duda de que Él fue el Cordero de Dios.

La señal de este rito se describe así: “Y ha de serte como una señal sobre tu mano, y como una memoria delante de tus ojos, para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto”.

En épocas primitivas, y con mucha frecuencia, cuando dos hombres celebraban el pacto, se preservaba un registro teñido con la sangre de dicho pacto el cual era colocado dentro de una cubierta de cuero que llevaba bajo el hombro o cerca del cuello, aquel que había ganado un amigo para siempre por medio de este rito sagrado de amistad sanguínea. Al través de los siglos los judíos se han acostumbrado a llevar sobre sus frentes como una corona; y sobre sus brazos como un brazalete, un pequeño estuche de cuero como un amuleto sagrado; dicho estuche contiene un registro del pacto pascual entre Jehová y la simiente de Abraham, Su amigo.


I. Una Salida muy Provechosa

Antes de que principiara el conflicto con Faraón, Dios había dicho a Moisés: “Y daré a este pueblo favor en los ojos de los egipcios, y sucederá que cuando partiereis, no iréis con las manos vacías. Al contrario, pedirá cada mujer a su vecina y a la que mora en su casa, alhajas de plata y oro, y vestidos; y los pondréis sobre vuestros hijos y sobre vuestras hijas; y despojaréis a los egipcios” (cf. Éx 3.21-22).

Muchos han entendido mal el pasaje de Éxodo 12.36. La palabra hebrea “prestaron” significa “les entregaron de buena gana todo lo que demandaron”. Los israelitas solicitaron todas esas cosas de que habla el pasaje. La cuestión era si la petición iba a ser atendida o se iba a recibir con una negativa airada.

El Dios del Pacto intervino; y dio a Su pueblo favor en los ojos de los egipcios. Ahora los israelitas eran vistos por sus enemigos bajo una nueva luz; los egipcios les dieron todo lo que pidieron. Tales cosas constituyeron los despojos de una victoria más gloriosa que ninguna otra nación conquistadora había conocido. En la historia, el conquistado ha sido despojado pero en contra de su voluntad. Pero en este caso los egipcios encontraron gozo en dar regalos a quienes ellos habían dominado.

El pueblo del Pacto que había sencillamente esperado su salvación del Dios del Pacto, salió de Egipto adornado con los hermosos vestidos y las joyas de aquellos que por tanto tiempo los habían despojado. Doscientos años antes de que ocurriera, el Dios del Pacto había predicho este triunfo. En Génesis 15.13-14, había dicho a Abraham que su simiente sería extranjera y afligida en una tierra que no era la suya y que El juzgaría a la nación a la cual iban a servir. Además, les había dado esta promesa: “Y después de esto saldrán con grande riqueza”.

Aquí Dios había anticipado el despojo de los egipcios como el final del doloroso afán de Su pueblo y como la compensación por su cautiverio y esclavitud.


II. Cambio de Ruta.

Durante el segundo día de viaje, los israelitas siguieron la ruta acostumbrada a Palestina. Esta debió haberlos conducido hasta la orilla del desierto. Al otro lado de esas arenas y a lo largo de la costa del Mediterráneo quedaba la ruta más corta a Palestina. Unas cuantas jornadas hacia adelante y habrían entrado al territorio de los belicosos filisteos. Pero aquí la ruta fue cambiada repentinamente. Se nos dice que Dios no los condujo por la ruta de los filisteos, aunque el camino era más corto, por temor de que el pueblo se arrepintiera al ver la guerra y regresara a Egipto, sino que los condujo por el camino del desierto del Mar Rojo.

Surge aquí una pregunta: ¿Por qué pues les fue permitido empezar la marcha por el camino que parecía más corto y más expedito a la tierra prometida de sus padres? ¿Por qué les cambió la ruta en forma que tuvieron que volver sobre sus pasos al tercer día y marchar hacia el sur por el lado egipcio del mar?

Al principio podemos quedar perplejos con la pregunta. Parece como si el plan de Dios hubiera sido alterado repentinamente; pero una poca de reflexión descorrerá rápidamente el velo de la Sabiduría Divina. Todo queda explicado en las siguientes palabras: “y acamparon . . . a la entrada del desierto” (Éx 13.20). Dios tenía un propósito doble. Israel tenía que plegarse a la Voluntad Divina. Naturalmente al principio deseaban la ruta más corta. Dios les permitió que la tomaran, y fue con ellos tan lejos como lo hace con frecuencia con nosotros en nuestra obstinación.

Son llevados a la entrada del desierto; y luego viene la reflexión. No hay nada atractivo en la fisonomía de esa extensión lúgubre. Comienzan a pensar en los días monótonos de andar errantes, sedientos y con hambre al través del desierto inhóspito, sin agua y sin árboles. Luego piensan en la muralla de fieros y decididos enemigos al través de la cual tienen que abrirse camino una vez que hayan atravesado el desierto. No hubo ninguna murmuración por la mañana cuando Dios dijo: “Habla a los hijos de Israel que den la vuelta” (Éx 14.2). Esas palabras les produjeron una sensación de alivio.

El Dios del Pacto tenía también otro propósito. El rey estaba observando sus movimientos con todo cuidado. Dios no iba a permitir a Su pueblo del Pacto salir con deshonra de la tierra de Egipto; no se les iba a permitir huir. Cuando el Dios del Pacto libra, no es por métodos humanos. Su liberación es gloriosa en su plenitud, y en su belleza de santidad. Egipto echará a Israel y los obligará a abandonar el país; por eso la ruta fue cambiada.


III. El Paso del Mar Rojo

Se deja a los egipcios que en su codicia egoísta y en su crueldad interpreten el cambio hecho para su propia destrucción. “Porque Faraón dirá de los hijos de Israel: Encerrados están en la tierra; el desierto los ha encerrado” (Éx 14.3). Para Egipto este movimiento pareció ser una revelación de debilidad inesperada. Ya no hay más Dios entre los israelitas, y Egipto podría disfrutar hasta la saciedad la venganza salvaje que anhelaba. Y dijeron: “Perseguiré, prenderé, repartiré despojos, mi alma se henchirá de ellos, sacaré mi espada; destruirlos ha mi mano” (Éx 15.9).

La idea que había nacido en el corazón de Faraón parece haberse encendido también como fuego abrasador en el corazón de su pueblo. Tanto el corazón de Faraón como el de sus siervos se volvió en contra de los israelitas y dijeron: “¿Por qué hemos hecho esto, dejando ir a Israel para que no nos sirva?” Parece que todas las tropas que pudieron reunirse tomaron parte en la persecución (Éx 14.6-9). El ejército de Egipto, cuidadosamente disciplinado, era una de las maravillas del mundo antiguo. Podemos imaginar el terror que debió haber poseído el corazón de los israelitas en el momento que se dieron cuenta de que esta terrible maquinaria de guerra se dirigía contra ellos (Éx 14.10).

Parece que por el momento, en un acto de loca desesperación, se olvidaron del Dios del Pacto. Gritaban a Moisés reprochándole por haberlos llevado hasta ese lugar donde les parecía encontrar la muerte (Éx 14.11-12). Pero luego se dejan oír las palabras de fe de Moisés exhortándolos a no tener miedo, porque el Dios del Pacto obraría por ellos ese mismo día (Éx 14:13-14).

Notemos lo que el Dios obrador de milagros realizó. Su respuesta a Moisés fue: “Di a los hijos de Israel que marchen”. Y entonces se le ordena a este hombre del Pacto que abra para ellos un extraño camino. Tenía que levantar aquella vara que hasta entonces sólo había traído juicio sobre Egipto pero ahora habría de ordenar a las fuerzas de la naturaleza que obraran salvación para el pueblo del Pacto: “Y extendió Moisés su mano sobre la mar; e hizo Jehová que la mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y tornó la mar en seco, y las aguas quedaron divididas. Entonces los hijos de Israel entraron por medio de la mar en seco, teniendo las aguas como muro a su diestra y a su siniestra” (Éx 14.21-22).

Las fuerzas de la naturaleza obedecieron Su Palabra. En presencia de este asombroso milagro echamos una ojeada al pasado lejano, a la época cuando el primer hombre anduvo en el reino de la potencia de Dios, con autoridad sobre la obra de Sus manos. Tal autoridad se perdió en la caída. Veremos solo reflejos de ella aquí y allá bajo el Antiguo Pacto, como en este caso, hasta que llegue el tiempo cuando el segundo Adán camine en perfecta unión con el Dios-Padre, y tenga el dominio absoluto sobre las fuerzas de la naturaleza.


IV. La Columna de Nube

Hemos visto en las lecciones anteriores que ningún hombre podía realmente haber nacido de nuevo del Espíritu de Dios, hasta que el Dios-Padre tuviese el derecho legal de impartir Su naturaleza al hombre espiritualmente muerto. Dios no tenía el derecho legal de impartir su vida a este pueblo del Pacto. Hemos visto también que el hombre natural está limitado en su conocimiento a lo que percibe por medio de sus cinco sentidos: Dios debe manifestarse a Israel; Su presencia puede serles conocida sólo mediante sus sentidos físicos.

El les hizo notar Su presencia por medio de una columna de nube que apareció el segundo día (Éx 13.21-22). Ellos podían ver la nube; oír y sentir el calor de la nube ígnea durante la noche. Esta columna de nube no era solamente una manifestación visible de Su presencia, sino también un medio para cuidarlos. Llegó a ser una extraña protección contra el intenso calor del desierto durante el día, para después transformarse por la noche en una fuente gigantesca de calor y luz. Durante el día los refrescaba y proporcionaba calor durante las noches frías y penosas. Cuando la nube se movía sabían que era tiempo de levantar el campamento y de seguir adelante. Cuando se detenía, ya fuese de día o de noche, sabían que tenían que acampar y esperar Su orientación posterior. Esta nube fue para ellos protección, consuelo y guía durante los cuarenta años de peregrinación por el desierto.

En el momento en que los egipcios los perseguían, esa extraña nube cambió de posición; estando delante de ellos, se colocó detrás. Permaneció situada entre el campamento de los egipcios y los israelitas. Para el pueblo del Pacto era luz y calor; para los egipcios, tinieblas espesas.


V. La Marcha por el Desierto

Comienza ahora aquel periodo pleno de acontecimientos en la historia de Israel, la marcha por el desierto. La península del Sinaí es hasta hoy algo así como tierra de nadie. Otras regiones han sido codiciadas y se ha luchado por ellas, pero ninguna potencia, ni antigua ni moderna, ha tratado de apoderarse del Sinaí. Sin embargo, es a esa región solitaria y despreciada a donde son llevados tres millones de esclavos. Tienen espíritu de siervos; son indisciplinados y están llenos de mordacidad y de una tendencia a censurarlo todo. En este lugar se va a revelar el Dios del Pacto y va a mostrar Su gloria; y va a levantar de esta nación esclavizada un pueblo libre de maestros y conductores. Allí, separados de la idolatría, esta nación que va a preservar la revelación del Dios verdadero, aprenderá a andar dependiendo de Él.

Comenzamos con Israel, en este viaje de suma importancia, y en nuestro estudio encontraremos que hay lecciones que debemos aprender.

Al tercer día de camino llegan a Mara, donde el agua era amarga. Se habían acostumbrado a beber el agua dulce del Nilo, famosísima en el oriente, y ahora, en un contratiempo infantil, explotan en una queja insubordinada, infantil también, en contra de Moisés (Éx 15.22-24). El Dios del Pacto, siempre cuidadoso, convierte las aguas amargas en dulces. Luego se manifiesta a ellos, no sólo como Aquel que los guiará, que los cuidará y los protegerá, sino como el Dios que no permitirá que ninguna de las enfermedades de los egipcios los afecten. El se les da a conocer como el Dios que los sana (Éx 15.26-27).

Dentro de los derechos y privilegios del pacto de sangre, todo lo que Él era, pertenecía a Israel. Su autoridad y capacidad les pertenecían. Su cuidado, Su protección y Su salud eran posesiones suyas. Es algo sorprendente que durante este período del desierto, mientras ellos anduvieron en el Pacto, no murió nadie, ni mujeres, ni hombres, ni niños. Nadie murió prematuramente por enfermedad. El fue el Dios del Pacto que los sanó.


PREGUNTAS

1. Hable del rito de la Pascua tal y como ésta iría a celebrarse como acto conmemorativo entre los israelitas.

2. Explique el pasaje de Éxodo 12.35-36.

3. ¿Qué autoridad del hombre, perdida por causa del pecado, se manifiesta en el paso del Mar Rojo?

4. ¿Por qué Dios tuvo que manifestarse en forma visible a Israel, tal como ocurrió en la Columna de nube?

5. ¿Qué necesidad satisfizo la Columna de nube?

6. Describa el lugar al cual llevó Dios a Su pueblo del Pacto cuando salieron de Egipto.

7. ¿Por qué el pueblo del Pacto fue llevado a ese lugar?

8. Diga algo sobre el incidente que ocurrió en Mara.

9. Explique el pasaje de Éxodo 15.26-27.

10. ¿Qué significó el acontecimiento del pacto de sangre para usted?





lunes, 6 de septiembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 10


Lección 10
LA LIBERACIÓN DE EGIPTO 

Al estudiar el gran drama de la liberación del Pueblo del Pacto Divino, de la esclavitud egipcia en el relato que se nos da en las Escrituras, notamos muchos acontecimientos que demuestran su la autenticidad. 

La narración que se nos da de la vida en Egipto es una descripción verdadera de cómo vivían los egipcios en esa época. La autoridad que el Faraón tuvo sobre los esclavos israelitas, nos proporciona una demostración exacta de la autoridad que él poseyó en este período de la historia. La parte que juegan los magos de Egipto al realizar prodigios, es una representación auténtica del poder que el antiguo sacerdocio pagano poseía. El sacerdocio egipcio era en realidad una corporación investida de poderes mágicos, los cuales se aplicaban a favor de los vivos y de los muertos. 

El relato bíblico referente a cada nombre, incidente y costumbre, revela al verdadero Egipto de este período. La fidelidad y sutileza del relato muestran que fue escrito por alguien que conoció bien los hechos. El Éxodo, al referirnos a este drama del Dios del Pacto obrador de milagros a favor de Su pueblo, revela que en realidad fue escrito por alguien que conoció los hechos, y no como algunos escépticos pretenden, que fue escrito por un judío babilónico en el año 400 A.C. Lleva las marcas del antiguo Egipto, al que Dios juzgó. 

Los arqueólogos han descubierto edificios hechos de ladrillo en los cuales fue usado rastrojo en vez de paja, tal y como lo dice Éxodo 5.12. 

 

I.  El Primer Milagro  

En Éxodo 7.1-7, Moisés, obedeciendo a Jehová, se acerca al Faraón para interceder por el pueblo del Pacto Divino. Éxodo 7.8-13 nos describe el primer encuentro de Moisés con el Faraón y sus magos. La primera señal dada fue la de arrojar la vara que al instante se convirtió en una serpiente: 

“Y echó Aarón su vara delante de Faraón y de sus siervos y se tornó en culebra. Entonces llamó también Faraón a sabios y encantadores; e hicieron también lo mismo los encantadores de Egipto con sus encantamientos. Pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras, mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos” Éx 7.10-12. 

Algunos pueden maravillarse del poder mediante el cual las varas de los sacerdotes egipcios se convirtieron también en serpientes. Los espíritus que estaban identificados con los dioses de los egipcios y a los que ellos hicieron su petición, no los dejaron sin respuesta. El resurgimiento del espiritismo y el ocultismo en nuestros días, es decir, todos los fenómenos que no pueden explicarse como trucos, muestran la obra de Satanás detrás de esos “milagros”, mayormente cuando tal cosa le proporciona a éste la adoración de los hombres. 

El conflicto entre el Hacedor del cielo y de la tierra y los dioses de Egipto comenzó desde el principio. A la luz de este acontecimiento el milagro ejecutado ante la presencia del Faraón, tuvo un significado pavoroso. Así como la vara de Aarón se tragó las varas de los encantadores, así la fe que Dios iba a establecer, se tragaría las creencias engañosas por las cuales los sabios del mundo buscarían un conocimiento y una grandeza que los haría a ellos y a sus compañeros esclavos de Satanás. 

 

II.  Las Plagas 

Estudiemos ahora la historia de las plagas que destruyeron el poderío de Egipto y quebrantaron su obstinado corazón. Se había dado una señal cuando la vara fue convertida en serpiente. La señal fue desafiada por los encantadores, dando por resultado que el poder de Jehová se manifestara más plenamente. Pero aquella era sólo una señal, y podría ser olvidada fácilmente. Por lo tanto, Dios tenía que recurrir al juicio. 

La primera plaga consistió en convertir las aguas de Egipto en sangre. El Mandamiento Divino llegó a Moisés: “Ve por la mañana a Faraón, he aquí que el sale a las aguas; y tú ponte a la orilla del río delante de él” (Éx 7.15). El lector observará el mandamiento de ir a encontrar a Faraón a la orilla del río. Nosotros vemos, desde luego, una gloriosa idoneidad en "el tiempo‟ y el lugar que fueron escogidos. El dios del Nilo era una personificación de Nu, uno de los principales dioses padre de Egipto y objeto de profunda veneración en esta parte del país. Sobre él, por lo tanto, Jehová aseguró Su supremacía por medio de esta plaga. Es probable que Faraón fuese por la mañana a tributar su adoración a este dios. 

Fue, pues, al rey, mientras estaba delante del altar de su dios, a quien el mensaje de Jehová se dirigió. Tal mensaje era terrible. El dios y sus adoradores, iban a ser juzgados del mismo modo: “Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Toma tu vara, y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sobre sus arroyos y sobre sus estanques, y sobre todos sus depósitos de aguas, para que se conviertan en sangre, y haya sangre por toda la región de Egipto, así en los vasos de madera como en los de piedra” (Éx 7.19). 

Los niños varones de los israelitas habían sido arrojados a las aguas, y ahora Dios recordaría a los egipcios su pecado. El río de sangre diría la historia de aquel acontecimiento a la tierra y al cielo, y el horror de su crimen surgiría para acosarlos. 

La segunda plaga fue una aflicción bien conocida y temida. Su intensidad fue descrita en palabras, cada una de las cuales debió haber llegado a los hogares y llenado de repugnancia y miedo el pecho de todos los egipcios que escucharon el mensaje de Dios por medio de Aarón: “He aquí yo heriré con ranas todos tus términos; y el río criará ranas, las cuales subirán y entrarán en tu casa, y en la cámara de tu cama, y sobre tu cama, y en las casas de tus siervos, y en tu pueblo, y en tus hornos, y en tus artesas; y las ranas subirán sobre ti, y sobre tu pueblo, y sobre todos tus siervos” (Éx 8.2-4). Pongamos tras estas palabras la aflicción que bien sabemos estos animales fueron para Egipto, y la plaga inmediatamente adquiere un significado terrible. Perdemos de vista la insignificancia del instrumento ante la magnitud del castigo. La plaga de las ranas no fue solamente un castigo terrible sobre el pueblo, sino también constituyó otra sentencia sobre sus dioses. 

Las ranas fueron siempre una gran molestia en Egipto, y desde el principio se le encomendó a la diosa Heki que las ahuyentara. Dicha diosa aparece muchas veces con la cabeza de una rana. Era tan importante el oficio que ella iba a desempeñar, que se suponía iba a ser una de las diosas supremas de todo Egipto. Ahora el Dios del Pacto de los israelitas, esclavos de los egipcios, se muestra de nuevo más grande que los dioses de los poderosos egipcios. 

A medida que el corazón del Faraón se endurece, las plagas se multiplican. Éxodo 8.16-19 y Éxodo 8.20-24 relatan lo que se refiere a las plagas de los piojos y de las moscas. Otro juicio se desató en contra de los dioses de los egipcios, porque las moscas también eran adoradas en Egipto. Lo primero que Dios hizo fue una simple señal cuando la vara de Aarón se convirtió en serpiente. Luego, el malestar personal reveló el poder y el descontento Divino. Pero ahora, además del daño traído por las moscas, sus vestidos, sus muebles y sus adornos fueron destruidos. “La tierra fue corrompida a causa de ellas”. 

En la quinta plaga Dios va todavía más lejos. Deja caer Su mano sobre una de las posesiones más valiosas de los egipcios, su ganado. El asunto no iría a terminar cuando Faraón dijo “No” a las demandas de Dios, o cuando prometió obediencia y luego se negó a cumplir su promesa. 

De nuevo fue enviado Moisés con el mensaje “Deja ir a mi pueblo para que me sirva”; y así se le advierte a Faraón: “Porque si no lo quieres dejar ir y lo detuvieres aún, he aquí la mano de Jehová será sobre tus ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con pestilencia gravísima”. 

En Éxodo 9.1-5 notamos que la separación entre los egipcios y el pueblo del Pacto Divino continúa. El ganado de los israelitas no iría a perecer. Hasta ahora sólo las posesiones de los egipcios han sido afectadas al igual que la mayor parte de sus riquezas. Pero en la sexta plaga sus cuerpos son los afectados. Son heridos con una enfermedad repugnante y dolorosa que los encantadores, sus campeones en este conflicto, confiesan que procede de la mano de Dios, y desde luego se retiran de la contienda. Notemos la misericordia de Dios en Sus procedimientos. Su misericordia envió al principio castigos leves para hacerlos volver de los caminos de desobediencia y para salvarlos de la calamidad final y temible. Cuando los castigos ligeros fallaron para salvar, el amor deja caer golpes más duros para ver si estos pueden hacer volver al desobediente del camino que lleva. 

En la séptima plaga se opera un avance distinto en la severidad del castigo. Ahora hay pérdida de vidas y de cosechas: “He aquí, mañana”, así decía el Mandamiento Divino, “a estas horas yo haré llover granizo muy grave, cual nunca fue en Egipto, desde el día que se fundó hasta ahora”. Al anunciarse la octava plaga, la palabra “langostas" sonó en forma terrible a los oídos de los egipcios (Éx 10.4-6). 

Por vez primera ocurre un acto de reconvención en la corte. Los príncipes y los grandes que rodean al rey y que le reverencian como un dios, se olvidan de la temible distancia que hay entre ellos y el trono. Poseídos de terror, hacen a un lado su reverenda habitual y discuten con el Señor de Egipto 

(Éx 10.7): “Y los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo nos ha de ser éste por lazo? Deja ir a éstos hombres para que sirvan a Jehová su Dios; ¿Aun no sabes que Egipto está destruido?” Llegamos a la novena plaga. Ésta fue la última apelación de Dios antes de que cayera la sentencia largo tiempo diferida. Cada hombre estuvo impedido por Dios, para expresarlo así, durante aquellos tres días espantosos con sus noches. Toda actividad se suspendió. Todo fue hecho a un lado. Cada uno permaneció solo, el rey, el consejero, el noble, el sacerdote, el comerciante, el artesano o el campesino. 

Cada uno estaba detenido por la mano de Dios y encarado a la grave interrogación insinuada en el recuerdo de una plaga tras otra, y vuelta a expresar en la percepción de esta: “¿Puedes tú lanzarte contra el escudo del Todopoderoso?” Esos tres días de aislamiento inactivo y de temor nos permiten asomarnos a las profundidades de esa infinita compasión que hubiera salvado a Egipto del último golpe que iría a quebrantar toda su obstinación y todo su orgullo. 

Dios mostró también Su supremacía sobre el sol, uno de los dioses principales de los egipcios. 

 

III.  El Pacto de Sangre y sus Señales en la Pascua  

Vendría el tiempo cuando el Señor daría una nueva evidencia de Su fidelidad a Su Pacto amistoso de sangre con Abraham. De nuevo iba a haber un nuevo comienzo en la historia de la redención. La simiente de Abraham estaba en Egipto, y el Señor llevaría desde allí la simiente para darle su herencia prometida en Canaán. Los egipcios se negaron a dejar ir a Israel al llamado del Señor. Al estudiar la última plaga que vino sobre los egipcios nos enteramos del significado del Pacto de Sangre. En el amistoso pacto original de sangre entre Abraham y el Señor, fue Abraham quien dio su sangre en señal del Pacto. 

Hasta aquí los israelitas no habían tenido que hacer nada para evitar las plagas. Ahora tenían que rociar la sangre si querían escapar a la décima plaga. El Señor les ordenó que escogieran un cordero macho y sin mácula, sin defecto. Dicho cordero era un tipo de Cristo, así que debía ser perfecto. La sangre del cordero, un tipo de la sangre de Cristo, debía ponerse en los dos postes y en el dintel de cada casa de los descendientes de Abraham. 

“Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis”, dijo el Señor a Su pueblo. “Y veré la sangre (la señal de mi pacto de sangre con Abraham), y pasaré de vosotros y no habrá en vosotros plaga de mortandad, cuando heriré la tierra de Egipto” (Éx 12.7-13). El primogénito quedó a salvo cuando fue cubierto por la Sangre. La carne del cordero escogido iría a ser comida por los israelitas de una manera reverente, tal como lo requiere esa intercomunicación del rito de la amistad de sangre; y de acuerdo con una costumbre común de los ritos primitivos del pacto de sangre, en todas partes. 

La última plaga quebrantó el corazón de Egipto. La muerte, terrible en dondequiera, hizo una pausa espantosa en la vida de este pueblo amante del placer. Cuando alguien moría en Egipto, eso, especialmente, era causa de gran llanto. Puede imaginarse entonces qué efecto tendría esta última calamidad sobre todo el pueblo. No había una casa donde no hubiera un muerto. Aquellos que podrían haber llorado con los demás, tenían que doblegarse bajo su propio dolor: “Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y había un gran clamor en Egipto porque no había casa donde no hubiese muerto”. 

Sin embargo, después de haber visto el dolor de Faraón y de todo su pueblo a causa de sus muertos, no hemos recapacitado todo lo que implicó este castigo. Éxodo 12.12 dice: “Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, así en los hombres como en las bestias: haré juicios y en todos los dioses de Egipto” Notamos la frase: “Y en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová”. Las palabras van dirigidas en contra de éstos: “así de hombre como de bestia”. 

Hemos visto que los animales eran adorados en Egipto, y que también el rey era estimado como encarnación de un dios y adorado como tal. Ahora Faraón, adorado como divinidad, es herido y castigado en su propia tierra, y en presencia de su pueblo. Su heredero que había sido aclamado con honores divinos, yace en la quietud de la muerte. Era imposible dudar que el golpe venía del Dios del pueblo del Pacto. 

Los primogénitos de los israelitas quedaron a salvo. Ninguna de las plagas había tocado al pueblo del Pacto Divino. Un gran temor oprimió a Egipto. La mano que había golpeado podía golpear otra vez. Por lo tanto, se les concedió la libertad a los israelitas oprimidos; y fueron arrojados del país. 

Faraón ni siquiera esperó a que amaneciera: “E hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche y les dijo: Salid de en medio de mi pueblo vosotros, y los hijos de Israel; e id, servid a Jehová como habéis dicho: —“Y bendecidme también a mí—. Y los egipcios apremiaban al pueblo, dándose prisa a echarlos de la tierra; porque decían: Todos somos muertos” (Éx 12:31-22). 

 

PREGUNTAS 

1. Demuestre cómo el relato de las Escrituras nos da una descripción fiel de la vida del Antiguo Egipto. 

2. ¿Cuál fue el primer milagro que se realizó ante la presencia de Faraón? 

3. ¿Qué significado espiritual se le puede dar? 

4. ¿En qué forma trajo la primera plaga juicio contra uno de los dioses egipcios? 

5. ¿Cuál fue la segunda plaga y cuál es su significado? 

6. A medida que Faraón se rehusaba a dar libertad a los israelitas, demuestre cómo las aflicciones fueron mayores. 

7. ¿Cómo reveló la novena plaga la misericordia de Dios antes de que enviara la última? 

8. ¿En qué forma manifestó Dios Su fidelidad al Pacto? 

9. Describa los efectos de la décima plaga. 

10. ¿Cómo se manifestó que las plagas fueron enviadas por el Dios del Pacto? 

 

 

 

 

 


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Estudios Básicos de la Biblia - E. W. Kenyon - Lección 9


Lección 9
EL PUEBLO DEL PACTO DIVINO

Dios entró en una relación de Pacto con Abraham a fin de preservar en la tierra la revelación de Sí mismo que Él había dado al hombre. Abraham y sus descendientes iban a ser el pueblo del Pacto Divino: “Y estableceré mi Pacto entre Mí y ti, y tu simiente después de ti y en sus generaciones, por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti” (Gn 17.7).

Por medio de este pueblo del Pacto, Dios iba a enviar al Redentor: “Bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos; en tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Gn 22.17-18).

El pueblo con el cual Dios había entrado en relaciones de Pacto también iría a ser Su testimonio sobre la tierra. Palestina estaba situada geográficamente de tal modo, que las civilizaciones antiguas tenían que pasar por ella en sus relaciones comerciales entre sí. El pueblo del Pacto Divino les daría testimonio de la revelación del Dios viviente y verdadero.


I. Isaac, Jacob y José

Después de darnos la historia de Abraham, el libro del Génesis nos da una breve historia de sus descendientes inmediatos... Isaac, Jacob y José. Todo el Génesis puede agruparse alrededor de cinco nombres: Adán, capítulos 1-5; Noé, capítulos 6-11; Abraham, capítulos 12-26; Jacob, capítulos 27-37; y José, capítulos 38-45. Daremos aquí solamente un breve resumen del carácter de estos descendientes de Abraham en el Pacto de Sangre.

Isaac, el más hermoso de los caracteres del Antiguo Testamento, espíritu tranquilo y gentil, ha dejado sobre la vida judía una impresión que ningún otro de los padres ha dejado. Su matrimonio con Rebeca y su amor por ella es una de las historias más encantadoras de los fundadores de ese pueblo maravilloso.

Jacob es un carácter distinto: perverso, egoísta y astuto. Es dudoso que haya hecho a alguien feliz. Se encontró con Dios en el vado de Jaboc (Peniel = el rostro de Dios) y Dios puso Su mano sobre él. Jacob fue un hombre diferente desde ese día. Tuvo poder con Dios y con el hombre. Su vida prueba que Dios puede cambiar las vidas más perversas y convertirlas en vidas rectas.

José es nuestro príncipe apuesto. En ninguna parte de la literatura hay algo que se compare con este joven, hombre en toda su integridad, estadista, fundador y preservador de una nación. La fragancia de esta vida se prolonga durante todos los siglos de la historia de Israel. Muchos muchachos han sido buenos y fuertes por la influencia de esta personalidad imponente.

A la edad de diecisiete años José fue vendido como esclavo a Egipto (Gn 37.25-28). A los treinta años se convirtió en gobernador de ese país (Gn 41.37-45). Cuando cumplió los cuarenta años, Jacob llegó a Egipto acompañado de setenta personas (Gn 46.1-26).


II. Razón para ir a Egipto

El Dios guardador del Pacto recordó Su promesa a Abraham de que haría de él una gran nación. Para salvar de la destrucción al pueblo de Su pacto, durante el hambre que asolaba la tierra de Canaán, el Dios del Pacto los llevó a Egipto para que prosperaran y se multiplicaran. “Que ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aun quedan cinco años en que no habrá arada ni siega. Y Dios me envió delante de vosotros, para que vosotros quedaseis en la tierra, y para daros vida por medio de grande salvamento” (Gn 45.6-7).

Dios usó a José para preservar a Su pueblo. Predominó sobre la obra de Satanás; del mal Él ha sacado bien al través de todos los siglos: “Así pues, no me enviasteis vosotros acá, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por Señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto” (Gn 45.8). ¡Qué cuadro tan bello se nos presenta del cuidado fiel y amoroso de aquel Dios que cuando estableció el Pacto con Abraham dijo: “Por Mí mismo he jurado”.

Los hijos de Israel prosperaron entre el desahogo y la abundancia y entre el esplendor suavizante de aquella tierra. Fueron ellos los colonos favorecidos. Se les dio lo mejor de la tierra. Tuvieron puestos honorables y bien pagados bajo los reyes egipcios (Gn 47.1-12, 27). Sobre todo, el favor de Dios era con ellos. El mantenía Su Pacto con Abraham y lo que había expresado de que su simiente sería una multitud como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar. Su incremento fue maravilloso. Dios estaba haciendo de ellos una gran nación que sería Su testigo sobre la tierra.

Las Escrituras repetidamente dirigen nuestra atención al crecimiento maravilloso del pueblo del Pacto Divino: “Y los hijos de Israel crecieron, y se multiplicaron, y fueron aumentados y corroborados en extremo; y se llenó la tierra de ellos” (Éx 1.7).

Durante los 210 años de la permanencia de los hijos de Israel en Egipto, su número se aumentó de 70 hasta 3,000.000. La cronología muestra que pasaron en Egipto 210 años. Este dato presenta a primera vista una dificultad con otros pasajes de las Escrituras como Éxodo 12.40 que parece indicar que el período de su residencia en Egipto fue de 430 años. Sin embargo, la traducción de la Septuaginta dice como sigue: “La residencia de los hijos y de sus padres los cuales habitaron en la tierra de Canaán y en la tierra de Egipto”.

Gálatas 3.16-17 arroja luz sobre esta cuestión al mostrar que este período comenzó en la fecha de la promesa dada a Abraham y se extendió hasta el tiempo en que fueron libertados los hijos, lo cual da un total de 430 años; Abraham, después de que recibió el llamamiento de Dios, habitó en Harán cinco años. Entre la entrada a Canaán y el nacimiento de Isaac pasaron veinticinco años. Desde el nacimiento de Isaac hasta el nacimiento de Jacob, hay un período de sesenta años. Jacob tenía 130 años cuando entró a Egipto. Todo este intervalo llega a 220 años; agregando los 213 años a que hicimos referencia, dan un total de 430 años... los 430 años de residencia desde Abraham hasta la liberación de Egipto.


III. La Persecución del Pueblo del Pacto Divino

En la lección pasada vimos que la obra de Satanás consistía en destruir a “la simiente de la mujer” por medio de la cual habría de venir el Redentor prometido. Ahora, habiéndose especificado que el Redentor procedería de “la simiente de Abraham”, Satanás trata de destruir al pueblo del Pacto Divino.

Después de un período de 100 años en Egipto durante los cuales los israelitas se convirtieron en un pueblo poderoso, Satanás busca la manera de destruirlos. Satanás llenó de miedo el corazón de los gobernantes de Egipto, y de un temor mal fundado de que los israelitas que eran tan poderosos en número pudieran unirse a los enemigos de los egipcios en tiempo de guerra (Éx 1.8-10).

Luego siguieron consejos de opresión sistemática y de esclavitud, de tiranía y de crueldad (Éx 1.10-14). Sin embargo, el crecimiento de Israel fue parte del plan divino para Su pueblo del Pacto, y nadie en el mundo podría hacer nada para impedirlo. Mientras más los afligían, más se multiplicaban y crecían (Éx 1.15-22). El trato que los esclavos recibían de los egipcios era algunas veces demasiado horrible. Las mutilaciones y las torturas de que eran objeto los israelitas, con la orden de que todo hijo fuera muerto o arrojado al río, eran de un carácter satánico.

La persecución que Israel sufre es tan grande que pide al Dios del Pacto que los libre. Él escucha Su clamor y recuerda Su Pacto con Abraham, Isaac y Jacob. El Dios guardador del Pacto desciende a librar a Su pueblo de la esclavitud: “Y dijo: No te llegues acá; quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Éx 3.5-8).

Éxodo 2 nos relata el nacimiento de Moisés y todo lo que se refiere a su vida, hasta el momento en que recibe el llamado de Dios. Notamos aquí dos hechos. El haber escondido al niño Moisés en el banco del río, acto que ejecutó su madre, y más tarde la renuncia de Moisés a Egipto, no fueron actos irreflexivos. Hebreos 11.23-27 nos muestra que ambos actos se basaron sobre la fe en el Dios guardador del Pacto: “Por fe Moisés, nacido, fue escondido por sus padres durante tres meses... Por fe Moisés, hecho ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón... Por fe dejo a Egipto, no temiendo la ira del rey”.

Éxodo 3 y 4 nos presentan el llamamiento de Moisés incluyendo el relato de la zarza ardiente; la revelación que Dios le hizo acerca de Sus planes para librar a los israelitas; la vacilación de Moisés para responder y el permiso concedido para que Aarón le acompañara. Notamos el poder dado a la vara de Moisés por medio de la cual podía obrar milagros. Notamos, además, que Dios se manifestó a Moisés no sólo como el Dios guardador del Pacto, sino también como el Dios obrador de milagros.

Éxodo 4.20-26 revela el lugar tan importante que tuvo el Pacto de Sangre. Moisés había descuidado la circuncisión de su primogénito; había sido infiel al Pacto. Yendo del desierto de Sinaí a Egipto con un mensaje de Dios con respecto al primogénito de los egipcios que no estaba dentro del pacto, le salió al encuentro una providencia pavorosa y se encaró a la muerte, “le salió al encuentro Jehová, y quiso matarlo”. Parece que tanto Moisés como su esposa se dieron cuenta de que estaban siendo separados de una participación posterior en los planes del pacto divino para los descendientes de Abraham, por no haber cumplido sus obligaciones en el Pacto de Abraham, al no circuncidar a su hijo.

En nuestra siguiente lección seremos espectadores del conflicto más poderoso de la historia. De un lado, todo el poder, la riqueza y el esplendor de Egipto; sus conocimientos, su orgullo y la dependencia segura que tenía en sus dioses. Por el otro lado, un hombre pobre, débil, anciano, quebrantado y desacreditado. El único seguidor que tenía era su hermano Aarón. No es una procesión formidable la que hacen estos dos hombres al pasar por las puertas del palacio y pedir una audiencia del rey. Y los egipcios festivos y mordaces deben haber disfrutado de más de una broma a sus expensas. Pero en el fondo había una sensación de asombro. ¡Ninguna generación había presenciado algo semejante!

Dos esclavos exigiendo libertad, no para sí mismos, sino para tres millones de personas. Exigiéndola una y otra vez después de repetidas negativas del Faraón, el rey-dios de la civilización más poderosa de ese tiempo. Veremos como la burla desaparece ante la persistencia de estos hombres, y que el asombro se convierte en miedo. Las mejillas palidecen y el corazón tiembla al ruido de sus pisadas. Estos dos hombres del Pacto de Sangre tienen en sus manos el destino de Egipto y dejan escritas sobre la tierra palabras que siguieron viviendo después de que su grandeza pasó.

Antes de estudiar la salida de los hijos de Israel de Egipto, nos servirá de mucho observar algunos hechos relacionados con los reyes egipcios.

El príncipe que ascendía al trono de Egipto se transfiguraba a los ojos de sus súbditos. Para la mente de los egipcios, el Faraón era igualmente hombre y dios. Lenormant escribe: “Podemos imaginar el prestigio que tal exaltación confería al poder soberano en Egipto”. Los egipcios, a los ojos del rey, no eran sino esclavos trémulos obligados por motivos religiosos a ejecutar sus órdenes ciegamente.

Se le tributaba adoración como a la divinidad. Sus ministros y él ocupaban dos plataformas diferentes. El Faraón se sentaba aparte y solo. Cuando él hablaba, el asunto quedaba concluido. A él solamente se dirigían las demandas a dios, y sobre él quedaba la responsabilidad de la injusticia continua y de la negación de peticiones.

Ahora entendemos por qué el Faraón se presenta como el único hombre en todo Egipto con quien el libertador de los Israelitas contiende. Palabras como estas adquieren un nuevo significado cuando se consideran a la luz de estos hechos: “Para que conozcas que no hay como Jehová nuestro Dios”...“Y aquel día yo apartaré la tierra de Gosén, en la cual mi pueblo habita, para que ninguna suerte de moscas haya en ella; a fin de que sepas que yo (un Yo enfático y no tú,— Yo, no tus dioses) soy Jehová en medio de la tierra. Y yo pondré división entre mi pueblo y el tuyo” Éx 8.10, 22-23.

Dios y Su pueblo están de un lado; Faraón y su pueblo están del otro. Es una competencia entre el Dios vivo y verdadero y uno que pretende serlo. Dios tiene que romper en pedazos al ídolo y dejarlo derribado para libertar a Su pueblo.


PREGUNTAS

1. Señale el lugar, geográficamente, que los israelitas tuvieron como testigos.

2. Dé un resumen breve del carácter de Isaac, de Jacob y de José.

3. ¿Cómo usó Dios a José para preservar a Su pueblo?

4. Describa la vida de los israelitas en Egipto antes de su persecución.

5. ¿Quién fue la causa de que los gobernantes de Egipto oprimieran a los hijos de Israel? ¿Y por qué lo hizo?

6. ¿Cómo se explica el porqué los padres de Moisés lo escondieron de niño y porqué renunció a Egipto?

7. ¿Por qué Dios descendió para libertar a los israelitas?

8. ¿Por qué Dios trató de matar a Moisés?

9. ¿Quiénes estaban implicados en el poderoso conflicto que tuvo lugar en la liberación de Israel?

10. ¿Por qué Dios tuvo que humillar a Faraón?